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  • Piel Alterna

Yo soy Fedra de Marianella Morena

El amor como un peligro que acecha


Texto por Roxana Rügnitz

Escenidades


El amor nos vuelve codificables, comprensibles, integrables, normales. La

subversión pasa por otro sitio: que no sepan qué idioma hablamos. Si queremos desafiar y subvertir el orden social y sexual en que vivimos, hay

que acabar con el amor. Como decía Audre Lorde: «No podemos destruir

la casa del amo con las herramientas del amo. El amor es la herramienta

del amo. Estaba escrito, pero no lo veíamos: AMOr».

Javier SAEZ

El amor es heterosexual

Foto: Lu Silva Muss

Nos propusimos hablar del amor, un tema común como complejo de abordar. En este sentido, me he pasado el mes dando vueltas en el asunto sin encontrar la perspectiva que me permitiera acercarme al tema. Escribir sobre el amor vinculado a «Escenidades» me abre una amplia gama de posibilidades, así que me concentro en una convicción: el arte ha desarrollado una increíble diversidad de formas de vernos como especie, para entendernos o cuestionarnos, o descomponer los entramados que hacen de lo humano algo tan controversial.


Pienso, entonces, en el teatro como un campo donde la creación se vuelve un monitor de observación para intentar entender cómo funcionamos en cada época. Un espacio de encuentro donde lxs teatrerxs desenvuelven su pasión como amantes furtivos en cada espectáculo; allí, los cuerpos y la voz se encuentran con otros cuerpos que expresan, aunque sin voz.


Una noche primaveral de Montevideo, me invita al teatro para ver uno de los espectáculos que forma parte del Festival Internacional de Artes Escénicas. Entro en una casa vieja, destartalada, que es el espacio elegido para la obra Yo soy Fedra de Marianella Morena.


La primera sensación que nos envuelve es la de un lugar sombrío, lleno de muebles dispuestos en función de una enorme cama en el centro. Nos ubicamos en las sillas y butacas que son parte de la escenografía de esta casa-dormitorio habitada por Fedra. Somos, a la vez, testigxs y piezas de su historia. La puesta parece borronear el límite entre la ficción y la realidad, aun cuando no estamos ante una estética teatral de autoficción.


Con esta obra, Morena —que ya ha jugado con la idea en Antígona oriental— recupera ese formato de un teatro que se alimenta de la materia de los mitos antiguos. Fedra fue raptada por Teseo, luego de que él abandonara a su hermana Ariadna. El relato cuenta la tragedia que deviene al enamorarse de su hijastro Hipólito, hasta perder el sentido, cuando la rechaza. La mujer se convierte en el núcleo de la historia, el hilo que teje las pulsiones primitivas. Es el objeto de deseo raptado, violentado, usado y a quien se le ha impuesto un destino definido por el instinto sexual del varón que la quiere y, por eso, la posee sin dudarlo. Es también un cuerpo deseante, cargado de la sed del amor que le despierta ansias sexuales prohibidas, pero que son un impulso vital. Ella quiere poseer, pero no le es dado hacerlo. El sustrato que recorre esta historia moldea la concepción de la mujer como un cuerpo sin derechos.

Foto: Mariela Benítez

La obra de Marianella propone una Fedra sin tiempos. Una mujer que se encuentra acorralada por la desesperación al verse rechazada. Sin embargo, en la dramaturgia de Morena hay un aspecto más, es la resistencia feroz a aceptar ser la propiedad de un varón que no ama mientras debe resignarse al desamor del que desea. Es el abismo incierto en que se mira una persona abandonada. «Quiero matar» dice el personaje, pero no puede. Todas sus fuerzas están comprometidas en el intento de existir desde el vacío al que ha sido arrojada.


El espacio es una habitación caótica que se vuelve reflejo del universo interno de una Fedra en la que se baten a duelo la locura con la necesidad de control de las cosas más cotidianas: comer, vestirse, bañarse para intentar ser, al menos en apariencia. Marianella nos mete de lleno en ese mundo desmoronado donde prima el desorden. ¿Cuál es su objetivo? La dramaturga hace del teatro un laboratorio social donde las tensiones humanas se presentan como un prisma ante un público que ve allí, en cada imagen, sus propios abismos. En esta oportunidad, nos hace mirar una realidad descarnada, en la que el dolor arrasa cuando se desatan fuerzas que nacen de lugares primitivos; en ella habita el instinto y deambula el terror, cuando amor y desamor se encuentran.


En escena, Fedra se convierte en un territorio gráfico en el que, como espectadores, nos volvemos turistas del imperio de las emociones desbordadas cuando nos atraviesa el desamparo, el destierro forzado de ese país que es el otrx. Comprendemos, entonces, que todxs somos Fedra. Nos miramos para desenmarañar nuestras propias contradicciones. ¿Qué es amar? ¿La desesperada búsqueda de alguien que desate en nuestros cuerpos el deseo? ¿La vivencia de que sin eso no estamos completxs? ¿Cómo y para qué la cultura ha construido la idea del amor? ¿Será posible pensar el modelo tradicional del amor como un arma de control y dominio de los cuerpos? ¿Es otro campo de batalla y de conquistas? El mito nos presenta la cuestión cultural de que el varón frente al deseo toma a la mujer —porque es un relato binario, aunque la perspectiva siempre será la misma—. El deseo en el varón habilita la acción, mientras que la mujer es construida desde su lugar pasivo de aceptación. Si contradice su rol, debe pagar las consecuencias. ¿Cuál es el costo? El desborde emocional asociado a la locura, la soledad, incluso a la incapacidad de ser.


El descontrol del varón resuelto en violencia hacia el otro, en la mujer se vuelve interno, un desmantelamiento de todas las certezas, por eso la estética de la puesta en escena de Yo Fedra es intimista. Nos muestra en primer plano el desorden brutal de su mundo, la extrañeza de reconocerse un yo separado del objeto de deseo, junto con la búsqueda indispensable de los caminos que posibilitan resurgir de las cenizas que han quedado como resultado de esa lucha devenida del amor.


El desafío principal no supone negar el amor, sino desandar las estructuras de su concepción romántica, desaprender las construcciones culturales que nos hacen creer que no estamos completxs sin un otrx que nos prometa una suerte de magia en la que la visión del amor «verdadero» se cimienta en la falsa idea de eternidad.

Foto: Lu Silva Muss

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