En la Frontera

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Envejecer

Texto por Isabel María Banchero. Fotografía por Analía Piscitelli

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Yo tuve que aceptar que mi cuerpo no sería inmortal, que él envejecería y un día se acabaría. Que estamos hechos de recuerdos y olvidos; deseos, memorias, residuos, ruidos, susurros, silencios, días y noches, pequeñas historias y sutiles detalles. […] Y tuve que aceptar que no sé nada del tiempo que es un misterio para mí y que no comprendo la eternidad. […]

Silvia Schmidt

«Y tuve que aceptar»

El proceso de envejecimiento se constituye con aspectos biológicos, psicológicos, sociológicos, históricos y filosóficos coordinados y caracterizados por el desarrollo personal, que es el elemento catalizador y definidor de cada vejez. No es un tiempo aislado, sino que se inserta en el transcurrir de la vida, que comienza en la gestación y arriba en la vejez que da cuenta de ese devenir.

 

Son varios los aspectos que, desplegados, le dan la posibilidad de ser una mejor etapa alejada de los prejuicios negativos que, a veces, la acompañan:

—El desafío arduo y maravilloso de conocerse a una misma, saber claramente quién soy y cómo soy; las posibilidades de ese ser y el compromiso de efectivizar esas potencialidades activamente, sin transacciones cómodas.

—El desarrollo de vínculos de diversa calidad emocional, cuidando los más profundos como tesoros sostenidos y sostenedores, a ultranza.

—El respeto hacia sí misma, sustentado en realidades del ser, el respeto hacia los otros que lo merezcan y el de los otros hacia uno. O, al decir de Cicerón en El arte de envejecer: «Ser dignos del respeto y estar dispuesto a defender y proteger sus derechos y ejercerlos hasta el final para soportar la edad dignamente con serenidad, moderación y sensatez».

—Estar siempre dispuestas a seguir aprendiendo todo aquello que inquiete el sentimiento y el intelecto, haciendo experiencia en cada momento que devendrá en la capacidad de devolver en enseñanza lo aprendido.

 

Hay envejecimientos dolorosos, sufrientes, con enfermedades, soledad, frustraciones históricas, enojos, rencores que producen un curso ingrato de la vejez, no siendo exclusivos de este tiempo, sino de cualquier momento de la vida.

 

Más allá de las limitaciones lógicas de la edad, en esta etapa alumbra el tiempo más libre, menos exigido, el disfrute del ocio, el derecho a decidir con firmeza con quiénes quiero estar y cómo y qué cosas quiero hacer, sin requisitos.

 

¡Cuántas pérdidas y fracasos sufridos y superados a través de los duelos, cuántos logros reconocidos y valorados, cuántas circunstancias difíciles sorteadas, y cuántas otras felices disfrutadas y compartidas!

 

Enfrentar así la posibilidad cierta y tal vez cercana del ya no ser, de la muerte, con serenidad y paz. «¡Vida, nada me debes!». (Amado Nervo, «En paz»).

Hago mías las palabras de Pablo Neruda: «Confieso que he vivido». Y vivo.

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Isabel María Banchero

Maestra, licenciada en Psicología. Ex docente de la Cátedra de Salud Mental, Facultad de Medicina, Universidad de Buenos Aires (uba). Consejera científica de la revista Claves / en Psicoanálisis y Medicina. Autora de artículos y coordinadora de jornadas científicas. Coordinadora de grupos de terapia de la tarea. Buenos Aires, Argentina.

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Esas malvadas ganas de morder que me agarran

Texto: Cristina Lobaiza Estrada. Fotografía: Virginia Mesías

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Voy hacia lo que menos conocí en mi vida:

voy hacia mi cuerpo.

Héctor VIEL TEMPERLEY

Hospital Británico

 

No va que todas las mañanas me da por salir a caminar.

Ritual, cada mañana me concentro en la módica revuelta que consiste en hacer que caminar, en el sentido inverso a todos los sentidos, con los que me fue abrochado a eso que dijo «yo», el cuerpo mío.

No por módica, menos barullera —siempre constante, jamás discreta— me propongo desencajar los filtrados con los que más temprano que tarde y en nombre del Bien mi cuerpo fue forzado. Lo hago como un político conjuro y contra todo deseo de permanecer timada allí, pues —taimada y personal— supe y advertí que resultó mi deseo programado en clave de subordinación. Unas veces en nombre del amor, otras veces en nombre de la necesidad.

Por lo tanto, mientras camino y porque el cuero de mi barullo es cabelludo, extremo la boca poderosa para extraer de mi cuerpo una voz que me recuerde que ya nací; que existo; que soy titular.

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Camino, hossana pagano, hacia mi cuerpo, punto de capitón.

No va que porque quedaba lejos de mi cuerpo, camino hasta el tiempo en el que pase alguna otra cosa. Dentro de mí, camino hasta el minuto de saber de qué estuvo hecho el tiempo en que se facturó la distancia entre mi «mí» y el cuerpo mío.

Camino y pienso. Pienso que camino y pienso en el rango de posibilidad de una rabia que me diga. Pienso en la posibilidad de una rabia que no esté pactada de antemano. Negociada para quedar ahí, pustulita catártica que apenas consigna. Pienso en una rabia, otra que no se calme. Pienso en una rabia a mi «mí» debida. En una que no se acabe ni se consuma en una perorata de corte emancipatorio, más cerca del rezongo que de la revolución. Me inclino ante una rabia que no capitule incrustada en la marcha mía cual broche de oro del viejo truco de cambiar algo para que no cambie nada. Oropel testicular. Más de lo mismo.

Me preocupan los malos de siempre proclamando lo de la lógica del cuerpo para otros. Mandingas de morondanga. Pero más me preocupan los buenos y por eso no va que camino por los andariveles de la rabia, hacia mi cuerpo solidario con las alcobas de lo posible en donde fue instalado. Quisiera salir a romper todo, pero me abstengo porque ya sé que romper todo es muy poquito. Habrá que cortar la sombra a cuchillo, de adelante para atrás, parar la oreja en sentido contrario a las agujas del reloj y caminar mientras se arde de fuego nuevo.

En ese crepitar hay más cuerpos. Cuerpos y cuerpos y cuerpos que caminan.

Detrás, junto, delante hay más. Cientos. Miles. Millones.

Caminamos. ¿O es que marchamos?

Sí. Nosotras marchamos.

Y nos marchamos. Porque siempre quedaba lejos nuestro cuerpo. Porque quererlo nuestro. Pero la bóveda donde se guarda el fuego es palatina y se hace ruidor que suena a río mientras todas marchamos. Las matadas, las que quedaron locas, las sobreadaptaditas, las diversas y las insumisas. Las feas y las lindas las buenas y las malas, las bobas y las vivas las gordas y las flacas las viejas y las jóvenes las cobardes y las valientes las pobres y las ricas, las putas y las santas. Todas.

Marchamos y nos marchamos, pienso. Pienso que marchamos y que nos marchamos del tiempo en clave de qué esperanza, en clave de mucho menos.

Por eso, cuando escucho ese sonido seminal derramándose en la marcha en que marchamos para querernos encontrar el cuerpo en sentido inverso del forzamiento con el que fue encendido en nombre el amor en nombre de la necesidad, me parece que esos son los buenos, los regalones. Y acá estamos nosotras, que los queremos tanto, con cara de «¡no te puedo creer!», desmandibuladas de tanto asombro chupador.

Y si antes forzaron nuestros cuerpos con forzamientos en nombre del amor en nombre del sentido en nombre de la necesidad ahora tocaba forzar la marcha con esos mismos forzamientos en nombre del bien en nombre de la unión en nombre de la oportunidad.

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Viene sucediendo, pero esta vez se nota más.

No va que después de eso nos da por salir a marcharnos todas las mañanas.

No sea cosa que de tanto marcharnos después de eso, sea la marcha la borra de café, que nos lea una carta del futuro, que capte lo que ya se cayó en tonos de glande pastel.

Entre el baño y la cocina marcharemos. Entre el patio y la vereda marcharemos. Dando vueltas a la plaza. Marcharemos contra todo intento de encerrona. Marcharemos más allá de todo ataque dinosaurio y de toda escaramuza progresista. Marcharemos sostenidas en la bronca que no se acaba ni se gasta en la diatriba ni en la malvada gana de morder que nos agarran. Marcharemos hacia el cuerpo desencajado de las alforzas que nos plegaron al destino, que nos deseamos, cuando prometimos jamás poder, jamás saber, desesperarnos. Marcharemos hacia la vida como lo que es: un significante que chorrea.

Nos marchamos del estantecito de pelo en pecho en donde nos la mandan a guardar.

«¡A la marcha!», digo.

Demás está decirlo: no pasarán.

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Cristina Lobaiza Estrada (Santa Fe, Argentina; 1958)

 Poeta, psicóloga, feminista, artista plástica, activista. Lic. en Psicología, uca, Diploma de Honor, 1982. Vive y trabaja en Buenos Aires. En su práctica profesional se ha dedicado a la psicología clínica, institucional y educacional.

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Fotografía y desnudos: el arte de ser vulnerable

Texto y fotografía por Ana Harff 

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Cómo la fotografía se transformó en algo más que hacer imágenes

 

Aún recuerdo mis primeras sesiones de desnudo y una Ana llena de dudas, sin saber qué esperar. En mi cabeza era todo más sencillo: «Sos fotógrafa, solo tenés que estar allá y hacer fotos». Pero la práctica se mostró mucho más compleja. Con el tiempo, entendí que retratar a alguien conlleva una responsabilidad que va más allá de saber fotografiar, tiene que ver con saber estar presente, prestar atención y, especialmente, estar genuinamente interesada con la historia ajena.

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Así fui yendo, de sesión en sesión, sumando fotos, experiencias, historias. Dicen que el desnudarse frente a la cámara no es solo un acto físico, es un acto de también desnudarse frente al desconocido y por algunos instantes saberse vulnerable y no temer a esta vulnerabilidad. Quizá suene cliché, pero yo lo sé muy bien, lo siento con una verdad intensa. Desnudarse frente al lente para mí tiene que ver con intentar, por algunas horas, ser parte de la historia de las mujeres que tengo frente a mi lente.

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Me di cuenta también del elemento terapéutico que me trajo la fotografía. Después de tantos años de conocer nuevas historias de mujeres y escucharlas, terminé, de a poco, juntando algunas piezas perdidas que tenía en mi propia historia. Para nosotras, mujeres, es casi inevitable no pensar en la relación que tenemos con nuestro cuerpo como un capítulo aparte de nuestra vida, la mayor parte del tiempo no es una historia amigable. Sufrimos con la eterna insatisfacción de buscar la dicha perfección. Aun sabiéndola imposible, la buscamos igual. 

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La fotografía me obligó, en cierta medida, a enfrentar a mis fantasmas del descontento hacia mi propio cuerpo, ese fantasma que viene en forma de espejo, de piel «extra», de piernas gordas, de marcas, de celulitis. Nuestro cuerpo es herida de guerra. Y la fotografía ahí, a mi lado, intentando mostrar un nuevo camino posible, más amable, más ameno, un lugar en el espacio donde yo sentía que podría admirarme a mí misma con todas estas marcas aparentes.

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Fotografía es también inventar ese mundo propio con una nueva mirada, permitirme ver mi cuerpo e intentar contar una historia distinta, donde nuestros kilos «de más», nuestras celulitis, nuestras marcas, sean solo marcas de existencia y no sufrimiento. Un camino posible de libertad es uno en donde genuinamente nos queremos así como nos vemos. Y siento que la fotografía puede tener un gran rol que jugar en todo esto.

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Ana Harff

Ana Harff es una fotógrafa nacida en en Río de Janeiro. Actualmente reside en Buenos Aires. Se encuentra cursando la carrera de Antropología por la Universidad de Buenos Aires y, en Brasil, cursó Comunicación Social por la Universidade Federal do Rio Grande do Norte. Su trabajo con la fotografía pone en perspectiva el cuerpo como centro del mensaje, en especial el cuerpo de las mujeres y su representatividad. Su trabajo nos habla sobre las infinitas posibilidades del desnudo en tanto herramienta política y transformadora, así como sobre cuáles son las historias por detrás de estos cuerpos diversos. En la actualidad, se dedica a dar clases de fotografía analógica, fotografía de desnudos, técnicas experimentales y a trabajar en proyectos personales.

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Toque de queda a la caída del sol

Texto por Céline Schmitt e Ivon Delpratto / Fotografía por Mariela Benítez

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Prolegómenos de un eclipse.

Escuelas, teatros, cines, salas de concierto, librerías, mediatecas, restaurantes y cafés: todo cerrado. 

Solo los supermercados, los carritos, la cultura numérica y pixelada de cada uno/a frente a la luz tintineante del screen siguieron su explosiva vida ordinaria. 

«Estamos en guerra», dice el gobierno.

 

Nuestro pueblo de montaña, acostumbrado a las campanadas de la torre y al pasar de un pequeño rebaño de ovejas todas las tardes y mañanas, fue entrando también en el ritmo global del estado sanitario.

Nuevos vecinxs, escapados de las grandes ciudades, abrían las ventanas de sus casas secundarias, teletrabajando y haciendo sus footings solitarios.

Los bosques y senderos de montaña fueron prohibidos, y los tiros de caza vinieron a silenciar el bramido de los ciervos. Los integrantes de la FNC (Federación Nacional de Cazadores de Francia)  fueron los únicos ciudadanos franceses con el privilegio de la naturaleza en pandemia. 

Nos quedamos sin encuentros, o casi.

 

Fue en octubre del 2020, en medio de ese ultrajado otoño europeo, viviendo los coletazos del primer confinamiento y los preparativos de un recrudecimiento del estado de emergencia sanitaria, cuando entramos en contacto con el colectivo Freddy Morezon, conformado por músicxs de jazz que desarrolla un cruzamiento de estéticas musicales aventureras e improvisadas. Nos invitaron a una balada musical en bicicleta a lo largo de la vía verde, la antigua vía de trenes que unía Vernajoul a Saint Girons en el departamento de Ariège. Fuimos una pequeña comitiva familiar, seis conciertos y degustaciones a compartir al final de la jornada.

 

En esas fechas también llegaba a nuestra casa, en una mudanza retardada por las primeras nieves y más de mil kilómetros de viaje, un viejo, pesado y largamente esperado piano Steinway, una herencia familiar. Un regalo. Un mueble lleno de historias, que olía a sudor de tabaco y de manos.

Primer concierto en casa: Toque de queda 18 h. Atestación obligatoria por desplazamiento a más de 10 km. 

 

Invitación por SMS:

 

“Para reencontrar el placer

de la música y para estar juntxs

el 20/03 a partir de las 15 hrs

un café-concert en casa

con Betty Hovette (piano)

Laurent Paris (percusión)

y Aymeric (Trompeta);

Jazz disonante e imprevisible.

Concierto a la gorra

agradecemos confirmar vuestra presencia.”

 

Concierto sin eslogan. A la entrada, un vestíbulo con sofá y una mesa para apoyar las cosas traídas por los invitadxs (una gran variedad de dedicaciones culinarias). A la izquierda, un estrecho salón oficia de rincón musical.

El set de percusión de Laurent toca pegado a la estufa (que dejamos consumir para evitar el sofoco y algún que otro destemple instrumental). A su lado, Aymeric con su trompeta, seguido de Betty al piano. Alrededor, sillas y bancos apretados más la escalera que, iluminada con guirnaldas, es también la improvisada platea alta. 

Naturaleza subversiva, comensales hambrientxs de ver y verse con los otrxs, enredadxs a la música, dimes y diretes, aturdimientos sostenidos, aplausos. Contestamos el toque de queda con música, alteridad y cuerpos danzando.

 

A partir de ese encuentro, una sucesión espontánea de conciertos pasaron por casa, como una cita esperada de La primavera inexorable. Músicxs de nivel en búsqueda de alternativas para seguir tocando y vecinxs con muchas ganas de participar y compartir lo nuevo.

Toque de queda 21 h:

 

“Dos conciertos a venir.

El domingo 23 a partir de dieciocho y treinta 

Marco Mafiolo (saxofón bajo) et Betty Hovette (piano y teclado).

Concierto gratuito con comida ofrecida por los músicxs.

Agradecemos traer bebidas. 

El sábado 29, apéro-concert con Sikania, 

música tradicional siciliana revisada. 

Concierto a la gorra. Como los espacios son limitados 

agradecemos confirmar vuestra presencia. 

Besos y hasta pronto!”

 

Dúos, tríos, quintetos (Andy Bishop, Piscina Olímpica) en el pequeño jardín en flor. 

 

«J'en ai marre!, J'aime l'art!» (¡estoy harta!, ¡amo el arte!). 

Construimos sin querer, queriendo, un espacio íntimo e intenso. Un refugio musical.Un evento simple convertido por sí mismo en un acto político…

 

¿Dónde está la guerra? 

 

En las calles, las movilizaciones desplegaban sus pancartas en blanco sobre negro: «¡Cultura en peligro!,¡teatro ocupado!».

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1. En el marco del Estado de Emergencia Sanitario instaurado por el gobierno Francés, la atestación obligatoria es una declaración de honor certificando que el desplazamiento de una persona física es justificado por ciertos motivos autorizados (artículo 3 del decreto del 23 de marzo del 2020). son motivos autorizados: trabajo (siempre y cuando no se puede teletrabajar), compras (en locales habilitados por el gobierno). consultas médicas (cuando las fechas no pueden posponerse o solo pacientes graves), motivos familiares imperiosos, desplazamientos breves en un radio de un kilómetro (pasear un perro, actividad física individual, paseo entre personas que viven bajo un mismo techo).

Toda persona que no porte esta declaración, podrá ser sancionada con pena de multa o pase al tribunal correccional.

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Céline Schmitt

Doctora en Estética audiovisual, encargada de cursos en la Universidad  de Toulouse Jean-Jaurès - ENSAV.

En 2006, ella realiza  7 instalaciones  con el  poeta Serge Pey en el Marathon des Mots en Toulouse. Elle se lanza  a continuación en la aventura teatral con : Les Ateliers du Spectacle de Jean-Pierre Larroche (2007-2009), Omproduck (2008-2009), les Ombres Portées (2014-2015). DeL 2013 al 2017,integra la compañía L’Immédiat de Camille Boitel, con quien descubre  la escena y el trabajo corporal. 

Igualmente trabaja  en la realización de pinturas para el  Théâtre du Soleil por « Les Naufragés du Fol Espoir » (2009) y  diseña y realiza escenografías para diversas  compañías  (Les Ptits t'Hommes, Les Lorialets, L'oiseau Bleu, Et Demain, L'Insomnante).

 

Ivon Delpratto

En principio se forma como profesora  en el IPA en la especialidad Historia.En el 2003 se aleja de la docencia para seguir   estudios de teatro, diplomándose en la EMAD como diseñadora teatral en el 2007. 

Del 2008 al 2014 trabaja como escenógrafa e iluminadora para numerosas compañías de teatro en Montevideo y hace parte del colectivo  Efímero Teatral. Durante esta etapa también realiza la coordinación técnica de salas de espectáculos.

Radicándose en Francia en el 2015, funda junto a Céline Schmitt la compañía de teatro Espégéca. En el 2017, integra la compañía 

« L’Immédiat » de Camille Boitel. 

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​​Desde Colombia

Texto por Sair García

“Nuestro único enemigo era el diablo. Del diablo sabíamos todo, sabíamos mas del diablo que de Dios.”

Emma Reyes.

     Es menester decir que desde la década del 70´s del siglo pasado, la mujer ha tenido una actuación más preponderante en la escena artística latinoamericana de una sociedad machista y patriarcal hasta los tuétanos. Hoy, su lucha reivindica el lugar que se le ha arrebatado y que, aún, sigue siendo desalentador, si miramos las interminables batallas que se generan a diario en el mundo. Pareciera que los cercos se cierran por parte de un escuadrón masculino, que de acuerdo a sus imposiciones sociales, sigue negandoles las posibilidades que los hombres han gozado a lo largo de la historia.

 

       A partir de las transformaciones que, en este aspecto, han propiciado estos tiempos, las mujeres han adquirido protagonismo, originando cambios a partir del activismo político y cultural en nuestros países latinoamericanos. En Colombia, actualmente, se presenta una problemática social de tamaño imperial por el injusto e irresponsable gobierno de turno, lo que ha propiciado la participación de las mujeres de una manera impetuosa, exigiendo respeto y dignidad enarbolando la bandera del feminismo en una sociedad que las excluye, maltrata y oprime, ubicándose en la, hoy por hoy muy mencionada, primera línea, encabezando movilizaciones y defendiendo a los jóvenes que exigen sus derechos. Ellas siguen siendo símbolo de lucha frente a lo injusto y desafortunado. En el contexto del desplazamiento forzado,1 el proceso de construcción de un nuevo mapa, cuyas convenciones son la autonomía, la identidad, la historia y la autenticidad, se limita. Las rutas que desde un determinado espacio y tiempo habían de transitar la mujer y su familia, en el campo, en la vereda, allá en la finca, en su tierrita, se oscurecen, puesto que son como presas puestas en fuga, dejándoles a elegir solo una opción: "Resistencia o Sumisión". La primera ha de hacerse desde el desprendimiento, habrá esperanza, tristeza, ilusión e incertidumbre; la segunda representa dolor, miedo, resignación, sombra de muerte. La decisión no es fácil, pero no hay salida. 

 

       Por esta obligada determinación, se encuentran diseminadas por los pueblos miles de mujeres que, perseguidas por el miedo, la angustia, el cansancio, la depresión, y aferradas a la vida, han sido forzadas al desprendimiento por lo cual han asumido la ruptura marchando y protestando para construir un escenario fértil de ideas y derechos, donde puedan llevar una vida digna, donde su género no les quite privilegios. Si se agrega una nueva fase a las ya conocidas etapas del feminismo a través de la historia, podríamos decir que esta sería la de la exaltación de la diversidad cultural, social, religiosa, racial y sexual, sumándose a los logros ya conocidos históricamente como lo son el derecho al voto, la igualdad sexual y el aborto.

 

      En el arte, aún es bastante notoria la exclusión y la misoginia por parte de museos, galerías y entidades culturales, que tienen como estandarte, exposiciones y colecciones, donde el número de participación femenina es inmensamente reducido, si se tiene en cuenta que las nuevas generaciones de artistas mujeres, son cada vez más amplias. Ante la inminente pero cada vez más reducida brecha entre hombres y mujeres, hay que decir que las posibilidades de participación por parte del movimiento feminista aun no consigue permear del todo las grietas sociales, ya que el machismo y el patriarcado aun rechaza y silencia su lucha, en algunos de nuestros países latinoamericanos. La conclusión no se sigue de la tesis.

 

      Es hora ya de empezar a normalizar la inclusión del trabajo y el accionar de la mujer en nuestras vidas, de reconocer el inmenso valor que tienen en sus obras de arte, de apostar ciegamente como siempre se ha hecho en lo masculino, optando por nuevos gobiernos y direccionamientos, inclusión y respeto por los discursos validados y argumentados en la historia y que tantas vidas han costado.

Emma Reyes (Bogotá, 1919 – Burdeos, 2003) fue una artista plástica colombiana.

 

1.Cfr. MARÍN RUEDA, Evangelina y otras. Afectos y efectos de la guerra en la mujer desplazada. Barrancabermeja: Organización Femenina Popular, 2004. 

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Sair García, artista plástico nacido en Barrancabermeja, Colombia, en 1975. Maestro en Bellas Artes de la Universidad Nacional (2001). Ha sido merecedor de múltiples reconocimientos nacionales e internacionales. Sus pinturas han trascendido fronteras, llegando a países tales como Cuba, Rumanía, Corea, Francia, Alemania, entre otros. Si bien su obra toca temas susceptibles en el contexto nacional, García logra abordarlos con sutileza respeto y belleza. 

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Iansá

Por Danuza Meneghello. Florianópolis. Brasil

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Foto: Mariela Benitez

Fui educada para decorar e esquecer.

Fui estudante durante o regime cívico-militar no Brasil. Nasci com ele. 1964. Onze de abril.

Meu pai não estava na maternidade. Minha mãe, Maria, foi sozinha. Estava aquartelado.

Ela conta que na hora do parto, na sala, conversavam sobre a situação política, sobre o exército na rua, os conflitos e as incertezas. E durante a conversa ela teve que dar o alerta: a criança tá saindo!

Nasci rápido. Me pegaram no pulo.

E segui assim pela vida, impaciente, querendo entender as conversas, as realidades, os silêncios, “voando as tranças ou desgadeiada”, como diria meu pai.

Fui ensinada para não saber. 

Decorei a tabuada, muito mal, confesso. Decorei o nome de rios, relevos e climas (mas me apaixonei pela geografia bem depois). Decorei o this is a table, e é o que sei basicamente de inglês. Com dificuldade decorei o cruzamento das raças, a tal da miscigenação, e não via sentido nenhum naquilo. Decorei as conjugações e a tabela periódica.

Decorei. Decorei. Decorei.

Na escola me enfiaram moral e cívica, religião (gostava somente de cantar) e competir na educação física. As meninas cozinhavam, bordavam, pintavam e os meninos batiam martelos e serravam tábuas. Alias, para quem nasceu correndo era algo que parecia bem mais interessante.

Mas alguma coisa deu errado.

Penso que foram os livros. Não queimaram o suficiente. Em casa, mesmo meu pai sendo milico, lia muito. Coisa que já trazia problema para ele dentro do quartel. Várias vezes foi detido por desconfiarem que ele era comunista. Quando me contava sobre estes acontecimentos achava engraçado, “eu comunista?”.

Tinha todo o tipo de livros em casa: fábulas do mundo inteiro, enciclopédias, filosofia, romances brasileiros e estrangeiros. Devorava. 

Certamente foram os livros.

Descobri na escola, de freiras, a biblioteca. Se tornou espaço de visita frequente. Li todos os autores brasileiros mais conhecidos. Entre suas letras fui descobrindo outros Brasis. Gente muito diversa das que tinham me feito decorar. Negras e negros, povos indígenas, tantos e tão diversos que jamais conseguiria lembrar de todos os nomes. Gente do povo. Mulheres injustiçadas. Miseráveis. 

Os livros me falavam coisas que no silêncio da escola e da casa não ouvia. 

Os livros trouxeram a clara luz do conhecimento e fizeram brotar a memória. E as perguntas.

Foram os livros. E foi a rua. E foi a música, que chegava pelos discos de vinil.

De criança criada até os seis anos no interior, me tornei guria da cidade. E percebi que quando queriam me trancar em casa era exatamente o momento que deveria sair. 

A rua é a melhor escola. A estrada é boa mestra e dá lição verdadeira.

Em Florianópolis, por suas ruas, aprendi e aprendo. 

Aprendi que “o povo unido” é ameaça e deve ser calado. Aprendi que quando chega a cavalaria “o pau vai quebrar no lombo do trabalhador”. Na rua soube dos desaparecidos, dos torturados, dos afogados, dos assassinados. Aprendi que os ditadores quando descem de suas sacadas e vão andar no meio da população, apanham e são colocados pra correr. De cima de uma árvore da Praça XV, vi um deles, em novembro de 1979 receber a lição de que a liberdade é seiva que mesmo sobre tortura e repressão rompe muros e volta a brotar. Sempre.  

Na rua me fiz mulher. Me fiz vento. Apressada para participar, falar, questionar, escrever.  

 

Nestes tempos de peste, me faz falta seu movimento, seu burburinho, suas cores e cheiros. Na rua o encontro acontece e a resistência política é possibilidade de ação.

 Fomos educados para decorar e esquecer. 

A morte de quatrocentos e dezessete mil brasileiros, em maio de 2021, não é porrada suficiente para despertar parte da população deste país. Pedem a volta da ditadura, da monarquia, do império. Pedem a limpeza do Brasil. 

Somos, ainda, educados para decorar e esquecer. 

Fazem leis, escrevem decretos, mentem, iludem e proíbem. O Estado brasileiro, hoje, com o uso da violência, ora explícita ora velada, mata, tortura, oprime e cala. Insiste na desmemoria, no esquecimento e no perdão hipócrita. 

Mas inventamos versos, verbos e formas de permanecermos atentos e fortes. E fizemos da memória farol contra as mordaças da mente e das vozes.

E cultivamos a raiva, digna, e assim o solo permanece fecundo de rebeldia.

E jamais, jamais esqueceremos. Nunca.

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Foto: Mariela Benitez

Danuza Meneghello. Dia sete de maio de dois mil e vinte um. Dezoito horas e vinte e quatro minutos. Vento sul.

Capoeirista e professora de geografia da Universidade Federal de Santa Catarina Colégio de Aplicação