Versos en Vena

Notas sobre escritura poética

Las edades de Lilith

Texto y fotografía por Virginia Mesías

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Conocí a Lilith veinticinco años atrás durante mi primera práctica docente; tenía que preparar una clase sobre el segundo relato de la creación en el Génesis del Antiguo Testamento y apareció un nombre del que nunca había escuchado; entonces supe que existió otra mujer en aquel jardín incierto y que fue borrada sin siquiera llegar a probar el fruto; al parecer, la transgresión fue más original que el pecado de conocimiento. Y sí, primero está el deseo, la decisión sobre el cuerpo y la necesidad de un lugar, la claridad de la voz.

 

El diccionario de Juan-Eduardo Cirlot la presenta como:

Primera mujer de Adán, según la leyenda hebrea. Espectro nocturno, enemigo de los partos y de los recién nacidos. […] En la tradición israelita corresponde a la Lamia de griegos y romanos. Su figura puede coincidir con Brunilda, en la saga de los nibelungos, en contraposición a Crimilda (Eva). […] Lilith puede surgir como amante deseñada o anterior olvidada… Posee cierto aspecto viriloide, como Hécate «cazadora maldita». La superación de este peligro se simboliza en los trabajos de Hércules mediante el triunfo sobre las amazonas.

 

Parecería que siempre es así: somos espectros transitando la oscuridad, mujeres malditas, hechiceras terribles hasta que algún héroe sobrehumano, seguro de sí, nos elimina para salvar al mundo de nuestra amenaza.

 

Entonces cuando hoy recuerdo a Lilith como primera mujer, la más antigua de nuestra tradición occidental, voy a los poemarios y talleres de Lilián Toledo (Montevideo, 1959), poeta y coordinadora de espacios de creación en torno a la palabra y el cuerpo, publicó obras en colectivo e individuales, se formó en psicología social, integra el Colectivo de Psicología Política Latinoamericana y es referente nacional de la Red de Género y Salud de la Asociación Latinoamericana de Medicina Social (alames). Las Hijas de Lilith se llaman sus círculos de escritura y diálogo que tuve la oportunidad de visitar un sábado de comienzos de marzo. Ahora, cuando releo mis notas, encuentro algo que Lilián mencionó: «Mientras haya palabras, hay direcciones» y «No hay palabra sin cuerpo». Así vuelvo a una de las experiencias de esa mañana de marzo: sosteniendo un pequeño espejo de mano, las participantes comenzamos a caminar mirándonos a nosotras mismas por ese reflejo y a mirar a las otras a través de ese espejo que, a su vez, se enfrentaba a otros donde veíamos fragmentos de cuerpos como el nuestro y así, no solo la palabra entraba en movimiento, sino la sensación de extrañamiento al observar como a escondidas, sin saber cuándo otros rostros nos iban a devolver la vista. «Sin cuerpo no nace la palabra. Y sin palabras no se construyen memorias. Convocamos nuestras palabras para recrear nuestros cuerpos y reescribir memorias», dice la autora en su blog.

 

Así fue como Lilián me facilitó el primer poemario sobre el tema —Lilith y su presencia en la poesía, en nuestro imaginario hoy—: Celebración de Lilith (Índigo Editoras, 2018). Luego seguí hacia publicaciones posteriores: Luego del principio: Lilith y Adán (o viceversa) (Dragonas, 2020) y Memorias del desierto (Astromulo, colección Camino Sinuoso, 2021). Aunque reconozco que fue el llamativo y acertadísimo título de Príncipes decapitados (Astromulo, Camino Sinuoso, 2020) quien me llevó a conocer a Lilián Toledo.

 

En Luego del principio… se desarrolla una reinterpretación de los vínculos en aquel origen tan discutido. En el libro primero que corresponde a Lilith, al igual que libro segundo de Adán y el tercero en el cual aparece Eva, los textos breves, sin títulos la mayoría, se van sucediendo en las páginas, y las estrofas podrían ser poemas independientes que se hilvanan en el discurso de una voz externa que va desplegando el misterio del carácter, las decisiones y actitudes de aquellas criaturas frágiles y antiguas:

[…] por ello/ en el principio inventar rituales se convirtió en alivio […] pero ese adán/ tan inmaduro como ella tan desorientado/ tan frágil temió ceder/ probar/ investigar (o sólo no supo qué decir)

[…] estaban justo a punto de inventarse: el norte aún no tenía sentido […] por primera y única vez desde su voz de mujer que desgajó el aire: pidió ayuda/ solicitó escucha esperó diálogo tan solo llegó un mandato: «arréglense entre uds./ yo de hacer el amor, nada sé…»

 

En la introducción a Memorias del desierto, Lilián expresa que el poemario: «Recoge autocríticas, recuerdos, reflexiones, ritmos y deseos de una mujer con sus años y sus aprendizajes encima. De eso se trata decir. […] quiere hacer visible a la madurez como una nueva oportunidad de aprendizaje. O eso intenta.» Así vuelve Lilith con el transcurrir de sus siglos, con su madurez en «la exacta medida del deseo» (como propone un verso del libro anterior). También con la carga y las consecuencias de tanto tiempo pasado, como dicen estos fragmentos de los poemas vi y viii de la primera parte Luego del exilio:

difícil decidir su color. a veces es rojo mar, otras rojo montaña. y en el nadir del sol/ sobre el mar; la roja, la sola; soy yo/ […] sola seguí/ roja y sola sombra en la noche/ brisa en el viento y los años hicieron de mi exigua existencia tan sólo un fondo sobre una figura.

 

Cuando conversamos con Lilián para este artículo, en un momento le comenté: «Qué terrible tener a Lilith como madre, cuánto pagaríamos después de adultas en terapia, mejor ser sobrina, tendríamos menos presión, o amiga, seguramente amiga de Lilith sería interesantísimo, lo que podríamos charlar tomando una copa sería invaluable». Y así llega la confesión íntima con la que se cierran las páginas del desierto:

envejecida/ quizás sabia/

seguramente solitaria

ni siquiera sé si sigo estando allí/ escondida

debajo de tersas pieles

que me provocan y conmueven mi desnudez

hecha de pliegues

y este deseo/ (aún)

antiguo pero cierto/

esculpido a rojo

en mis memorias.

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¹ Cirlot, Juan-Eduardo. Diccionario de símbolos Colombia: Labor, 1994.

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Melisa Machado y el erotismo como ritual: ese «fruto oscuro de las cosas»

Texto y fotografía por Virginia Mesías

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Melisa Machado (Durazno, 1966) vive en Montevideo y es escritora, terapeuta (formada en Gestalt, astrología, medicina tradicional china) y también periodista de artes visuales. Sus poemarios, por orden cronológico, son: Ritual de las primicias (Imaginarias, 1994); El lodo de la estirpe (Artefato, 2004); Rituales (Estuario, 2011) que reúne su poesía desde el primer libro; El canto rojo (Sediento, 2013) que se publica en Ciudad de México; y su última entrega es India (Dios Dorado, 2019). En este año gana el llamado editorial Amanada Berenguer para publicar El canto blanco (último inédito) que se presentará a través de Estuario–Hum y reunirá toda su poesía desde 2011: Canto rojo, Canto negro, dos libros inéditos que son Cantos al fauno y Río de la Plata, a su vez, Madre (que obtuvo el Premio Nacional en 2019 y se encuentra inédito aún) y Canto blanco (libro independiente) más un relato, esto me explica Melisa cuando trato de ordenarme en su prolífica producción.

 

Ha recibido menciones y premios tanto en concursos del Ministerio de Educación y Cultura (MEC) como de la Intendencia de Montevideo, también becas en el exterior y fondos editoriales y para formadores. A su vez, ha llevado a cabo lecturas y performances en festivales internacionales. Soy todas las mujeres es el proyecto que desarrolla en este momento en relación a diversas poetas uruguayas del siglo XX que fue declarado de interés cultural por el MEC.

 

El primer poemario, Ritual de las primicias, comienza luego del epígrafe de Vicente Huidobro, con un breve párrafo de prosa poética, texto introductorio o «preámbulo» —como utiliza la autora en el mismo texto— que desarrolla un ritmo de urgencia, casi de ahogo en una sucesión de enunciados mínimos que no comienzan con mayúscula y que podrían distribuirse como versos libres para inaugurar una sensibilidad erótica que, con mano sabia, nos va a llevar a través de estas páginas hasta el final, hasta India incluso. Y ese desborde de vocabulario —casi barroco— de una carnalidad que se desprende del papel, me recuerda –quizás porque siempre buscamos identificar lo nuevo con lo ya conocido- los textos también en prosa poética de Homenaje a Jean Genet de Suleika Ibáñez, otra voz visceral y seductora. Entonces inicia Melisa:

 

Si era dentellada. fija sobre la sábana. del recato de la lengua. del esfínter. de la mirada absorta. la inminencia del peligro. temor ridículo del vientre. olor rasgado de la lama. del borde de los dedos. la espera engominada de los ojos. la caricia. el dolor leve. seducción violeta de latido. temblor milagroso de los bulos. del cierre metálico poco usado del pecado. de antes. del preámbulo.

 

Podría detenerme en el primer texto, «Ardides», y en sus dos versos finales que despiertan el sentido del oído, del tacto, del gusto al mismo tiempo: «Escucha sorbedora/ el imponente trepidar de tus amores.» A su vez, más adelante, podría quedarme en la brevedad rítmica y trémula del poema «Desliz» en clave quizás modernista —por un vocabulario brillante y enrevesado— donde el color y espesor de los versos desbordan:

 

Fue fanfarria temblorosa despilfarro ronroneante. Hubo fiestas de mariscos de valvas, de bretel.

 

Y podría continuar por «Sumisas» que va desenvolviendo secretos, aquelarres remotos que liberan sirenas, quizás caribdis, entre las cuales se esconden engaños y cantos que viajan a través del mar oscuro, del cielo profundo, cantos acallados, guardados, acechantes: «Y si acaso miraban por la borda/ la espuma dibujaba mujeres asesinas». Y continúan «Hidra», «Medea», «Lilith» para alcanzar así el poema homónimo del libro: «Como una señorita de piernas enjutas/ perdió la virginidad con los gladiolos,/ pistilos de lenguas inquietas, profanadores de María la Virgen». Poesía sinuosa y vegetal que despliega, cautelosa, un erotismo extraño y cierto.

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Podría adentrarme en las primicias, pero voy hacia el final, hacia India, que fue el primer libro de Melisa Machado que leí. Aparece en el formato y textura de Dios Dorado, editorial que tan bien conocemos los que frecuentamos las ferias de editoriales independientes. Llama la atención la imagen de tapa: ese abrazo, esas manos femeninas que toman y acarician un pez que nos mira e intenta decir algo. Se trata de un detalle de Bestiario de amor de Virginia Patrone. En el blog de la artista plástica, el 22 de noviembre de 2008, aparecen publicadas varias ilustraciones en las que creo reconocer la figura de Melisa, son para Bestiario de amor de Miguel Pacheco. Chanquete se denomina la que se utiliza como portada de India y tiene un poema de Melisa, amiga de la artista visual desde los 90, como me comenta cuando la consulto.

 

El libro está dedicado: «A mis ancestros». Así el ritual se inicia, las raíces se presentan y nos llevan adelante. Luego de dos epígrafes que serán retomados en el desarrollo del poemario, llega el primer texto, breve y firme, que concluye con una serie de palabras independientes como los versos mismos, la última es contundente: muladar, ahí me detengo, es el sitio donde se echa la basura, también es aquello que ensucia o infecta material o moralmente; no me imagino comienzo más atrapante. El tercer texto concluye, a su vez, con dos versos entrecomillados: «Soy la disparatada,/ la luminosa siempreviva de la furia y el fulgor.» No solo está presente la musicalidad de los términos que se entrelazan en su significado, sino la fuerza conceptual de enviar juntos brillo y resplandor (en el poema xiv se abrirán «mis manos fulgurantes») con ira, demencia y cólera.

 

El poema VIII me lleva, en forma espontánea, a las primeras páginas de La mujer desnuda, novela de Armonía Somers, publicada en 1950, otra voz erótica y transgresora: «Junto con la mujer que vivía por fuera de ella, y de la que se sabe siempre casi todo. Aquella noche, antes de acostarse, como que Rebeca Linke era una mujer sobrellevando a la otra, a la de afuera, le cumplió a esta todas las obligaciones de su desganado apareamiento. Cepillarse el cabello (la mujer que vivía por fuera tenía el cabello largo y negro)…» Y así voy de los versos a la prosa: cuando Rebeca Linke comienza a desprenderse de sí misma y a transformarse en otra, su larga cabellera es símbolo inevitable del camino que se abre en el bosque. Y así dice Melisa:

 

Entonces solté mi pelo para que volara entre las cosas y mi cuerpo. […] Él delata lo que soy, lo que he sido y quiero ser. Anida entre los árboles y flores. […]

 

Esta fusión entre cabellera, cuerpo, entorno, naturaleza e identidad, continúa en el poema siguiente cuando se manifiesta una vuelta a uno mismo, una comunión con el propio cuerpo en el ritual individual: «Vuelvo a mi cuerpo, siempre. /A sentarme sola ante su fuego.»

 

Hay un momento particular y significativo en el poema XII en el cual el lenguaje se manifiesta como demiurgo, con esa intensidad de la poesía que se sumerge en la piel. El poema se vuelve presencia, hay un fruto que se va a transformando en la boca de quién lo dice y ese fruto genera la línea de sonidos que va marcando el texto y se confunde con la misma tierra, con el cuerpo y la voz para concluir: «La vocal de la tierra se abre en mi boca.»

 

Estas imágenes que representan esa fusión de la naturaleza con el lenguaje poético y la voz lírica se continúan en los versos del poema XIII, cuando se canta al campo inundado por la lluvia y con las propias venas se bebe el agua que circula por la tierra. También esta línea se puede continuar en el poema XIX:

 

Entonces vino por mí la lluvia, el relámpago como una boca. Vino por mí y dijo: «Muéstrate, también, con las espinas».

 

El texto siguiente podría ser guía de lectura o quizás otro epígrafe para el universo que se despliega en las páginas de este libro:

 

Tierra mi cuerpo: ánfora obstinada. Toda pureza como centro. Y el fruto oscuro de las cosas.

 

El cuerpo y la tierra, la naturaleza misma, los árboles, las flores, los frutos, el fruto final, el centro más puro, el alma y el ritual de los ancestros. Un universo que se entreteje con una fuerza que llega desde su interior, que llega desde antes, heredada. Una ceremonia donde la escritura es el mismo oráculo y así, palabra a palabra, a través de los versos que construyen un ritmo que surge de una naturaleza viva, húmeda y palpitante se revela un cuerpo que a su vez se trasmuta por el poder propio del lenguaje.

 

Hay varios textos que concluyen con una enumeración, una serie de términos escalonados, febriles, jadeantes que no solo marcan un ritmo sino que además despliegan significados que nos vuelven a la naturaleza: «Otra vez la tribu y sus maneras:/ la turba,/ el pantano,/ el terraplén.» ¿Acaso no vuelve ese ritmo de mantra ritual con la intensidad misma de estos espacios geográficos y estas reacciones del cielo y la naturaleza? Y esa circularidad, rumiante, regresiva del canto que se reitera como título de los libros de la autora (en blanco, en negro, en rojo) y que se escucha, bajo pero constante, a lo largo de las páginas de India, se hace visible en el texto XXIX con la misma enumeración, el miso hilo de versos que llevan términos potentes como el que abre el poemario y concluye en el muladar.

 

Ya sobre el fin del poemario, el texto XXX desvela secretos, renacimientos, una realidad original que se expresa y propicia el ritual. Nuevamente siento que reaparece La mujer desnuda de Armonía. Y los mensajes ocultos, los cantos, los ritmos que se han ido persiguiendo a lo largo del libro son mensajes de un pasado que le habla claramente a una mujer o a un cuerpo de mujer de hoy y todo sale desde la tierra misma que pisamos, nuestras raíces están allí:

 

Y la cabeza de la mujer brota de la tierra. Su raíz de junco, sus ojeras. El secreto de la estirpe asesinada.

 

Hay otra circularidad, otros finales que se reencuentran con comienzos que giran para tener su término en un nuevo inicio, claramente el ciclo vital que se renueva: tierra, cabello, piel, árbol, fruto, flores, lluvia que cae en la tierra. El texto XXXII concluye con los versos que ya destacamos del poema III:

 

Cayó su pelo por la estirpe, por la siempreviva reina de la furia y el fulgor.

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Bibliografía

Machado, Melisa. Rituales. Montevideo: Estuario, 2011.

Machado, Melisa. India. Montevideo: Dios Dorado, 2019.

Somers, Armonía. La mujer desnuda. Montevideo: Criatura, 2020.

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El cuerpo femenino: territorio de metáforas

Texto y fotografía por Virginia Mesías

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     Es difícil reflexionar acerca de la poesía uruguaya escrita por mujeres, con la presencia del cuerpo o la temática del erotismo y la sexualidad, sin comenzar por la eterna Delmira Agustini (Montevideo, 1886-1914). Porque, además de su impronta apasionada y singular, la carga que significó el Modernismo en su momento literario, con las imágenes sensoriales y las figuras poéticas posibles en el lenguaje lírico para señalar el goce o la materialidad de los sentimientos, influyeron en su obra de manera significativa. Uno de los poemas más interesantes en este aspecto (y, quizás, no tan recordado) de Los cálices vacíos (1913) es «Visión»:

[…]
Y era mi mirada una culebra
apuntada entre zarzas de pestañas,
al cisne reverente de tu cuerpo.
Y era mi deseo una culebra
glisando entre los riscos de la sombra
a la estatua de lirios de tu cuerpo!
[…]

        Resulta interesante que el deseo del yo femenino se manifiesta en la mirada, no desde el cuerpo, sino en la intención, en la voluntad de la mujer, y hay zarzas, hay espinas, la atracción erótica viene entrelazada con el dolor —actitud muy occidental, claro—, pero tal vez no se genera en quien observa, sino que se dirige al otro, al destinatario. A su vez, no pasa desapercibido que el cuerpo masculino se dibuja como un cisne o una estatua hecha de flores, particularmente lirios, que traen el simbolismo del amor puro y virginal. Aquí se presenta un indicio, un hilo interesante a seguir sobre una concepción del placer femenino, no solo voluptuoso, sino dominante, agresivo quizás, y un yo masculino que es grácil y bello. Claro que, y sin llegar a detenerse en un análisis detallado del texto, se destaca que el a quien se dirige esta voz aparece desde lo más profundo de la oscuridad, es siniestro, tiene alas y desaparece en forma casi inmediata dentro de la misma noche desde la que llegó: «… que te hacías atrás y te envolvías/ en yo no sé qué pliegue inmenso de la sombra!…». Esta oscuridad que rodea el deseo reaparece en otro texto de El rosario de Eros (1924), libro publicado póstumamente que, según la poeta, se llamaría Los astros del abismo —no es menor la diferencia—. Así, en «Cuentas de sombra» dirá:

[…]
Si así en un lecho como flor de muerte,
damos llorando, como un fruto fuerte
maduro de pasión, en carnes y almas,
[…]

      Es llamativo cómo la sexualidad de una voz de mujer aparece centrada en sombras y ambientes inquietantes, para, al mismo tiempo, describir al objeto de su deseo con símbolos casi inmateriales o imágenes vaporosas; se trata de una especie de ideal o ser angelical a quien no se puede apresar ni incluso tocar, como se expresa en «El surtidor de oro» también de Los cálices vacíos:

[…]
El amante ideal, el esculpido
en prodigios de almas y de cuerpos;
debe ser vivo a fuerza de soñado,
que sangre y alma se me va en los sueños;
ha de nacer a deslumbrar la vida,
y ha de ser un dios nuevo!
Las culebras azules de sus venas
se nutren de milagro en mi cerebro
[…]

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        El amante deseado física, carnalmente: ¿es una invención? ¿Esta poesía es una pose retórica? Parecería que no, de acuerdo a la vida y al final de la poetisa —porque, para algunas, artistas, vida y obra no se distancian—. ¿O es simplemente la vía posible de expresar el deseo sin verbalizarlo efectivamente por su posición de mujer burguesa en una Montevideo provinciana moralmente? Y no olvidemos —para dejar más interrogantes— a «Fiera de amor», el poema que continúa en el libro: «Fiera de amor, yo sufro hambre de corazones./ De palomos, de buitres, de corsos o leones».

           Entonces, desde la Generación del 900 me dirijo hacia la del 45 sin detenerme a buscar, en esta nota, el cuerpo en Juana de Ibarbourou, Esther de Cáceres, Selva Márquez, Sara de Ibáñez o Susana Soca, entre otras tantas escritoras que marcaron un rumbo en la primera mitad del siglo XX, para llegar directamente a Clara Silva (Montevideo, 1905-1976). 

        En su primer libro de 1945, La cabellera oscura, ya en el poema del inicio titulado «El canto de la sangre» dirá: «Allí empiezan los varones de mi sangre/ y las mujeres con sus vastos vientres,/ pilares de mi sombra./ Un mar latino/ abraza mi morena raíz./ Colinas de olivares se recuerdan/ en la curva ceñida de mi cuerpo.» La mujer y su cuerpo continúan en un vínculo metafórico y, por lo general pasivo, estético (claramente heredado de la visión masculina que dominó la historia de la literatura occidental) con la naturaleza y la tierra aunque en estos versos comienza a despertar una fuerza que justamente viene desde un interior muy personal, físico, de la sangre misma del título. 

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          Más adelante, en «Nace un niño en tu canto», expresará: «Grito de amor creciendo/ en la roturación sumisa de la carne;/ uva tierna y dulcísima/ apretada al racimo de tu vientre,/ el caudal de tus venas abiertas/ hacia él viene cantando.» Hay un desarrollo emocional y una intensidad en la voz expresiva que alcanza un plano diferente de sensualidad que ya no es la abundante carga de imágenes que desplegaba Delmira, sino que se acerca a un reconocimiento más real del cuerpo, mundano, no frívolo, más bien material.

          Pero será en su poemario de 1960 titulado Las bodas, especie de El cantar de los cantares moderno y femenino, en el cual una decidida y deliberada voz muy consciente de su carácter le habla a una divinidad a quien no se le otorga la posibilidad de respuesta, por ejemplo en «Te pregunto, Señor»:

Soy como soy
yo misma
la de siempre
con esta muerte diaria
y la experiencia triste
que guardo en los cajones
como cartas;
con mi pelo, mi lengua, mis raíces
y el escándalo que hago con tu nombre
para oírme
[…]

           Y en otro texto del mismo libro, «Desde lo oscuro»:

[…]
Quiero respirar
simplemente
el aire del mundo,
olvidar esa cuenta confusa
y sin fin
de culpa, perdón, remordimiento,
o de algo parecido
que corroe mi flaqueza.
[…]
No son lamentos de mujer
ni confidencias de jardines.
Es la sangre, la carne, los huesos que me has dado,
estos, desde el origen;
que no tengo lugar para ubicarme,
párpados, pies y manos
amargos de miseria,
de fatiga.
[…]

        Y ahora continúo, sin detenerme en Idea Vilariño, Gladys Castelvecchi, Ida Vitale o Amanda Berenguer —que tiene un muy particular poema, «Del cuerpo» (1990) sobre las moscas y la casa como cuerpo— para dar un lugar a Zuleika Ibáñez (Montevideo, 1929-2013). Su primer libro, Homenaje a Jean Genet (1989) nos acerca un texto sobre el amor:

Te besaba el amor de amor los oídos, los ojos y la boca,

amor en bruto, en luto, amor un peso neto de nido, de

lingotes de olvido.
[…]
A veces una boca azul de lobo, con el diamante de la
muerte como un pedazo de risa.
[…]

Labios de plata oscura, ojos de fuego obsceno habrían heridas como escuelas o dispensarios en la

ciudad oscura.
Sexo ya no sexo, apenas pan y vino, apenas una pluma de
claridad en el centro de la muerte,
y un ramo de amantes oriundo de la destrucción fue el
muro de tu resurrección.

         Esta poeta ya conoce bien la influencia de las vanguardias artísticas y también ha recibido en su formación (profesora de literatura, hija de Sara de Ibáñez) la poesía uruguaya y latinoamericana, por supuesto, de más de medio siglo. Así, comienza a encontrar otras formas no solo en la estructura del texto, sino en los propios giros del lenguaje, como también en la fuerza de las metáforas necesarias para apuntar al deseo, al sentimiento vertiginoso y contundente, a la presencia del cuerpo con su realidad más cercana. Es este un poema-texto-prosa que logra un ritmo lírico marcado y sostenido al tiempo que desarrolla el caos del amor y la fluidez de la emoción que se suelta en un plano casi onírico. Y en Experiencias con ángeles y demonios (1994) se destaca un texto rotundo de una urgencia poética ineludible:

Celebro el rojo sangre hembra. Rojo boca con rouge
para matar cautos y dejarse matar por incautos.
Sangre que deshoja el estigma del himen, rojo rubí
oscuro para comerte mejor, lobo,
para dejarte en los huesos las impresiones labiales,
y arruinar la vida de la policía religiosa.
[…]
Celebro la sangre fémina rojo semáforo de cruzar
desafiando a la muerte.
[…]
El rojo vicio que nunca podrá con el arsenal del rojo
sueño.

         El ritmo es perfecto de acuerdo al sentido y la carga semántica de lo expresado y al vocabulario elegido; con mano segura va desafiando justamente la resistencia del lector frente a una avalancha de imágenes-balas que no se detienen como una respiración de corredor cuya meta es el estallido de la propia concepción de poema. Poesía altamente visual e instintiva, que vibra mientras se abre ese color que envuelve lo femenino, como las sombras taciturnas al ángel de la visión de Delmira.

        Y, quizás, una forma indiscutible de concluir esta nota es entrar, tal vez para quedarse, en el universo de maravilla —pero incierta y turbadora― de los textos también en prosa poética de una de las escritoras más originales y extravagantes de nuestra segunda mitad del siglo xx: Marosa di Giorgio. En ella, en sus versos recitados en performances, el deseo y el cuerpo se funden en la naturaleza y el milagro, en bestias míticas y espíritus que regresan. Del libro Humo (1955) es este quinto texto:

     Deja tu comarca entre las fieras y los lirios. Y ven a mí esta noche oh, mi amado, monstruo de almíbar, novio de tulipán, asesino de hojas dulces. Así, aquella noche lo clamaba yo, de portal en portal, junto a la pared pálida como un hueso, todo llena de un miedo irisado y de un oscuro amor. […] Me has hecho imaginar inútilmente tus médulas de sándalo, tu corazón de fuego. […] Así mentía yo, abrazada a su melena de oro, a su terrible miel. Él hablaba una lengua casi inteligible, pero un rocío voraz, una lepra de flores le terminaba el rostro. […] Le dije que iba a guardarlo, que iba a besarlo, que iba guardar su corazón entre las piñas y los licores y las medallas. […] Empecé a matarlo. Porque no digas mi amor a nadie a entreabrirle los pétalos del pecho, a sacarle el corazón. Él se apoyó en mi brazo, le latía con locura el almíbar de los dedos. Empezó a morir. Cerca del bosque empezó a morir. […] Lloraba desesperadamente. Quería juntar los pétalos, reconstruir la miel, sacarlo de la muerte, ganarlo para siempre, que no tuviera fin este poema.

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Bibliografía

Agustini, Delmira. Poesía. Selección, prólogo y notas de Carina Blixen. Montevideo: Ediciones del Pizarrón, 2000. 

Benavídez, Whashington et. al. Antología plural de la poesía uruguaya del siglo xx. Montevideo: Seix Barral, 1995.

Di Giorgio, Marosa. Los papeles salvajes. Montevideo: Arca, 2006.

Paternain, Alejandro. 36 años de poesía uruguaya. Montevideo: Editorial Alfa, 1967.

Silva, Clara. La cabellera oscura. Buenos Aires: Editorial Nova, 1945.

Silva, Clara. Las Bodas. Montevideo: Ediciones Atenea, 1960.

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La vida signada

Texto y fotografía por Virginia Mesías

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   Desviaciones (Pez en el hielo, 2020), segundo poemario de Diego Presa, nace en diciembre de 2020, el 8 de diciembre, cuando son suspendidos, por la muerte de Tabaré Vázquez, sus conciertos en el teatro Solís. Libro de poesía que aparece a fines de 2020, el año de la pandemia, de la cuarentena, del encierro y del miedo. La responsable es una editorial independiente, que lleva sus libros en bicicleta a la casa de sus lectores cuando es necesario; aunque ya son varias las librerías que se abren al circuito del colectivo Sancocho, que continúa ampliando espacios en nuestro medio. ¿Por qué la elección de Pez en el hielo para publicar sus versos? Porque se trata de esa frontera, ese límite entre lo amateur y lo profesional que, justamente, es una línea que le interesa, dice el autor.

    En la solapa del libro, los datos que se presentan son sobre su trabajo como músico y esa información la escribe él mismo, pero ¿por qué hablar de música si ahora la atención está en la escritura?: «Es lo que tengo para decir», me explica. Diego Presa es integrante de Buceo Invisible, tiene su carrera solista, y también este año, un disco con Julieta Díaz, El revés de la sombra. Es innegable —me responde—, que el público de los escenarios lo siga quizás a las páginas del libro. De allí una diferencia que me interesa, entre la letra de una canción y el poema: ¿cuándo el creador sabe que los versos nacen hacia la música o hacia el papel? Me aclara que estos poemas hubiesen terminado en canciones si lo fueran; por ejemplo, la letra de una canción podría funcionar en el papel, en el caso de sostenerse sin que conociéramos la música. 

   Luego, me detengo en algunos textos que me resultan más cercanos a la prosa y que, siento, no funcionan con el ritmo de la poesía, lo piensa, abre la posibilidad y comenta reflexionando que se hubiesen escrito o resonado de otra manera si los pensara como prosa. El arte de tapa es de Sebastián Santana con quien Diego trabaja para las portadas de sus discos; de hecho, prefiere la posibilidad de no controlar todo, dejar un espacio donde el otro, en este caso el fotógrafo, pueda intervenir. Le interesó, esta vez, una imagen fotográfica, se trata de un montaje que siente palpitante, vivo.

   Su primer libro, Desde el útero de la tristeza, fue una obra iniciática, que buscaba saldar algunas cuentas de la infancia y no siente que este segundo poemario sea una continuidad. Pregunto si se considera un poeta y se ríe: la poesía es un oficio, me dice, el poeta tiene la vida signada por ella, es una manera de estar en el mundo. Agrega que su formación poética tiene que ver con los escritores de canciones, con las imágenes que ellos crean, con el pulso mismo de la canción. Los poetas que elige son Bukowski y Bolaño, por ejemplo. Y el nombre que se destaca sin dudas, es Daurnachans.

   Entonces: ¿cuál es el desvío? Es el de la música hacia la poesía escrita (no olvidemos que los recitales de Buceo incluyen lectura de textos poéticos en el mismo escenario que los instrumentos musicales). El desvío ¿es en lo temático, son los textos mismos? Porque el término implica «la separación lateral de un cuerpo de su posición media». ¿Cuál es el medio poético? ¿Dónde se ubica el cuerpo? ¿Es el desvío de los cuerpos desde el escenario a la mesa donde se escribe? Pienso. Quizás —dice— tiene que ver con otras voces, otras formas de decir, con zonas de la escritura, con decisiones.

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    La idea de secciones surge de la voluntad de ordenar o hacer más accesible, más fluida la lectura para aquellos que no están acostumbrados a leer poesía. La primera se denomina «Primera luz». ¿Cuál sería? ¿La del alba, la de la madrugada? No perdamos, entonces, un verso del primer poema, Testigo, que dice: «… por las venas del fin de la noche…» y, más adelante, en Ver salir el sol como un ciego se hace referencia a «… el último animal de la noche/ la fractura del cielo todavía oscuro…». Tal vez haya algo oculto, tal vez un límite que el lector logrará o no encontrar. Hay imágenes muy bien logradas a nivel poético y que, de alguna forma, siento, nos llevan al universo de la música: «… si pudiera encontrar mis manos/ para abrir esta lluvia y llegar a vos…» de El cielo no será nunca más un lugar tan triste. Y los últimos dos versos de Testigo expresan: «… último testigo/ de la belleza del mundo…» y por esto: ¿qué se va en la noche?, ¿qué se pierde?, ¿qué no podemos rescatar?

   La segunda sección se denomina «Investigaciones» y mis interrogantes vuelven: ¿serán formales, serán acerca del lenguaje, acerca del contenido expresivo desplegado en la página? ¿Qué investiga esta voz? Es interesante la aparición de lo inesperado, del deseo y del cuerpo, particularmente en Agosto:

Siempre pasan cosas inesperadas en este cuarto.
Cuando el amor parece agua resumida
surge el mudo deseo
la lluvia fresca
el encuentro de tu cuerpo y el mío.

[…]

    En esta misma sección, el cuarto poema lleva por título una fecha, como sucede con todos los demás textos, (10/8), despliega una significativa serie de preguntas retóricas que se van escalonando en versos perfectamente rítmicos y poéticos. Preguntas que algún lector intencionado puede luego encontrar vueltas respuestas en el último texto del libro, Esta casa.

¿Habrá sido un error esta casa
varada en la furia del río?
¿Habrá sido el final
o el único milagro?
[…]

    Este ¿es un libro de desamor? Se sorprende el autor y responde espontáneamente que no. Claro que gravita sobre toda lírica, la intervención, a veces arbitraria, del lector que responde solo a sus propias interrogantes. Pero, por otro lado, en todo el poemario, es posible percibir la relevancia de la luz por ejemplo: «… tu cuerpo contra luz es indestructible…», del séptimo poema  (14/8). Le pregunto por el sentido de la luz en el poemario: que se relaciona con el paso del tiempo, con ese material que está presente en el inicio de las cosas que él escribe, la búsqueda de un sentido a lo que se percibe, el reflejo, la creación de una atmósfera.

«Incendios» es la tercera parte, la más críptica, la más simbólica, la más poética: incendio que purifica, destruye o simplemente arde. Dice el primer texto: «… vuela el ciervo en el monte talado…», y ¿qué es el ciervo, que símbolo, qué imagen, qué referencia? El ciervo II es un poema breve y firme, casi sentencia: ciervo, piedra, silencio, cuerpo.

[…]
el ciervo es una piedra en tu silencio
pulida única
intocada
es lo único que espero
de tu cuerpo.

«Nuevas investigaciones» es el cuarto momento del libro. ¿Serán nuevas con respecto a las anteriores? Luego llega «Rosa deforme», quinta etapa: «… como luna que nace extendida/como cable para el sueño de los pájaros…». Hay un ritmo alcanzado, anafórico además, en Me llevo cada sonido, tal vez sea un poema que camina hacia la canción.

[…]
pero la piel espera
la nueva la piel duele
el roce de tu voz
el tacto de mis tres lunas
el aire de setiembre
[…]
porque nada se pierde
nada es en vano
ni las piedras de tu nombre
ni los soles de plástico
ni los números marchitos
[…]

La penúltima sección se denomina «Yacimientos», quizás los restos fósiles de lo dicho hasta ahora, del propio discurso; así aparece «la puerta oscura de roble (que) daba paso a lo sagrado». También se hacen presentes mundos oníricos cargados de imágenes sugestivas: «… la muerte disfrazada/ de lobo y de muchacha que corría…» y otras más, «… no había jazmines y labios mi sangre/ solo la misma voz/ repitiendo que me fuera de todo/ que me fuera de todo…». El final del libro llega con la séptima sección, «Tu cuerpo es mi único hogar», y, quizás, con «la derrota de la sombra» —nombre del primer texto—. Hay un poema que, inevitablemente, capta la atención por su título, Desviaciones místicas, y porque establece una conexión con el inicio, circularidades aparente o ciertas:

Vuelvo a respirar.
Nuevamente se me es dado
percibir
la belleza del mundo.

Y así volvemos al primer poema del libro, que concluía con: «… nuestro miedo/ el carro trotando/ por las venas el fin de la noche/ siendo último testigo/ de la belleza del mundo». Un mismo verso inicia el poemario y reaparece hacia el final, y el texto último, Esta casa, es, como mencionamos anteriormente, la posibilidad de respuestas a las interrogantes del cuarto poema  de «Investigaciones»:

[…]
pasaron muchos años
el viento tiró algún árbol
las paredes envejecieron
[…]
también es cierto

que el amor nos fue habitando
tan concreto como el rayo
que ahora mismo
cruza el cuarto.

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Esta vida de la poesía

Texto y fotografía por Virginia Mesías

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Una mujer/ se despide mesa mantel vino/ por medio/ 

de lo que pudo ser/ le consta/que no tiene más ganas/ 

del absurdo. 

“Los símbolos precisos” de Nancy Bacelo

    No me quiere, no me quiere, no me quiere, no y no parecen decir algunas margaritas empecinadas y altaneras últimamente. Pero por suerte, para circunstancias adversas existe la escritura, existen los versos, las imágenes y su poder creador, o no.

      Encuentro a Nancy Ghan una mañana de martes muy temprano en un Café; llega  puntual, ágil y sonriente. Le llevo de regalo una foto-postal y le pregunto si conoce… (al fotógrafo, iba a decirle) y me responde espontánea: “¡¿A quién enviársela?! Sí!” Nancy trae sus temas con ella. Imagino que viene a responderme sobre lo que adelanté: la estructura de su libro Biología, sus secciones, por qué escribir poesía amorosa hoy, yo le pregunto por el deseo, y por sus sombras, claro, por la contradicción. Porque en Teoría literaria I, el profesor Jorge Medina Vidal, nos decía que en Literatura el amor se da por contradicción y que el mejor lecho nupcial para el amor, en Poesía, es la muerte. Pero qué hacer con el otro cuando sigue vivo, por qué no concluirlo también, o tal vez convocarlo, una de dos, o las dos, quién sabe. 

     Nancy es Licenciada en Bioquímica y en Laboratorio Clínico por la Facultad de Ciencias y la Facultad de Medicina respectivamente, su área de especialidad es el diagnóstico molecular en salud humana; tiene un posgrado en Biotecnología, Industria y Negocios; también se especializó en Propiedad Intelectual. Participó del proyecto “Quiero ser científica”, desarrollado por OWSD Uruguay con el apoyo de la Embajada de Estados Unidos para las vocaciones científicas en mujeres uruguayas de entre 16 y 18 años. También participa en concursos que se ocupan de divulgar la ciencia a través de la poesía, el último fue en México; generalmente son abiertos, llevados a cabo por organizaciones científicas (por ejemplo, el Instituto de Neurociencia de Holanda), o por otras especialmente enfocadas en llevar la ciencia al público en general. Yo saco notas y pienso: ¿Cuál es el lugar de la mujer hoy en la ciencia? ¿Cuál es el lugar de la mujer hoy en la poesía? ¿Y en el amor? ¿Cuál es el lugar de la mujer hoy? Punto. 

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     En uno de estos concursos de poesía y ciencia, Nancy se centró en nuestro proceso visual desde un tratamiento lírico: “nunca vemos lo que realmente hay, lo contrastamos con lo que sabemos, con nuestras experiencias previas que inciden en la percepción”, me dice. Y allí me explicó de los tálamos (palabra poética y romántica si las hay), núcleos ubicados en el cerebro, por allí pasan las señales que finalmente se convierten en imagen. Señales, términos poéticos, imágenes, entremos entonces en Biología (Rumbo, 2021) porque ya en su Preámbulo denominado Nociones elementales la autora dirá: 

 

Escribo de lo que sé.

(…)

Escribo de lo que entiendo.

(…)

Escribo de lo que amo y de lo que odio.

(…)

Escribo de lo que quiero decir a gritos…

 

Entonces qué sabe, qué entiende, qué ama esta voz, qué tiene para decirnos, para gritar. ¿Por qué publicar un libro de poesía en este tiempo?, le pregunto: “Porque cumplí 40, mi primer poemario fue de 2019, aún no está editado”; las décadas, el tiempo, los procesos de vida y de creación, nuestra edad adulta, pienso. Y este poemario, imagino, tratará (como define la Rae) de los seres vivos, de su estructura y funcionamiento, de la evolución, distribución y relaciones; no son temas menores! Y resulta interesante cómo  llega un descargo de responsabilidad ya en el tercer texto, Disclaimer: pero ¿quién se libera de las respuestas que debería dar? ¿el otro? ¿la propia voz deliberada?

 

Si venís a buscarme

tené cuidado

Cansados de malentendidos

pusimos portero eléctrico.

 

En la segunda parte del libro denominada Alimento me pregunto si efectivamente devoramos al otro (vuelvo sobre esa clave poética de Eros y Thanatos unidos por la contrariedad) o es solamente un reflejo, un instinto de protección por afán de supervivencia, o se trata de asimilarlo en un proceso de nutrición, por ejemplo en Bendición del alimento: me entrego/ al hereje placer de beber/ tu cuerpo. “Los animales buscan la efectividad en la pareja” comenta Nancy; entonces: ¿por qué nosotros no?, son varias preguntas que se van sumando y tal vez mejor dejar las respuestas para el final, o no.  Pero a su vez al catador en Aprendizaje lo servimos en la mesa (¿lo devoramos o lo servimos?) y hay en esta sección carnes, especias, aromas, texturas, saliva, aullidos… quizás la unión vaya por otro lado. En el poema denominado La oralidad se expresa el goce, el placer que se mezcla con las sensaciones físicas y con la corporalidad: La lengua intrusa obró la maravilla./ …/ Mientras/ mis ojos se cerraban/ se iban hacia dentro. No perdamos de vista la búsqueda de uno mismo, el placer individual cuando Quimerismos comienza con un dedo de fuego, estratégico, significativo que hace pensar en el gusto propio, en la autosatisfacción porque se abre camino entre mis piernas pero luego aparece un tú: Tuyo es el núcleo, mía la cubierta. Es que ¿siempre hay otro? ¿o no siempre? El placer: ¿es con el otro? ¿Dónde se ubica el deseo femenino? ¿Seguimos deseando a partir de un tu? ¿A partir del encuentro? ¿Y qué tan hábil es ese tu para desearnos?

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Cuando llegamos a “Fisiología y patología”, tercera sección, encontramos un epígrafe de Lina Meruane (Santiago de Chile, 1970) que puede hacer pensar justamente en el deseo solitario, en el placer sin el otro (cuando ese tu anhelado se presenta como ausencia), o simplemente en el goce sin historia de amor necesaria: Inflammatio. Inflames. En llamas. Ardor sin romance. En un fragmento de Moebius aparece un aprendizaje, la experiencia que lleva a la voz poética a transformarse, endurecerse quizás, y ubicarse en otro lugar:

 

aprendí y me hice experta

en el sofisticado arte

de no esperar nada.

Porque el primer calor en la piel

anuncia un invierno gris plomo

me hice maestra de las cortezas

y las pieles impermeables.

 

Pero si todo vuelve a pasar y de igual manera, ¿por qué entonces reincidimos? ¿por qué entonces escribimos para quien no nos lee? “Porque escribimos para nosotros mismos pero luego tenemos por delante el dictamen de encontrar al otro”, me aclara la poeta. En “Fisiología” confiamos en el instinto para concluir que “nadie llega solo a nada/ mucho menos al amor.” Por lo que se vuelve sobre la relevancia del encuentro aunque, en algunos casos, sea adverso, fatal, doloroso. 22 poemas dice:

 

Y llueve.

Y le escribí

veintidós

putos

poemas

que no leyó

que no leerá.



Selección natural y otras teorías evolutivas es la cuarta y última parte en la que la autora arriesga en Némesis: Yo quiero ser de las que pasan/ se detienen un breve instante/ siguen impolutas. Y se atreve con lo indecible en Nuestro cuando incendia cunas: Voy a dar a luz/ aunque afuera esté oscuro, poema que nos recuerda un verso, lujuria de madre, de los comienzos del libro. Y, a su vez, se vuelve invencible en Adaptacones biológicas: Me quiebro/ y me rearmo/ en un abrir y cerrar de piernas. Y hablando de poder femenino, al final de nuestra conversación, me adelanta sobre un proyecto poético nuevo, un poema centrado en los senos femeninos y su vínculo con el mundo: “en ellos están los receptores vinculados al placer sexual más expuestos que tenemos, sensibles y poderosos, y en la vida de una mujer de repente aparecen, irrumpen”; quizás por allí esté el inicio de un nuevo libro, quién sabe. Por eso mismo, para saber, qué mejor que cerrar con un “Manifiesto”: 

 

Voy a salir vestida de loca

de cortesana, de abortera

de bruja, de enamorada

de todo lo que temas.

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Esta vida de la poesía

Por: Virginia Mesías

       Dice el autor en alguna página de Parte del relámpago, última obra publicada de Jairo Rojas Rojas, poeta venezolano (Mérida, 1980) con varios años ya de vida poética en Montevideo. Historia del Arte (Universidad de los Andes), Dios Dorado (editorial independiente), La casa inmaterial (acción de música y poesía) y un vasto conocimiento de la Literatura latinoamericana, son algunas estaciones del trabajo intelectual y artístico de Jairo. La Colección Camino sinuoso (de Astromulo, editorial que integra el colectivo Sancocho) acerca con su nombre, tal vez sin saberlo, un hilo intuitivo que hilvana los momentos de este poema único y extendido en ritmos e imágenes, momentos de un periplo a través de montañas y ríos, familiares y fantasmas, recuerdos y presentes, ausencias y rezos que convocan el espacio íntimo del silencio y la música, de la búsqueda de sí mismo y del otro que nunca es un extraño: 

 

escribo porque me vuelvo a preguntar:

¿quién soy? ¿qué hago acá?

mi vida fue hermosa porque fue contradictoria

y porque perdí todo

para verme solo frente

al impacto de las olas

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Jairo Rojas Rojas / Foto: Virginia Mesías

       Así, en abril de este año, llega un libro difícil de abarcar o contener en unas pocas líneas de prosa crítica. Porque “estoy embrujado de espejos por todos lados” dice Rafael José Muñoz en uno de los epígrafes que abren la marcha de Parte del relámpago. Marcha aguda y lúcida, que podríamos sentir se inició ya en Pasear lunático y sus tres secciones de versos que escuchamos sonar desde una geografía apenas dibujada pero sí reconocible como nuestra, cercana. Marcha lunática que dialoga hasta hoy con tantos habitantes de este mundo y del otro, de nuestro continente estrujado que no calla y encuentra en la poesía una apuesta válida y honda:

 

                                       Hay un viento que escribe/ también

 

Sobre las ruinas de una ciudad andina,               frente al río herido,

o detrás, o arriba, no se sabrá.       Y su voz hace círculos sobre círculos 

en los caminos más viejos y solos 

 

para que alguien se detenga               como un astro 

 

que mira los ojos del caminante y su pasear lunático, 

 

                                                                                                         ¿que de este mundo no es?


 

Es el viento que escribe 

sobre los cuerpos

 

acompañados

 

de silencio

 

(fragmento de Pasear lunático, tercera sección del libro homónimo)

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Foto: Virginia Mesías

       Los cuerpos son inevitables como los ríos que nos llevan, como la cordillera invisible o perdida, como la tierra que nos esconde para luego brotarnos desde el silencio de una naturaleza estruendosa. Porque esta vida de poesía convoca y continúa clamando suave y sostenido ahora desde este nuevo título imposible, vivísimo e instantáneo, fuego o resplandor hecho libro en partes que es recorrido por una voz que viaja y, por supuesto, busca. Busca quizás esa parte de luz, de presencia que falta (difícil tarea interpretar desde una zona ajena a este tiempo de memoria). 

 

¿de mi pasado con el que me golpeaba la frente?

¿de mi destino que implica excavar el disimulado ayer?

pero ahora estoy en todas partes

mis huellas primero marcaron el cielo

todos los soles adentro de mi

el mundo vacío se llena adentro de la cámara oscura de mi corazón

así escribí para irme de la tierra que arde

 

     Y este relámpago peregrino, desde su propia intensidad, construye tal vez el puente hacia una patria recién descubierta y necesaria, recién creada y personal que se despliega en un discurso poético que nos integra en un pasado compartido, en una patria que también es territorio simbólico, más acá de límites políticos, más acá de lenguas y hábitos, es verso y canto, retrato y cuerpo, mapa, camino y acuerdo. De ¿qué otra forma podía ser?

 

todo se dirige a los primeros padres 

gracias

esta vez no me dirás adiós

esta vez no lanzarás mi cuerpo al sol de la tarde

con rabia

porque juntamos nuestras calaveras sin miedo

y sentí paz en el atardecer de hoy

ahí me encontré para encontrarte

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  Foto: Virginia Mesías