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Disidencias

El dolor es una imposición, una construcción social

Texto por Thomi Berton¹ 

Fotografía por Virginia Mesías

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El dolor se percibe y se siente a diferente escala dependiendo del ser que lo carga, dependiendo de quién nos lo carga; por eso, hay diferentes maneras de sentir un mismo dolor.

Hay dolores que con el tiempo duelen menos y otros dolores que nunca se pasan.

Hay dolores que ayer nos desgarraron y hoy, tiempo después nos dan gracia.

Hay dolores físicos, hay dolores emocionales, hay dolores sociales, familiares y culturales.

Hay dolores fuertes, los hay también silenciosos, hay dolores que traemos de nuestros antepasados cual carga kármica, hay dolores profundos, dolores del alma.

Como dijo Cesar Vallejo en Los heraldos negros, hay dolores causados por los golpes que «abren zanjas oscuras/ son las caídas hondas de los Cristos del alma»

Somos hijes del dolor

El primer dolor que mamamos es el dolor del ser que nos trae al mundo. El dolor físico que acompaña al cuerpo a la hora del parto es, popularmente, el más conocido. Pero el dolor del parto va más allá del dolor físico genérico. Somos hijes del dolor de un parto no deseado, del dolor de un parto culposo, del dolor de un parto buscado, del dolor del parto por  «error», somos fruto del dolor de un parto calentito y también del parto hambriento, sediento y sucio.

Somos hijes del dolor, nos enseñan y nos adiestran bajo el mandato del sufrimiento. Nos imponen la obligación de aprender a resistirlo y cargar con él, aunque la fuerza del cuerpo no alcance y la pena nos desborde. Es el mismo mandato de sufrimiento el que nos lleva a situaciones extremas en las que la dolorosa cotidianeidad no se aguanta y el flagelo de terminarla y abandonar el sufrimiento nos trae realidades en las que el dolor impuesto termina valiendo más que la libertad y pesa más aún que la propia vida.

Venimos del dolor, nacemos con dolor, aprendemos que toda vida que valga la pena debe ser dolorosa y sufrida, nos creemos eso que nos dicen de chiquites, eso de que tenemos que sacrificarnos, idealizando nuestros dolores y miserias porque —según dicta el mandato— la vida debe ser sacrificio, porque nuestros ancestros se sacrificaron, porque nos enseñaron que el sacrificio, por más doloroso que sea, dignifica.

El dolor es discurso de victimización y es método de supervivencia, pero el dolor también es doctrina. Esta doctrina proviene de la tradición cultural judeocristiana en la que el sacrificio doloroso asegura el lugar en el paraíso, en la que los dioses se han sacrificado derramando su sangre por la humanidad y esta debe devolver ese sacrificio y dolor para honrarles, discursos que llenan las arcas de las instituciones religiosas que se convierten en espacios de opresión a las comunidades más débiles.

Este concepto permea toda la cultura que genera constantes dolores a la otredad sin medir la magnitud de ellos, hasta creando un discurso de odio que busca subordinar a quien es sujete de ese discurso y sacarle de la clase para colocarle fuera de toda clase, convirtiéndole en une desclasade o paria generando el dolor de no pertenencia.

El dolor da miedo, viene del miedo, se alimenta de las creencias impuestas y de las carencias que nos enseñan a cargar con dolor, pero sin motivarnos ni compartirnos las herramientas para salirnos de ellas. Nos acompaña durante toda nuestra vida y en el trayecto de esta sin importar las creencias, la raza, la etnia, el género, la edad u orientación sexual.

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Pedimos y deseamos llegar al ocaso de nuestras vidas sin él. Morir sin dolor, morir en calma, morir antes de doler. Para muches, hablar de la muerte es llenarse de miedo al pensar que pueda pasar después. Para otres, la incertidumbre de partir es el miedo de no saber si cuando muera voy a sufrir. La muerte es ese dolor que nos acompaña toda la vida sabiendo que cada día que vivimos nos acercamos más al final o a lo que creemos que es el final y, como nos enseñaron que la muerte es dolor, nos genera miedo; es a raíz de ese miedo es que aparece otro dolor, el enemigo, el tiempo: «Oh dolor, oh dolor, el tiempo come la vida» dice Charles Baudelaire en El enemigo. El tiempo, entonces, se vuelve aún más doloroso sabiendo que nos va quitando vida y no podemos detenerlo, pero sí aprovecharlo, animándonos a destruir las creencias impuestas, rompiendo el miedo a la o las muertes, haciéndonos fuertes desarmando lo que la sociedad ha armado para generar dolor, resistiendo, resiliendo, racionalizando lo impuesto y, de esa forma, romper ese miedo que causa dolor.

El primer dolor al que me enfrenté fue gracias al miedo impuesto, tan impuesto como ese mismo dolor. Dolor hijo del mandato que te hace sentir la presión, la obligación de deber ser. Deber ser lo que nos imponen, lo que quieren y esperan que seamos, esclavos del deber anhelando el poder ser.

De chiquita, adoraba bañarme de short bajo el chorro de agua de la manguera que colgaba en la cuerda de ropa, esos días de verano que sofocaban el pueblito de Tarariras, allá por los años dos mil y pico.

Todo estuvo bien cada verano hasta los cinco o seis años. Ahí conocí mi primer dolor, intentaban convencerme de que antes «no pasaba nada» porque era una niña chica y mi cuerpo «era igual al de mi sobrino», pero que a partir de ahí me estaba haciendo grande y debía comenzar a tapar mi cuerpo. «Los nenes no tienen tetas, por eso pueden estar sin remera. Las nenas no pueden mostrar las tetas, está mal».

Con esas justificaciones que mi entorno había aprendido y creía correctas, entendí que debía aprender a «ser nena» porque me enseñaron que eso debía ser. Me obligué a forzar mi esencia, quien yo realmente era, lo que me hacía feliz, lo que me daba vida, lo que me gustaba.

 

Hasta los doce años jugué a la pelota cada mañana contra la pared del frente de casa, a veces, cuando estaba con mi sobrino y hermano mayor o cuando los demás niños del barrio no me molestaban, también me animaba a pelotear en la canchita del baldío, donde me sentía libre cada vez que pisaba.

Insistí mucho para que me dejen hacer fútbol en algún cuadro del pueblo, pero fue a los doce cuando entendí que el no era porque «yo era nena», «el futbol es cosa de hombres» y «mirá si te pegan». Nunca más quise jugar a la pelota, a veces la levantaba en el fondo de casa un rato, pero no quería que me vean.

Mi primer dolor fue impuesto, nadie me dejó ser. Pero es que nadie sabía que ser, sin importar en que piel, siempre está bien. Imposiciones sí, creencias, miedos. No justifico a mi entorno, pero tampoco lo culpo ni lo condeno. Ellos, al igual que yo, aprendieron lo que les enseñaron, con las herramientas que tuvieron.

La sociedad se esconde tras un mandato de réplica que nos quiere formar con su molde a todes por igual, incluso desde antes de nuestro nacimiento, para que seamos un número más, una copia del anterior.

Como personas trans, tenemos el gran desafío de interpelar los mandatos tradicionales y obligatorios de la hegemonía patriarcal, cuestionar los privilegios, buscar espacios de reflexión y de deconstrucción de la matriz patriarcal, generar herramientas de autocuidado para quienes aún hoy por estos mismos mandatos, no pueden expresar su identidad de género. Como personas trans, debemos ser capaces de percibir y reconocer los desafíos para un cambio estructural.

 

La sociedad dictamina que tode aquelle que se salga de lo esperado, del molde que la matriz crea y multiplica, será libre solo con la fortaleza de ir contra la estructura toda, pagando de por vida el doloroso precio del ser por querer y no por imposición, y quien no tenga las herramientas, la fuerza y valentía de ir contra el gran monstruo también será condenado al dolor de por vida, pero con un dolor más inmenso aún, el deber ser para encajar, aunque eso signifique dejar de ser une misme y despedirse de la felicidad.

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¹Activista, militante por los Derechos Humanos, transfeminista, poeta popular. Integra Corpora en Libertad, una red de trabajo con personas LGBTIQ+, privadas de libertad.

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Autoficción: hacia un teatro introspectivo y estético

Texto por Sergio Blanco

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Fotografía por Virginia Mesías

En esta oportunidad, hemos elegido entrevistar a Sergio Blanco (1971), dramaturgo y director teatral franco-uruguayo. Algunas de sus obras son Kiev, Opus sextum, Kassandra, Tebas Land, Ostia, La ira de Narciso, El bramido de Düsseldorf, Cuando pases sobre mi tumba, Memento mori, entre muchas otras. Nos cuenta acerca de su vivencia respecto a la identidad y a la belleza, y su relación con estos conceptos en la vida y en la creación artística.

 

Sobre las multiplicidades del yo

 

Me multiplico porque me gusta reproducirme al infinito. Me gusta la idea de saber que puedo ser varios a la vez, es decir, que hay varias versiones distintas de mí. Me da seguridad pensarme de forma múltiple.

Siempre digo que el yo no existe, sino que lo que existe es una multiplicad infinitas de yoes. Tengo la convicción de que no soy uno, sino varios o varias. Algo así como si estuviera integrado por las distintas piezas de un puzle. Y te diré algo más: las distintas piezas de un puzle que no encajan necesariamente entre sí. Esto último me seduce mucho, me gusta sentirme dislocado, desarticulado, desvertebrado. Es por esto mismo que la noción de individuo no me atrae mucho: no me siento un ser indivisible, sino todo lo opuesto, es decir me siento un ser divisible en mil pedazos. La noción del estallido me parece hermosa. Me gusta mucho sentirme un ser divisible en mil pedazos que incluso entran en contradicción. Detesto la idea de la unidad o de la coherencia del ser. Siempre repito que mis diferentes yoes de alguna manera están en permanente colisión entre sí.

 

En ese deseo de multiplicarme al infinito, me gusta la idea de dar con esos yoes oscuros que también me integran. Tengo muchas zonas oscuras y me gusta muchísimo ahondar en ellas. Desde niño siempre pensé que la oscuridad era tan interesante como la luz. En estos días, por ejemplo, estoy pensando en escribir un texto en donde me pueda inventar en tanto que asesino, no sé, tengo ganas de experimentar el horror de quien comete un crimen. Pienso que debe de ser algo fascinante. Y entonces pienso que imaginarme como criminal me va a permitir experimentar un nuevo yo que nunca he probado aún.

 

Pensar en la belleza dentro del proceso creativo

 

No sé si soy yo quien piensa en la belleza o si es ella quien piensa en mí. En todo caso, la belleza está siempre muy presente en mi escritura, en mis puestas, en mis trabajos, en mis clases, en mis semanarios, en mis conferencias. No sé mucho lo que es la belleza. Y, al mismo tiempo, tengo bien claro lo que es. Con la belleza me pasa lo mismo que le pasaba a San Agustín con el tiempo cuando decía que sabía perfectamente lo que era pero que se sentía incapaz de explicarlo. Yo también sé lo que es la belleza, pero me siento incapaz de definirla o de explicarla. De todos modos, me gusta tratar de alcanzar la belleza, me gusta aspirar a ella, tender hacia ella.

En mi último texto, Zoo, en un momento el personaje de la veterinaria Rozental le pregunta a mi alter ego: «¿De dónde viene esa obsesión por la belleza?», y mi alter ego le responde: «Es algo que nos obsesiona a todos, ¿no?». Yo creo que todo ser humano está obsesionado o habitado por la idea de la belleza. Creo que uno de los sentidos de la existencia es tender hacia lo bello. Ahora bien: ¿qué es lo bello? No tengo idea. Y sin embargo lo sé reconocer sin ningún problema.

 

La idea de la belleza en el proceso de escritura está ahí, en algún lado. Mientras estoy trabajando —ya sea escribiendo o dirigiendo—, de golpe, algo en mí me dice: «Eso es bello». Y entonces lo registro. Es como si hubiera algo en mí que es capaz de detectar lo bello. Inmediatamente lo comparto con mis equipos y con mis colaboradores. Es algo que aparece de golpe, que no siempre es provocado o buscado. Es muy extraño. Te diría que es algo que acontece, que se produce de pronto, y, una vez que aparece, lo que hago es concientizarlo para que podamos darnos cuenta. El surgimiento de la belleza es como una especie de epifanía: es algo que sucede de golpe. Por eso siempre digo que cuando escribo o cuando dirijo, me es sumamente importante poder estar muy concentrado para ser capaz de poder detectar esa belleza con precisión y rapidez.

 

La belleza es siempre una convención, pero que, paradojalmente, no tiene reglas claras. Y es por esto mismo que no es algo fácil de lograr o de alcanzar. Es una verdadera paradoja: se trata, sin lugar a dudas, de una convención, pero sin reglas. Por otro lado, yo creo que nunca trato de desconfigurar nada, al contrario, te diría que todo mi trabajo es tratar de configurar. Por eso mismo, ni bien siento que estoy ante algo bello, inmediatamente lo que hago es configurarlo.

 

El cuerpo, la sexualidad, el arte y la belleza

 

La tríada entre cuerpo, erotismo y sexualidad es extraordinaria. Es como si fuera una especie de Santa Trinidad en donde se dan cita tres entidades fascinantes que están condenadas a entrelazarse hasta el infinito. Y es cierto que en mis textos el cruce del cuerpo, el erotismo y la sexualidad es una constante, pero ¿cómo no abordar esta tríada a la hora de buscar hablar de los seres humanos? Creo que el cuerpo es lo que nos contiene —una especie de continente—, que el erotismo es la manera en que este cuerpo se organiza y que la sexualidad es una de las posibilidades de articularlo. Y si bien, como mencioné anteriormente, no sé mucho definir lo que es la belleza, sin embargo, sí soy consciente de que la belleza tiene mucho que ver con todo lo que es continente (es decir, forma), organización y articulación. Esto es lo que hace que, a mi entender, la belleza, que es muy frágil, tenga tanta importancia en el ser humano. A mí me resulta imposible hablar de las personas sin evocar estos temas que son constructores de nuestras subjetividades y de sus múltiples experiencias, es decir, constructores de relatos.

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Fotografía por Masiar Pasquali

El miedo a morir y perder la belleza del cuerpo material

 

Creo que sí, que todos tenemos estos dos miedos, ¿no? Quien no tiene miedo de morir, que arroje la primera piedra y quien no tenga miedo de perder la belleza de su cuerpo —porque todo cuerpo tiene su belleza propia—, que se arroje entonces a sí mismo una piedra. Me parece que todos tenemos estos dos miedos y creo que está bien que así sea. Tenerle miedo a la muerte quiere decir que tenemos ganas de estar vivos. Y eso es algo positivo. El tema es que, al mismo tiempo, que tenemos que aprender a vivir con ese miedo, paralelamente tenemos que prepararnos para la muerte porque tarde o temprano, la muerte será una cita ineluctable. Y entonces ahí es en donde cada uno tiene que ir elaborando, de forma muy personal, este asunto de cómo prepararnos para esta cita. En lo personal, voy tratando de que ese miedo vaya disminuyendo y que, poco a poco, vaya siendo reemplazado por otras cosas como, por ejemplo, la curiosidad.

 

Y en lo que se refiere a la pérdida de la belleza del cuerpo, también es algo que de a poco hay que ir aceptando. Yo no utilizaría la idea de la «pérdida», porque no creo que la belleza se pierda, sino que utilizaría la idea de la transformación. Me gusta pensar en la idea de que la belleza de un cuerpo se va transformando en otra cosa. La aparición de los signos o de las marcas del pasaje del tiempo en un cuerpo tiene algo muy bello. Pero es algo que hay que ir contrayéndolo, pensándolo, elaborándolo. Y entonces la idea de pérdida —que siempre supone una idea de dolor o desgarro—, puede ser reemplazada por la idea de transmutación o de conversión, que son ideas hermosas. ¿Y si dijéramos, por ejemplo, que el cuerpo no pierde su belleza, sino que la transforma? El cuerpo podría ser de esta manera un espacio metafórico, es decir, un territorio que acepta la noción de la mudanza en sí mismo.

 

El registro de la búsqueda de la belleza en la obra de arte y su recepción

 

Yo estoy absolutamente convencido de que la búsqueda de la belleza queda para siempre grabada en el ADN de toda obra de arte para que esa pesquisa sea retomada mucho tiempo después por el receptor que se enfrenta a esa obra. Cuando contemplo una pintura rupestre de hace miles y miles de años, siento que, poco a poco, me empieza a llegar desde un tiempo muy lejano la belleza que buscó la mano de la mujer que realizó esa pintura en las cavernas. Y cuando escucho un fragmento de (Claudio) Monteverdi me sucede lo mismo. O cuando miro un cuadro de (Joseph Mallord William) Turner. Cuando me enfrento a una de sus telas, voy dejando que la belleza del mar que Turner buscó en su pintura pueda pasar a mi cuerpo. Y cuando leo un poema de Idea Vilariño, me dejo impregnar de esa búsqueda de belleza que la poeta alcanzó al enhebrar las palabras. La experiencia artística es dejar que la búsqueda de la belleza de otros logre pasar a nuestro cuerpo. Por eso mismo, siempre insisto en que toda experiencia artística es algo absolutamente corporal: mi cuerpo por medio de mis sentidos recibe y hospeda el trabajo de otra persona. Es algo extraordinario, ¿no? Creo que de esta manera el arte logra inmortalizar la belleza, es decir, la va pasando de un cuerpo a otro cuerpo por los siglos de los siglos. El arte, de este modo, podría ser el único antídoto contra la muerte de la belleza, ¿no? Podríamos decir que el arte es lo único logra volver inmortal a la belleza. La belleza del lenguaje de Virginia Woolf ahora vive en mí y mañana vivirá en las hijas de nuestras hijas. Amén.

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Fotografía por Virginia Mesías

Vejez, etnia y doloridad

Texto por Fernanda Olivar. Fotografía por Mariela Benítez

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Quienes tenemos el privilegio de contar con nuestras abuelas sabemos que la vejez no es una etapa fácil. Mis abuelas son adultas mayores de 82 y 92 años, mujeres negras que nacieron a principios de siglo pasado en el seno de familias sumergidas en la pobreza estructural, que crecieron rodeadas de mandatos de género y expectativas sociales constringentes que las obligaron a asumir responsabilidades adultas aún siendo infantes. Ambas tienen solo pocos años de primaria cursados, saben leer y escribir, comenzaron a trabajar siendo niñas, a los nueve años más o menos, en «casa de familia». Una de ellas logró desarrollar un oficio y hasta jubilarse como modista, la otra siguió realizando tareas de cuidado en forma precaria hasta el final de su vida económicamente activa. Una fue madre a los quince, la otra a los treinta.

 

A pesar de llevarse solo diez años de diferencia sus vidas tomaron rumbos bien distintos ya que, a pesar de tener un origen similar, las oportunidades que se les presentaron condicionaron desenlaces disímiles para una y otra. Hoy día, sus rostros reflejan el cansancio de esas vidas llenas de resiliencia. Sus manos son mapas de vida, en sus cuerpos logro cartografiar experiencias.

 

En la familia vemos cómo el bienestar psicológico de las abuelas va mermando a medida que familiares, hijos, hijas, amigues —o sea, el grupo de referencia— se va ausentando, el paisaje social se torna desértico y, a falta de haber tenido la posibilidad de elegir y desarrollar un proyecto de vida en base a motivaciones e intereses propios, las personas adultas mayores no logran conquistar una adultez plena.

 

La cotidianeidad del adulto mayor —necesidades, demandas y desafíos— es la ausencia de las políticas sociales, incluso desde los análisis que incorporan la dimensión etaria. Al analizar los datos poblacionales del Uruguay, puede verse claramente un componente infantil y joven sensiblemente mayor en la población afrouruguaya que en el resto de la población, marcada por las desigualdades de acceso a servicios esenciales, una adultez donde eso se consolida como situación y que lleva a que las vejeces afro tengan una menor esperanza de vida en general.

 

Es urgente pensar en acciones de reparación para quienes, habiendo comenzado a trabajar desde pequeños, en condiciones de precariedad laboral extrema, sin derechos sociales, sin protecciones laborales, hoy se enfrentan a la necesidad de seguir trabajando para sostenerse, ya que no generaron durante su vida económicamente activa aportes jubilatorios. Hoy en día son pocas las organizaciones de la sociedad civil que aglutinen a las personas mayores, la mayoría de quienes están organizades son personas de referencia para el movimiento social pero es muy poca la organización que incluya entre sus filas y acciones políticas directas la voz de las personas mayores de la comunidad.

 

Algunas de las reivindicaciones están centradas en la mejora de la calidad de vida, la atención en salud mental, el goce de derechos sexuales, la seguridad social y la autonomía económica. En la vejez afro, además, hay que tomar en cuenta las consecuencias del racismo estructural en la autoestima, en la construcción identitaria, que, sumado el edadismo propio de nuestra cultura y entrecruzado con las problemáticas de género, repercutirá de maneras diferenciales en mujeres, varones y disidencias racializadas.

 

La negación social del racismo estructural, su relación con el sexismo y la condición de clase condiciona la doloridad con que vivimos y experimentamos la vida las mujeres afro durante todo nuestro trayecto vital. Dice Vilma Piedade que el machismo es racista, con él interviene la raza y la clase y, cuando no logramos ver esta imbricación, la sororidad se va y queda la doloridad.

 

Hoy tengo a mis abuelas vivas, aunque sin mucha motivación para resistir la existencia. Sus pocas alegrías radican en ver a su descendencia de pie, tomando la posta que nos entregan y obstinadas en continuar conquistando derechos, irguiéndonos, orgullosamente negras, por las que estuvieron y las que vendrán.

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¹En el libro Doloridade, de la escritora afrobrasilera Vilma Piedade, se analizan experiencias que conllevan dolores comunes de las mujeres negras por estar sustentados en el tejido de poder raza/etnia-clase-género. Es, por tanto, el dolor causado por el racismo el que hermana a las mujeres racializadas ,distinguiendo sus experiencias de las mujeres no racializadas, y analiza desde allí el poder transformador de esas vivencias comunes como aprendizajes devenidos en estrategias hacia la lucha antirracista.

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La supervivencia del transfeminismo frente al feminismo

Texto por Laura Martínez Novas. Fotografía por Mariela Benítez

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Cuando hablamos de transfeminismo, estamos hablando de la rama del feminismo que parte de las acciones de las identidades disidentes del género asignado al nacer. Por lo tanto, el transfeminismo es, fundamentalmente, un movimiento por y para mujeres trans quienes consideran su liberación intrínsecamente vinculada a la de todas las mujeres y más. Cree en la noción de que hay tantas maneras de ser mujer como mujeres en el mundo, siendo libres de tomar nuestras propias decisiones sin sentirnos culpables. Por lo cual, así planteado, una mujer trans ¿puede ser parte del feminismo? Una mirada trans dice, junto a Simone de Beauvoir, que una mujer no nace, se construye. Es posible que, en la memoria colectiva, este pensamiento no sea compartido en su totalidad, por lo tanto, seguimos en la lucha dentro de las femineidades mismas.

 

Resinifiquemos el concepto de «mujer». Mujer no es únicamente quien tiene genitales femeninos, porque entonces invisibilizamos la construcción masculina de los varones trans poniéndolos en el cajón de la femineidad, negando así la identidad de género autopercibida masculina. Pensamos en «mujer» como la construcción de una identidad de género y /o expresión de género, independiente de la genitalidad.

 

El feminismo, como una identidad social y política, nos abraza en nuestras luchas, aunque no comparta con nosotras los intereses en su totalidad. Aun así, el movimiento transfeminista comparte algunos reclamos con el feminismo en cuanto a salud, educación, vivienda, economía, violencia, etcétera.

 

Sobre el tema salud, las personas trans tenemos algunos reclamos diferentes al feminismo en general, la salud de la femineidad trans se interseccionaliza y tiene particularidades de ambos géneros. Por ejemplo: la salud de los varones trans debe tener en cuenta que tienen cuerpos con capacidad de gestar. Es un aspecto que muchas veces no se visibiliza, por lo que quedan desamparados desde la legislación. En cuanto a la violencia, las mujeres trans somos asesinadas en toda Latinoamérica y el Caribe solo por el hecho de ser femineidades disidentes, por traicionar el clan masculino y convertirnos en mujeres. El odio transfóbico del patriarcado lleva a los asesinatos y ahí las interseccionalidades juegan un papel importante, porque si se es afro, pobre, indígena entre otros, esos números aumentan.

 

El transfeminismo llegó para mostrar las particularidades de una lucha que, si bien es cierto que el feminismo abrió, tiene sus propias realidades y sus requerimientos específicos. En ese sentido y ante la amplia variedad de feminismos, algunos de ellos abrazan las luchas trans. Otros son transexcluyentes. En este último caso, los discursos de odio, en especial hacia las mujeres trans por no haber nacido con genitalidad femenina, buscan invisibilizar nuestra lucha, volviéndose muy violentos.

 

Estos discursos de odio desde ese feminismo radical —aunque sabemos que desde el feminismo hay una resistencia a llamarles feminismos— las mujeres trans no tenemos un lugar en el movimiento. Para el transfeminismo resulta difícil la inclusión en elmovimiento feminista. Algunas vertientes del feminismo incluyen lo trans, pero no escuchan su voz, solo se realiza un acompañamiento pasivo. También existen otros feminismos que incluyen y escuchan su voz, incorporando sus reclamos. Un claro ejemplo de esto lo tuvimos en la campaña por la Ley Integral para Personas Trans, en la que el feminismo trabajó, apoyando esta conquista de derechos tan importante para la población trans.

 

Como mujeres trans, hemos aprendido que nuestra seguridad muchas veces depende de cómo nos vemos. Cuanto más desapercibida pasamos, cuanto menos se nota nuestra identidad para vernos como mujeres cisgenero, logramos más aceptación, pero esto también exige a las mujeres trans vivir en una constante tensión entre lo exigido por el hetero-cis-normativismo y lo que cada mujer quiere lograr en su construcción. En el mundo capitalista en el que vivimos, esto depende del nivel económico de las personas trans que, como sabemos, pertenecen a las clases más bajas, por lo que se genera una gran angustia y un distanciamiento entre el «deber ser» y el «querer ser». Esta exigencia de una sociedad que estigmatiza, violenta y discrimina, es un flagelo que las mujeres trans sufren a diario.

 

Sin embargo, esa perfección imaginaria que queremos alcanzar para responder a los parámetros esperados y ser aceptadas no siempre es real. Posiblemente, respondan a antiguos miedos culturales, debemos repensar que esa perfección puede jugar en contra de aquellas que no tienen la posibilidad de lograrlo. Desde nuestro lugar, es importante seguir visibilizando y sosteniendo nuestra lucha, que es la de todas.

 

La situación hoy es que el feminismo y el transfeminismo deben caminar de la mano y luchar a la par, porque en el contexto actual geopolítico, donde los discursos religiosos de odio predominan, los feminismos y el transfeminismos tienen un mismo objetivo: la lucha contra el patriarcado que toma los lugares de poder para oprimirnos.

 

Es por eso que en cada instancia de lucha por los derechos adquiridos y otros olvidados, nos importa sentirnos acompañadas por las feministas, involucrando su respaldo a nuestras causas. Y es así que deberíamos seguir caminando y no cuestionar ni ser cuestionadas en ninguna de las nuevas posturas, aunque el debate debe ser permanente para posicionar las luchas y así, erradicando los feminismos transmisóginos, lograr una mayor y más verdadera fuerza de unidad.

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Laura Thaís Martinez Novas es de Canelones.Coordinadora Nacional de lxs Referentes Territoriales del Colectivo Trans del Uruguay.

Cursa estudios de Trabajo social en la Facultad de Ciencias Sociales.

Es jefa de Departamento en Red de Museos para Patrimonio y Cultura en la Intendencia Municipal de Canelones.

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Es culpa del cuerpo

Texto por Julio Boffano / Fotografía por Mariela Benítez 

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Autor del libro Conocerme me hizo libre

    La segunda acepción de la Real Academia Española, define al cuerpo como un «conjunto de sistemas orgánicos que constituyen un ser vivo» y, como cualquier sistema, necesita organizarse para funcionar interrelacionadamente y con interdependencia. Este es el primer punto básico a destacar: el cuerpo es relacional. Desde la primera infancia hablamos de reguladores emocionales, afectivos y relacionales de nuestros cuerpos, que quedarán en la memoria de lo que aprendimos a ser y hacer en relación a cómo las demás personas nos tocaron, cuidaron, alimentaron y, en mi caso también, por ejemplo, abusaron y violaron. Ya en los primeros años de vida aprendemos a no decepcionar a aquellas personas que consideramos importantes, pues necesitamos aprobación, amor y afecto para desarrollarnos socialmente. El cuerpo lo sabe y lo recuerda, pero la buena noticia es que se puede reconstruir, precisamente porque las relaciones y los vínculos van permitiendo el cambio, si es que optamos por la reconstrucción.

    Las memorias son implícitas y también tienen que ver con cómo nos dijeron corporalmente que nos amaron y tocaron. Aprendemos el modo de compartir y comunicarnos desde nuestro cuerpo, por eso es muy importante elegir y decidir cómo compartimos con las demás personas, con quiénes queremos hacer ese proceso y hasta dónde, porque hacemos todo con nuestro cuerpo y es desde esa memoria que hay que ir deconstruyendo. Aquí  entran los impactos de lo que concebimos y percibimos, así como las construcciones culturales de cómo debe ser un varón, una mujer o una mamá, sin dejar casi espacios para las disonancias y disidencias. 

      La culpa, entonces, tiene una función muy poderosa al incidir en nuestro comportamiento. ¿Cuándo te sentís mal? ¿Cuándo te sentís culpable? ¿Culpable de qué? ¿De no corresponder a lo que te adjudicaron? ¿De no cumplir con lo que te dijeron que tenías que ser o con lo que vos mismo te convenciste de que tenías que ser? En el libro, dedico un capítulo entero a la culpa porque es una medida de control del poder hegemónico que hace que cada vez te sientas más vulnerado y vulnerable. Hay una sociedad que te dice cómo debe ser tu cuerpo y, gracias a las luchas de muchos colectivos en los últimos años, se han abierto diversidades, también desde el punto de vista de los cuerpos que somos y habitamos.

      En mi caso, tuve que trabajar durante décadas para que mi cuerpo (que incluye el cerebro) no vinculara todo con los abusos que sufrí siendo niño. Ese proceso que explico en mi libro Conocerme me hizo libre, implica, por ejemplo, aprender el lugar que tiene el culo en el imaginario y en la realidad y la legitimidad de hombre-macho, es muy interesante recorrer los diferentes dichos y cánticos que hay sobre este tema.

      Asumir ante los demás haber sido abusado y ser sobreviviente es muy difícil. Uno se siente mancillado, ensuciado. La situación es muy compleja para las mujeres, quienes han sido la gran mayoría de las víctimas y que socialmente, incluso hoy, son acusadas de ser cómplices indirectas de los abusadores. Pero también es terrible para los varones. En nuestras sociedades machistas, donde es el hombre el que domina, el que «la tiene más larga», ¿cómo se asume públicamente que uno fue abusado o violado? ¿Cómo decir que a uno lo vulneraron también desde ese lugar? ¿Cómo uno se mira en los rostros de los demás siendo un varón abusado?

     El patriarcado también nos oprime a los varones que queremos vivir nuevas masculinidades, porque somos relaciones en y desde nuestros cuerpos. Solemos creer que nos comunicamos con las demás personas desde lo verbal, sin embargo, la mayor parte de la comunicación es desde nuestros cuerpos con lo implícito y aprendido  de todo lo que es lo corpóreo y siempre está presente, consciente o inconscientemente. 

     En la educación formal, a veces, lo que se espera es que esos cuerpos que naturalmente están siempre en movimiento se detengan durante el proceso cognitivo para el aprendizaje; esa «obligación» de neutralizar el cuerpo ha traído como consecuencia que haya tantos niños, niñas y adolescentes medicados. El desafío será lo que ha pasado durante estos años de pandemia, en donde el cuerpo estuvo mediado por las tecnologías de la información y de la comunicación y ver cómo se construyó ahí, ya que somos el cuerpo que hemos podido ir construyendo y que nos modelaron, aunque, por suerte, sabemos y sentimos que se puede deconstruir y cambiar.

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     Luchar contra una cultura cristiana en general, que tiene una antropología basada en que el cuerpo es lo malo y pecaminoso, nos condiciona a todas las personas, como pasa con otras religiones. Hay que recordar que el principal órgano sexual es el cerebro y la sexualidad es la energía que nos mueve, siendo esta un concepto diferente al sexo en general y en particular a las visiones cosificadas y genitalizadas que existen en la mayoría de los cristianismos.

     La mayor parte de nuestras relaciones y vínculos son desde esa conciencia y regulación que hemos tenido en nuestros cuerpos, eso nos da la posibilidad de abrirnos, porque todas las personas tenemos cuerpos diferentes. Es por este motivo que la diversidad es una riqueza y es lo único natural. El cuerpo es nuestro territorio y el autoconocimiento nos abre a la compasión, solidaridad, altruismo, respeto y, en definitiva, ayudar a las demás personas es el único camino de la interdependencia y, por lo tanto, a «la felicidad». Y esto sí que es una elección. La procesión también va por fuera, así que permitámonos dejar de disimular y exteriorizar lo que sentimos, liberémonos de las culpas.

     Elegir quién soy es elegir qué culpas van conmigo y qué culpas dejo de lado, un poco como los recuerdos que decido enterrar y los que decido conservar. No necesitamos el permiso de ninguna institución para ser lo que somos.

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Julio Cesar Boffano (Paysandú, Uruguay 1966)

Licenciado en Comunicación, experto en comunicación organizacional. Docente universitario con postgrado en Educación. Estudió filosofía, teología, ciencias sociales, derechos humanos y políticas públicas.

Periodista especializado en temas de migración. Investigador, consultor y asesor en comunicación en diferentes organizaciones, entre ellas agrupaciones políticas.

Concejal Municipal en Montevideo (2019-2024).

17 años fue seminarista, religioso y sacerdote jesuita de la Iglesia Católica.

Militante y activista de derechos humanos con acompañamiento de personas y movimientos

LGTBIQ+.

Se define como migrante. Vivió 13 años en Roma, uno de sus lugares en el mundo.

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En la clandestinidad más absoluta

Texto por Josefina González / Fotografía por Mariela Benítez 

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Las personas travestis-trans hemos construído nuestra identidad en la clandestinidad más absoluta. Esta afirmación no refiere solo al hecho de que no hemos contado con referencias históricas para espejarnos, sino que también ha habido  un  intento  sistemático  de  anularnos,  desaparecernos;  obligandonos  a transitar los márgenes de la vida en sociedad, habitando lugares comunes, asignados por el simple hecho de no haber cumplido con los mandatos que se suponía debíamos reproducir.

Transitar un mundo-sistema que no está construído para permitirnos transitar libremente nuestros deseos es violencia, constantemente poner nuestras muertas es  violencia,  no  contar  con  voces  representativas  en  primera  persona  en  los espacios políticos de decisión es violencia, ser consideradas objeto de fantasía- deseo y no merecedoras de amor-afectividad es violencia.

Cuando para el resto de las ciudadanas/os uruguayas/os llegó la democracia en el 85´, para las travestis-trans no fue así.

Para  nosotras,  la  democracia  institucionalizada  llegaría  recién  en el año 2005 cuando  la  primera  gestión  del  progresisimo deroga el decreto de razzias que permitía que la policía nos llevara detenidas por 24,48,72 horas, o el tiempo que se les  antojara,  para  ficharnos  como trabajadoras sexuales y de paso humillarnos, abusarnos, violarnos, pedirnos coimas a cambio de su «protección» y un sinfín de otras violencias que se permitieron porque no éramos consideradas ciudadanas merecedoras de derechos.

La clandestinidad, en nuestro caso, no se reduce solamente a contextos político institucionales; sino que responden, además, a pactos, acuerdos sociales que todo el tiempo nos colocan en esos lugares de subalternidad, de no legitimación, de la no voz, lo no posible, lo no deseable.

Las personas somos seres más que complejos, no se nos puede reducir a la simple genitalidad. Sin embargo se sigue reproduciendo todo un sistema de vigilancia y control sobre los cuerpos, las identidades. Todo está en orden cuando hay concordancia y correspondencia entre nuestra genitalidad, género, expresión de género  e  identidad  de  género.  Pero  las  alarmas  suenan  y  los  sistemas  de vigilancia-castigo se activan cuando alguna persona que no reproduce esas hegemonías sobresale, y mucho más si esa persona llega a lugares de exposición y/o reconocimiento social, político, cultural.

Un ejemplo reciente fue toda la discusión que suscitó la participación de unas pocas personas trans en los pasados Juegos Olímpicos en Tokio 2021.

 

«Por supuesto, no soy totalmente ajena a la controversia que rodea mi participación en estos Juegos", dijo Hubbard tras salir de la competición. "Y, como tal, me gustaría dar las gracias al COI, por, creo, afirmar realmente su compromiso con los principios del olimpismo, y establecer que el deporte es algo para todas las personas. Es inclusivo. Es accesible.»

Recién   en   el   año   2004,   el  Comité  Olímpico  Internacional  (COI)  admite  la participación de personas trans  y pone como condición que hayan pasado dos años de  estas  haber  realizado    la  cirugía  de  reasignación  sexual.  Es  decir,  si  su genitalidad se correspondía con su expresión de género e identidad de género podían participar. En el año 2015 cambiaron las condiciones de ingreso y fueron un poquito «benevolentes'». Las/os atletas transgénero podían participar si sus niveles de testosterona se encontraban por debajo de los 10 nanomoles por litro durante los doce meses previos a la competición. Además, se establece que la deportista que declarase que su identidad de género es femenina no podría cambiar de género durante al menos cuatro años a efectos deportivos. De esa manera, se perpetúa la vigilancia sobre los cuerpos y las identidades, una vez más, en pleno siglo XXI, las discusiones hacen foco en qué tan varón o mujer sos desde el punto de vista físico, hormonal, cromosómico, genético. Pero no somos capaces de revisar las categorías de competición-participación hegemónicas que responden al binarismo varón-mujer. Es un claro mensaje de exclusión, de «este no es tu lugar». 

La exclusión nos lleva a la clandestinidad, porque el desarrollo de todas las disciplinas, incluso de las deportivas,  lleva  años,  trayectorias  de  preparación,  y,  si  desde  el  vamos,  las niñeces-juventudes de personas travestis-trans no tienen la posibilidad de transitar esos espacios de formación, difícilmente logren acceder a esos lugares.

El desafío sigue intacto, es ser capaces de construir otro paradigma o, en palabras más  poéticas,  de  la mano de la trava, activista, poeta Susy Shock :«ser otra humanidad».

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1. Declaraciones de Laurel Hubbard

https://es.euronews.com/2021/08/02/descalificada-la-primera-mujer-transgenero-que-participa-en-unos-juegos-ol-impicos

Josefina González

Licenciada en Ciencias de la Comunicación - UdelaR- Universidad de la República.

Cursando Maestría en Ciencias Humanas opción Estudios Latinoamericanos, Facultad de Humanidades y Ciencias de la  Educación- UdelaR- Universidad de la República.

Activista Transfeminista

2018-2019 Una de las voceras de la Campaña Nacional por la Ley Integral para Personas Trans.

Desde el año 2006 ha trabajado para el diseño, promoción e implementación de normativa y política pública que garanticen los derechos de las personas de las disidencias sexo-genéricas, haciendo especial foco en las identidades Trans.

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Hockey y fútbol

Texto por Elena Solís / Fotografía por Virginia Mesías

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     Estoy en una reunión de padres del colegio de mi hija, a principio de año, hay que planificar cosas. El tema son las actividades extracurriculares. Tengo que prestar atención. Sin embargo hay fechas para otras cosas. Está el family day, las fechas patrias, la kermesse de los liceales de cuarto que quieren viajar al exterior. “Pasan divino”, aseguran las madres, así que una va haciéndose a la idea de que hay que lograrlo, “mi hija tiene que viajar”, me digo. Están las actividades para lograr que este viaje se lleve a cabo, porque es muy costoso. No es sólo la kermesse, sino unas cuantas reuniones previas para planificar tareas. Una cantidad de eventos destinados a juntar plata para enseñarles que, aunque sus padres tienen suficiente dinero, está bueno hacer un pequeño esfuerzo para conseguir las cosas que uno se propone. Pero como los padres no hacen esfuerzo, desconocen ese esfuerzo, los niños no lo aprenden. 

    Todas las madres llevaron cuadernos, menos yo. Las madres están acompañadas de los padres. Anotan cosas en los cuadernos. Los padres les indican qué anotar, que no se olviden de esto y aquello. 

     Hace tiempo que tengo la mano levantada para decir algo. Pero desde que soy libre tienden a no mirarme ni darme la palabra en las reuniones de padres. Claro, yo mantengo la mano levantada hasta que no tienen más remedio que hacer un gesto hacia mí para dejarme hablar. Me paro y pregunto en voz muy alta: 

     ¿Y cuando tenemos sexo? 

     Se hace un silencio. Supongo que necesitan una explicación más, así que digo: 

     “Por mi parte, Paty tiene partido de hockey los sábados de mañana, los domingos también de mañana. No sé si saben que esa es una de las mejores horas que tenemos las parejas para, ahí elijo un eufemismo “hacer el amor”, sobre todo los fines de semana. Porque los días de semana hay que levantarse temprano para llevar a los chiquilines al colegio y después ir a trabajar. Y de tarde los chiquilines están despiertos, son muy perceptivos y si se dan cuenta de que una se mete en el cuarto generalmente van a golpear la puerta, buscan la manera de impedirlo. Además, de noche, después de la jornada laboral siempre hay miles de cosas para hablar. En cambio, los fines de semana estamos más descansados y justo ahí resulta que tenemos que llevar a los chiquilines al campo de deportes. Ya es hora de que los colegios dejen de esforzarse por socavar la vida sexual de los padres o de las parejas que hayan conformado los padres. Es evidente, por un tema de horarios y de carga horaria, que hacen todo lo posible para no dejarnos tener sexo.” 

     El silencio se mantiene por unos segundos. Como corresponde a sus funciones, la Directora lo rompe. Dice que ese colegio siempre se ha manejado así, que los padres están conformes con esa forma de funcionar, luego repite cambiando una palabra: los matrimonios están conformes, nunca se ha planteado ese tipo de cuestión. Claro, ella sabe que yo no tengo un matrimonio. 

      Nadie sale en mi defensa. 

     La Directora agradeció a todos por venir. Así que ahí todos se levantan de sus sillas. Agradecen a las autoridades del colegio por lo que sea que ellos sientan que deben agradecer. “Gracias, gracias, gracias” se escucha varias veces. 

     A la salida intento hablar con algunas madres. Pero el tema no me interesa. Están planeando un té de madres. Es una reunión bianual que se suma a toda la apretada agenda que implica el colegio de mis hijos. Es un té de madres por grado, así que para mí son dos tés de madres, a los que no pienso ir. Para otras son seis o siete. 

     Extraño a mi mujer, todavía nadie sabe que una mujer hermosa me espera en la cama. Corro hacia ella.

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Elena Solís, Montevideo, 1968.  Escribe desde que aprendió a escribir. En el año 2000 empezó a conservar sus escritos con algún ánimo serio pero incierto.  Editó cuatro libros unitarios: “Babosas y fósforos”, “Neuronina”, “Entre las mantas” y “Yo quería ser Elena Solís”. Ha participado en numerosas antologías de cuentos y recientemente de poesía. Tuvo algunas menciones en concursos literarios. Su narrativa fue publicada en diversos medios. Coordinó y coordina “No es para tanto, escribir es una aventura con poco riesgo de vida”, espacio de creación literaria que va adoptando diversas formas según las necesidades de los participantes, incluida ella.  Tiene dos hijos.  Se enamoró varias veces, pero nunca como ahora. Vive con cuatro bípedos y tres cuadrúpedos. Estos seres que la rodean, el amor, algunos sueños, fantasías, y enojos, constituyen el eje de su literatura.  

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Solís, Elena, "Yo quería ser Elena Solís", prólogo de Laura Freixas, Madrid, Colección Opera Prima, Ediciones Turpial, 2015, 1era edición.

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La voz detrás del silencio

Por: Alejandra Collette Spinetti Núñez

Shhhhhhhhhhh, fue el mandato patriarcal, machista, heteronormado y milico que tantos años mantuvo a las identidades trans, en el doloroso silencio de esconderse, de esconder su voz en las pensiones de la calle Maldonado.  Escondidas en los barrios de la periferia, agrupadas en familias trans de elección, compartiendo un mate o unas tortas fritas. Solo podían salir, enmascaradas, en el día como “Reinas de boulevard en la noche”.

Ese silencio de Boulevard del día, en las noches se llenaba de voces y sonidos de tacos corriendo, escapando de la razzia para esconderse en los jardines frondosos de aquellas casas que soñaban pero que jamás habitarían. 

Travestis hechas con silicona industrial y aceite de avión porque era la única posibilidad ante la pobreza: siliconarse para ser lo que siempre desearon. Ser, para ellas, era una esquina. Para ellas, ser, era una esquina de Boulevard, con frío, calor, lluvia, viento, sangre y tacos. En esos rincones oscuros conquistaron la voz detrás del silencio. 

Esas silenciadas con nombres y sobrenombres de las que hoy solo tenemos algún recuerdo, sin saberlo pusieron su cuerpa a la lucha. Las veredas de Boulevard estarán, para siempre, marcadas por el miedo y el dolor. Herencia del sufrimiento por un amor romántico que no les pertenecía, porque los hombres a los que aspiraban usaban esos cuerpos para el placer, pagaban por el servicio, no para construir sus vidas con las putas travestis de Boulevard. 

 

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Durante los años de dictadura y hasta el 2005 existía en Uruguay el llamado “edicto de razias”, que le permitía a militares y policías detener y encarcelar a todas aquellas personas, en especial varones que notaban “amanerados” o “travestidos”, por atentado violento al pudor. Amparados en este edicto se encarcelaban a las personas que, bajo la percepción oficial, eran los “raros” o “travestidos” y se los “fichaba” bajo el rótulo de “pederasta pasivo” lo que generaba un antecedente penal que no les permitía, entre otras cosas, salir del país. En ese entonces, muchas compañeras trans salían del país con documentos falsos o simplemente cruzaban ilegalmente las fronteras en busca de una vida mejor y más libre. Aun cuando los países vecinos también estaban en dictaduras, tenían miradas diferentes hacia la población lgtb. De esas mujeres, pocas volvieron al país y muchas estuvieron cooptadas por redes de trata y secuestradas en prostíbulos ilegales, muchas otras fueron encontradas muertas o asesinadas.

 

Cuántas de esas mujeres, de las que no sabemos nada, porque los registros no incluían la variable travesti, fueron prisioneras, fueron torturadas, usadas y abusadas en los cuarteles y comisarías. Cuántas de esas mujeres, hoy siguen silenciadas, sin foto, sin reconocimiento, sin nombre, sin una calle, un espacio que les de voz. Cuántas de esas mujeres trans, hoy siguen silenciadas por el patriarcado machista, cuántas hoy tienen voz en espacios privados, pero no en los espacios públicos?. 

El poder dominante sigue silenciando las disidencias genéricas sin permitirle el acceso a los espacios de privilegio. Espacios que definen una frontera insalvable. Espacios que son, siempre, para las voces de quienes no son trans, pobres, afro, discapacitados.

Hoy Boulevard sigue siendo un lugar de trabajo sexual trans, de esas mujeres que son expulsadas en la adolescencia de sus familias, porque es mejor silenciar que acompañar, pero también de las migrantes que llegan a Uruguay soñando con el paraíso trans, soñando con un trabajo, con estudios donde no exista bulliyng, soñando con un país de oportunidades. Al llegar se encuentran con una encrucijada. Un país, donde el marco legal de avanzada queda en la abstracción del marco legal y no en el acceso real.

Foto: Mariela Benitez

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Foto: Mariela Benitez

Las personas trans migrantes, afro, pobres, en situación de discapacidad, no escolarizadas, aún siguen silenciadas y en esa transeccionalidad muchas veces el pasaje por los centros penitenciarios sigue siendo casi obligatorio. La fuerte y pesada marca de la prisión en las personas trans, dejan secuelas difíciles de superar y que quedarán no sólo en la piel sino en la salud mental. La consecuencia inmediata es la calle y la prostitución en un país que pide antecedentes penales para el ingreso laboral.

Los silencios son históricos, el silenciar la disidencia es una práctica que se repite a lo largo del tiempo. Aún hoy tenemos países en Latinoamérica y el Caribe donde la homosexualidad y más aún la identidad de género trans es condenada con prisión. Las voces detrás de esos silencios aún siguen presentes. Nuestra gran venganza es resistir, es ser, es sentirnos felices siendo honestas en una sociedad deshonesta. Hoy mujeres y hombres trans, personas queer, de género fluido, no binaries, seguimos luchando por hacer oír la voz y romper con el silencio doloroso que nuestras antecesoras vivieron en carne propia y aun así, resistieron. Hoy seguimos luchando para terminar ese silencio. Romper el silencio en la ciudad y que en el  espacio de ese boulevard - que para la comunidad trans se convirtió en un lugar político de lucha- lleve una marca de recuerdo, de valoración a todos aquellos que pusieron su cuerpo y su cuerpa en la lucha.

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Foto: Mariela Benitez

Profa. Alejandra Collette Spinetti Núñez

 

Profesora de literatura Consejo de Educación Secundaria

Directora Nacional de COLECTIVO TRANS DEL URUGUAY

Secretaria General de CORPORA EN LIBERTAD

Integrante del COMITÉ DE GOBIERNO DEL FONDO INTERNACIONAL TRANS

Asesora por Uruguay de la RED IBEROAMERICANA DE EDUCACIÓN

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