SobreEllas

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Patos y Calandrias

Una generación que vuela alto

Texto de Roxana Rügnitz. Fotografía por Mariela Benítez

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“El joven teme esa máquina que va a atraparlo, trata a veces de defenderse a pedradas; el viejo, rechazado por ella, agotado, desnudo, no tiene más que ojos para llorar. Entre los dos la máquina gira, trituradora de hombres que se dejan triturar porque no imaginan siquiera que puedan escapar. Cuando se ha comprendido lo que es la condición de los viejos no es posible conformarse con reclamar una “política de la vejez” más generosa, un aumento de las pensiones, alojamientos sanos, ocios organizados. Todo el sistema es lo que está en juego y la reivindicación no puede sino ser radical: cambiar la vida” (Simone de Beauvoir)

 

En esta oportunidad, el tema de la revista nos impone un ejercicio que no es fácil y en el que solemos no pensar mucho. La vejez, ese tiempo de la vida que siempre se conecta con aspectos negativos: el deterioro físico, la pérdida de la belleza, de la energía y la cercanía de la muerte.

 

Como sociedad hemos pensado muy poco en ese período de la vida, en sus realidades, en su potencialidad, y en cómo se vive, dentro de un mundo vertiginoso que parece no tener tiempo para nadie que no esté «activo».

 

Entonces viene a mi memoria una palabra vinculada al final del tiempo laboral, pero que se hacía carne en las personas mayores: ser «pasivxs». La carga de ese término golpea en mi sentido común. Como si la sociedad te exigiera frenar la vida, de repente y porque tenés una edad que parece exigir un «descanso». ¿Quién impone ese límite?, ¿por qué se impone?

 

Cuando definimos a las personas como «viejas», ya estamos incorporando en el lenguaje un montón de supuestos que vienen de la mano de preconceptos asociados a ideas concebidas como lejanas de todo lo que se considera hermoso: la juventud, la apariencia, el deseo. Hemos construido un universo de la vejez —desde lo conceptual a lo material— que es oscuro, cargado de imaginarios negativos, que nos provoca miedo y nos aleja de la fuerza, aunque las horas no se detienen, para nadie.

 

Sin embargo, en este siglo xxi, tan cambalache como el anterior, la perspectiva está cambiando, hay una vivencia que se percibe distinta, ampliando los márgenes del tiempo del disfrute.

 

Las personas que transitan la vejez hoy ya no son las de antes. Aun cuando esta afirmación cae en una obviedad pasmódica, la instalo para verlo, para procesar esa diferencia desde las mujeres que hoy transitan la llamada «tercera edad». Con ellas nos encontramos y a través de ellas, nos repensamos.

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Somos tiempo. Somos un organismo biológico que, en su desarrollo, alcanza la etapa conocida como vejez. Un proceso asociado con la llegada al final del camino y no como el privilegio de transitar, a través de un cuerpo, toda una historia vivida desde la idea y la emoción. ¿Por qué no hablamos de la vejez?

 

Hoy, en esta sección, Ellas son esas mujeres con voz, con acción y decisión. Son mujeres para quienes la edad no representa un impedimento para nada. Entrevistamos a Norma Blanco (82), Martha Garabedian (81), Lilián Liaci (89) y Juanita Stillo (82).

 

El encuentro fue muy divertido. Tres de ellas son amigas, crecieron juntas en el Cerro, el barrio de los frigoríficos y de la federación de la carne, en los años cincuenta. Ese contexto las definió. Mujeres que se formaron en un barrio obrero, pero con ciertos privilegios: todas blancas, todas con acceso a la educación.

Me cuesta arrancar con las preguntas, pero se me ocurre que necesitamos saber qué implica vivir el tiempo de la vejez desde el cuerpo.

 

Responde Juanita Stillo, una mujer lúcida y muy eficaz cuando habla: «Yo tengo un sentimiento de una mujer que todavía tiene ganas de hacer cosas. Aunque no me preocupa la edad, no me siento como de 82. Cuando digo la edad en voz alta, recuerdo a mis tías viejas que tenían 70, pero que la postura y la ropa las hacían ver como de mil años. Creo que toda la carga de preconceptos que tenían, las limitaba».

 

Ellas se conocen tanto que, por momentos, es difícil seguir un hilo, hablan de todo, hablan de historias, de recuerdos, pero regresan a la entrevista, como un juego. Norma, con una voz llena de vitalidad, continúa la idea de Juanita: «Es que venían de una educación diferente. Yo soy la mayor, pero me siento encantada de tener esta edad. Hoy me siento más libre. Expreso lo que siento sin el freno de lo que los demás puedan opinar. También es cierto que tuve la suerte de tener un padre que me crió para ser una mujer libre y con todas las posibilidades. Sí. Hace 75 años de eso, una rareza para la época».

 

Mientras juegan con los tiempos de ayer y hoy, que se entrelazan en sus experiencias y se vuelven evidencia en sus cuerpos, Martha piensa en la idea y responde: «Yo hoy, a mi edad, me siento muy bien. No pienso en que soy vieja, vivo y —a pesar de algunos dolores, que pueden ser un recordatorio de la edad— salgo, hago cosas para no quedarme».

 

Entonces me animo a otra idea. Todo en sus relatos se conecta con el hacer vinculados al ayer y al hoy, pero ¿y qué pasa con mañana? Así que les pregunto: «¿Les da miedo el tiempo?».

 

Norma arranca decidida: «No, no siento miedo. Es algo que va pasando y construyendo. La vida trae todo y nosotras lo vamos viviendo. El que pasó, fue lo que me tocó vivir, quedó atrás; el que es, lo disfruto».

 

Martha responde pensando en aquel tiempo, el que les pertenecía en abundancia y nos dice: «El tiempo pasado fue muy lindo, tuvimos una hermosa niñez y esos son recuerdos que nos unen y nos conecta con todo lo que fuimos. En ese sentido, como el pasado fue tan feliz, siento que el presente está lleno de eso y de sus resultados, entonces no es un problema».

 

Lilián llegó un poco más tarde, se sumó a la idea con facilidad: «Yo en mi vida tuve de todo. Tristezas y alegrías. El tiempo de mayor formación, lo pasé sola con mi padre, que era un artista, eso me desarrolló una sensibilidad por la música que hoy me mantiene y me da alegría».

 

Juanita juega con la trayectoria de su vida para responder: «El pasado son mis raíces, pero hoy tengo una vida propia que voy definiendo. Hoy disfruto de mis momentos, los que yo elijo. Yo vivo sola, aunque mis hijos siempre van, y tengo la potestad de decidir. Sobre mi cuerpo, sí, los desgastes se sienten. Se registran en algunos lugares a través del dolor, pero no me quedo quieta. Hago hidrogimnasia y la técnica Alexader para sostener ese aspecto. También salgo, voy al teatro, siempre hago cosas que me motivan, como encontrarme con mis amigas».

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Ahí se miran, se ríen, parecen adolescentes que disfrutan el momento y, en algún lugar, lo son. Me transmiten una confianza en la vida y sus posibilidades que hasta me cambian el registro de la escritura. Después de comentar entre ellas, Norma responde:

«Yo vivo sola, aunque tengo un hijo conmigo que casi nunca está. Quedé viuda hace cinco meses. Lo que hago para estar bien es muy diverso. Me gusta leer mucho. Escribo también, aunque ahora necesito tomarme mis tiempos para procesar la muerte de mi marido y sé que lo voy a hacer. Ya me recompuse con mi primera viudez, con mis hijos chicos, así que ahora no será distinto. Yo siempre nadé mucho, durante cuarenta años. Quizás por eso tengo buena relación con mi cuerpo. A mí, la natación me salvó la vida. Me permitió sostener una tragedia en su momento. Ahora hace ocho años que tengo un marcapasos, pero me siento muy bien. Me despierto y hago 45 minutos de ejercicios porque mi cuerpo me lo pide. Es claro que el tiempo deteriora nuestro cuerpo, eso es parte y lo sabemos. Se deteriora una silla, ¿no nos vamos a deteriorar las personas? (risas).»

 

Martha continúa con la misma lógica. Tres mujeres viudas, tres mujeres que viven solas, más allá de la presencia de hijos - en este caso, todos varones- que las necesitan. Esa soledad en sus palabras no parece ser una queja. Al contrario, es una reivindicación.

 

«Yo vivo sola, soy viuda. De noche, para mi cuerpo viejo, es la hora peor, porque en la cama me duele todo, entonces estoy deseando que amanezca. Me levanto, camino, hago mandados y mis cosas en la casa y ahí, de repente, me vuelvo a sentir bien, sin dolores. Yo sé que mi cuerpo está definido por dolores: la columna, los tendones rotos, etcétera. Pero no me quejo. Hago ejercicios, uso una pomadita para los dolores y sigo.»

 

Hablamos del cuerpo, entonces pienso en la apariencia, en lo visual y les pregunto si se gustan.

 

Martha bromea, compara, pero llega a una conclusión: «Me gustaba más antes (risas). La verdad siento que envejecemos bien. Trato de hacer cosas para sentirme bien conmigo y disfrutar». Juanita la sigue: «Si, ahora cambió todo. Usamos ropa que nos gusta, moderna, con colores, sin complejos». En esa línea del uso de objetos para el cuerpo, Norma da un salto y lo dice: «Yo me liberé. Ya no uso tacos ni sutién, hace mucho».

 

Lilián tiene una realidad distinta. Aún debe ser soporte de otras situaciones. Su mirada sostiene deseos que pronuncia: «Soy muy saludable, no tengo artrosis, no tengo reuma, nada a mis 89 años, pero tengo que acompañar a mi marido en su proceso que es duro. Me gusta salir con amigas y caminar. Yo camino todos los días para darme aire y poder seguir a pesar de mi situación personal. Trato de leer, pero la vista ya no acompaña. Escucho mucha música, sobre todo cuartetos de cuerda. Lo que puedo hacer para estar bien, lo hago, siempre».

 

Se me ocurre que el tiempo en sus vidas no solo se dibuja en el cuerpo, también en las cuestiones que la modernidad trae y que podría ser un problema a la hora de hacer cosas. Les pregunto por las redes, pensando que me iban a responder que no las entienden y me doy cuenta que soy yo la que no entiendo, cuando las escucho.

Juanita me cuenta cómo aprendió a manejar las redes gracias a su hijo. “Cuando me jubilé quise investigar sobre mis raíces en Italia. Ahí aprendí a usar el buscador para informarme. Cuando nosotras nacimos solo había radio. Hoy tengo Facebook, aprendí a pagar cuentas desde la computadora para manejar, dentro de lo posible, estas nuevas realidades comunicativas».

 

Norma parece que va a responder dentro de lo esperable y nos sorprende: «Yo no me llevo muy bien con las redes. Soy de la época de la libretita donde anoto todo. Igual tengo celular y hago clases de Historia y Literatura por Zoom desde el celular»

Martha se suma: «Yo empecé primero con la computadora porque mi hija venía a casa y me daba clases. Una vez que aprendí, fui haciendo de todo. En el celular tengo todas las redes: Facebook, Instagram y WhatsApp. Todo lo manejo dentro de lo que puedo. Incluso aprendí a buscar películas en Youtube y pasarlas por la tele».

Lilián nos cuenta: «Yo hago todo por computadora. Uso Google, el buscador, pero aprendí sola. Intentando».

 

Vamos cerrando el encuentro con mujeres que no solo tienen pasado. Ellas tienen un presente activo y eso me habilita a preguntarles sobre el futuro:

Todas hablan a la vez. Están llenas de planes, de ideas, de posibilidades. Quieren viajar, quieren hacer cursos, quieren encontrarse con sus amigas y disfrutar de sus nietos y nietas. Están plenas. En ese instante, se convirtieron en maestras, capaces de enseñar que la cuestión de la edad es formal. Ellas desarticulan todas las representaciones culturales sobre la vejez para mostrarnos que siempre hay tiempo y que la vida es esto que tenemos ahora, no una promesa, no una idea, es lo que hacemos hoy.

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¹ Federación de Obreros de la Industria de la Carne y Afines (foica).

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El hilo de la memoria. Una gesta feminista de cinco mujeres

Texto de Roxana Rügnitz. Fotografía por Mariela Benítez

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La amistad entre mujeres es el único camino

para salvar el mundo y salvar la vida.

Rita SEGATO

La historia de la humanidad ha transitado todos los caminos para la construcción de la sociedad en la que hoy existimos. La mayor parte de ese recorrido fue pensada, producida y dirigida por varones. Todo el orden social y la función de los individuos dentro de ese orden fueron determinadas por los hombres. Esto, que es una obviedad, ha definido el lugar que hemos ocupado las mujeres. Nos han colonizado desde las ideas hasta el cuerpo.

 

Hemos debido pasar por muchas hogueras hasta descubrirnos en las otras, como iguales, tejedoras de una red de soporte para el dolor. Hemos parido, hemos renunciado al deseo, callado, y soportado toda clase de violencia. Hoy nuestras voces siguen reclamando.

 

Llega marzo y Piel Alterna piensa en Ellas, aquellas que construyeron la historia del feminismo en Uruguay. Esas locas y atrevidas, esas pocas mujeres que en los años 80 salieron de sus espacios privados, de sus lugares de ¿comodidad?, y se enfrentaron a todo para abrirnos el camino.

 

El encuentro realizado en Plaza Las Pioneras se llevó a cabo con Elena Fonseca, Lucy Garrido y Guadalupe Dos Santos. Mientras que la entrevista a Lilián Abracinskas y Lilián Celiberti fue realizada en sus respectivos hogares. Será un desafío para la revista transmitir la riqueza de sus palabras.

 

Una tarde en Las Pioneras

¿Vemos al feminismo de los 80 en blanco y negro? ¿Quiénes fueron esas mujeres que dieron el salto a la transformación?

 

Las veo ahí, sentadas en esa plaza que reivindica lo que hicieron. Elena toma la palabra, tal vez, porque como ella dice: «Soy la más vieja, tengo 91 años». La pienso en aquel tiempo, como una mujer grande ya, dejando el aparente privilegio de la comodidad para cambiar el mundo para todas. Mientras estoy revolviendo esa idea, ella comienza: «Lo que en ese momento me quedó nítido fue la sensación de colectivizar lo que pensábamos. No lo colectivo de llenar calles. Era encontrarnos una a una y entenderte a fondo. Eso fue un impacto. En aquella época salió una publicación que se llamaba “Para saber que no estamos solas”, ese título te da la pauta de lo que nos estaba pasando. Para mí, que más que de teoría vivo de emociones, fue una emoción darme cuenta que a esas mujeres con las que hablaba les pasaba lo mismo».

 

Guadalupe fuma y se piensa tiempo atrás. Ella y su nacimiento al feminismo, como un instante sagrado, que te cambia para siempre. Sus palabras se ordenan con la memoria: «Yo no sé cómo llegué al feminismo, porque primero llegué al sindicalismo y a la comisión de mujeres de AFMUCASMU (1) y a la primera comisión que se organizó de mujeres en el PIT-CNT (2), que hoy parecen haber olvidado. En esa época no entendía lo que pasaba, teórica y políticamente, pero algo no andaba bien. El maltrato a las compañeras que siempre quedaban en segundo plano, sumado a la llegada de mujeres que venían del exilio y nos traían material de lectura. Todo eso nos llevó a juntarnos, a hacer centros de estudios. De a poco se fue dando todo ese movimiento que, más que multitudinario, fue concientizador».

 

Las tres tienen un gran nivel de entendimiento, aún en los desacuerdos. Son divertidas y poseen una profunda conciencia del proceso y su trayecto. Lucy toma la palabra para analizar esa distancia, del ayer a hoy: «Entre lo que pasó ayer y lo que pasa hoy, hay diferencias a patadas. Sin embargo, si yo fuera joven hoy, haría lo mismo que están haciendo las jóvenes, incluso sería más radical. Es verdad que muchas de las cosas que hacen ahora, no son nuevas. Por ejemplo, cuando salieron con el “Harta“, era una consigna nuestra. En un comunicado que sacamos en 1995 ya decía: "Hartas de…”, con un largo listado de cosas. En general, hicimos casi todo, pero sin la repercusión que, por suerte, se tiene ahora. Antes nos teníamos que juntar, veníamos de distintos lugares, nosotras veníamos de la izquierda, otras del sindicato o del partido y eso era inevitable. Hoy las jóvenes, con todo el derecho del mundo, no quieren que les toquen nada de lo que se consiguió, pero tienen que saber que todas esas conquistas fueron producto de una larga lucha en la que tuvimos que ver nosotras y un montón de feministas. Cotidiano Mujer, como medio de comunicación, tenía una posibilidad importante de convocatoria de otras feministas locas que eran como nosotras, entonces, dábamos noticias sobre ellas. Nosotras mostrábamos que ellas existían. Había feministas en Cerro Largo, grupos de mujeres negras de Barrio Sur, mujeres tabacaleras organizadas, eran muchos grupos incipientes que nacían después de la dictadura. Nosotras visibilizábamos la lucha de todas esas mujeres. La primera vez que se habló de violencia de género en el Parlamento, fue una risa para ellos. Nuestro objetivo era hacer visible lo invisible y por eso nos metimos con todos los temas»

 

Exponer el producto bruto del patriarcado, denunciar el manejo de nuestros cuerpos como una mercancía asociada a los intereses económicos, restituir contenidos a las palabras, todo esto que hoy manejamos con absoluta naturalidad representó, para estas mujeres, un territorio de combate y de conquista para las nuevas generaciones. Guadalupe lo aclara cuando dice que «las malas palabras, como lesbiana por ejemplo, empezaron a tener contenido político. Ya no eran malas palabras, porque detrás había todo un universo de significantes». Por eso, Elena acota una frase clara: «Nombrar es poseer la realidad. Nosotras cambiamos el sentido de algunas palabras, creamos conceptos que hoy las más jóvenes heredaron».

 

Me pregunto si comprenden el valor de lo que hicieron, en un sentido histórico y Lucy, sin quitarle entidad responde: «Antes hubo otras feministas, como las Luisi (3) a principio de siglo. En la pos dictadura estaba Cotidiano y Grupo de Estudios sobre la Condición de Mujer (GRECMU), porque las demás agrupaciones no se llamaban feministas. Lo que pasa es que si te asumías feminista en esa época, estabas loca o eras lesbiana u odiabas a los hombres».

 

Me interesa la relación de aquel feminismo con lo politicopartidario, vinculado al contexto de salida de la dictadura. Les pregunto si existió un corrimiento de los intereses feministas en pos de aquel primer objetivo que era posicionarse en contra del terrorismo de Estado.

Elena responde de inmediato: «Nosotras nacimos en nuestra lucha al mismo tiempo que se estaba saliendo de la dictadura y eso pudo generar una confusión, a mi entender. Varios años después, en 1993, cuando se hizo la Conferencia de Viena, los Derechos Humanos querían reducirlo todo al tema del terrorismo de Estado y ahí, nosotras dimos una gran pelea para integrar los objetivos del feminismo. La verdad es que yo creo, ingenuamente, que cambiamos el mundo».

 

Lucy aclara algunos aspectos: «Lo que pasa es que la lucha principal, en ese momento, era proletariado contra burguesía. Fue también desde esos lugares que conseguimos espacios. Armamos la Comisión de Mujeres del Frente Amplio (4). Seregni nos habilitó un local dentro de la casa del Frente Amplio (FA) donde nos reuníamos los jueves y hacíamos tremendo quilombo. Desde esos lugares organizamos la marcha en defensa del voto verde. Entendimos su importancia porque las presas, las exiliadas, las desaparecidas eran también mujeres. Tuvimos valentía y sentido del humor. Nosotras sabíamos que la pelea era por la hegemonía cultural, al final sería así y hoy lo estamos viendo».

 

El feminismo estaba en marcha. Ellas, pocas y valientes, estaban en la calle para cambiarnos la historia.

 

Nace Cotidiano Mujer

Cuando hablaban de la revista Cotidiano Mujer, todas coincidieron en un nombre: Lilián Celiberti. Le pedimos que nos contara todo el proceso que va desde la cárcel —como mujer presa política de la dictadura— al feminismo y de allí a la revista.

 

«Conocí el feminismo en Italia. Estuve presa del 72 al 74, cuando me expulsaron del país. Me llevaron a un barco donde también estaba el que, entonces, era mi marido y mi hijo de tres años. El viaje duró diecisiete días, lo que nos permitió un tiempo de reencuentro. En Italia conocí el feminismo, con amigas que me invitaron a participar en grupos de autoconciencia. En 1978 decidimos volver a América a trabajar por los desaparecidos. Fuimos a Brasil, porque era muy sui géneris, y estaba en un proceso de democratización particular. Ahí nos secuestran, con mis hijos. Me llevan a un cuartel en Uruguay». Es tiempo de la soledad en prisión, de los miedos y las culpas que la atraviesan como fantasmas. Sin embargo, Lilián tuvo el valor de la resiliencia.

 

«Sola en el cuartel, me agarro del feminismo que tenía en pinceladas, como una tabla de salvación frente al autoritarismo. Fue cuando me comprometí a que, si salía, me iba a dedicar a hacer feminismo con las mujeres, sin tener muy claro cómo. Para mí, feminismo era trabajar con esa subalternidad que todo el tiempo nos genera culpa, que pone a los varones en el lugar de héroes y a las mujeres como las culpables de todo». Esa promesa, como una alianza con el destino, se cumplirá al salir de prisión y encontrarse con la esposa del encargado de negocios de la Embajada de Ialia, Ana María Colucci. Juntas pensaron cómo trabajar desde el feminismo en nuestro país.

 

Celiberti nos da más detalles: «Yo estaba muy alejada de la realidad de la calle, por todo el tiempo que pasé encerrada. En 1984 no podía pensar en crear un grupo de acción feminista porque yo no sabía qué estaba pasando afuera de la cárcel. Es entonces que nace la idea de una revista, como un medio para recoger lo que estaba sucediendo y replicar. Nos empezamos a juntar y aparecieron un montón de reflexiones de todas. ¿Cómo íbamos a hacerlo? ¿Desde qué perspectiva encarábamos cada tema? Porque todas teníamos distintas experiencias de vida y, por eso, distintos enfoques.» Amalgamar ideas, armonizar voces, aún en las disidencias, fue un camino de fortaleza.

 

«En mi caso, existía una gran tensión entre el feminismo y la militancia política en el Frente sindical del PVP (5). Quería generar otra forma de hacer política, así que fui manejando esa relación hasta el 92 que me fui, siempre en diálogo y desde la izquierda. Me gusta mucho la frase de Paul Preciado que habla de “una izquierda en la piel”». Lilián da cuenta de todo un proceso en el que, en nuestro país, se construyó feminismo de la nada para romper con los estereotipos arraigados. Entonces le pone título a esta nota. Habla de un hilo de la memoria que nos permite saber de dónde venimos, de quiénes somos herederas y a quiénes les pasamos la posta.

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Feminismo de los 80 a los 90

El encuentro intergeneracional en un tiempo dado marca una diversidad de miradas y vivencias. Sin embargo, cuando hablamos con Lilián Abracinskas, una de las más jóvenes de aquel feminismo, muchos de sus sentimientos al respecto coinciden con aquellas, las mayores, con las que compartió el inicio de una gesta. Esa visión que todas subrayan de cómo en el feminismo encontraron un lugar que las representaba y que les permitía procesar tantas vivencias en común. Lilián juega con la memoria entre risas y emociones para contarnos:

 

«Yo soy de la generación perdida, de las que fuimos muy jóvenes en el golpe de Estado, pero veteranas para ser la generación 83 de recuperación política. Soy de la Universidad, la generación del 78, plena universidad intervenida. Sin posibilidades de claustro o participación, con tiras (6) adentro de los locales». Esto le recuerda lo que significó ser parte de un tiempo donde no era posible confiar, donde la represión era cosa de todos los días. En ese contexto, Lilián ingresa al feminismo desde una experiencia personal y dolorosa: «Soy una sobreviviente de aborto inseguro. Resignificando para atrás, eso está vinculado directamente a mi involucramiento con el tema del aborto. Porque sobreviví a una intervención arriba de una mesa de cocina y con una sonda que era la posibilidad de morir, pero no estuve sola. Tal vez por eso no concibo un feminismo sin varones como aliados, porque creo que hay varones empáticos. No es verdad que son todos descartables».

 

Desde el cuerpo, desde el grito callado y la violencia que te cobra el derecho al placer, Lilián hizo de su experiencia la investigación de su vida.

 

«En facultad en 1981, cuando tuve que hacer la tesis, elijo hacerlo en la relación madre/hijo, para analizar si la maternidad era un comportamiento innato o adquirido. Para eso, asistí a ciento cincuenta partos en el Pereira Rossell (7). Me quedaba con el bebé hasta que se lo llevaban a la madre. En ese momento empezaba todo lo del alojamiento conjunto, una muy buena teoría que, en la práctica, no era real en términos sanitarios». Es a través de esa investigación que pone en cuestionamiento la eterna consigna de la maternidad como un acto natural para las mujeres. «Entonces empezamos a trabajar sobre el tema de la expropiación del cuerpo de las mujeres, de su sexualidad y la reproducción por parte del poder. Yo vengo de ese palo. De recuperar el conocimiento del cuerpo, reconocerte, saber examinarte».

 

Así entra al feminismo en una época controversial, pero fermental. «En los 80, feminismo era una mala palabra. Había dos organizaciones, por un lado, GRECMU y, por otro lado, Cotidiano Mujer».

 

Se sienten las campanadas de la catedral, como un oxímoron extraño entre lo que estamos haciendo y lo que representa ese sonido. Lilián continúa:

 

«En el 84, cuando empieza el debate de la Concertación Nacional, donde todos los partidos, sectores y los sindicatos se juntan en el Club Naval, pero las mujeres que habían resistido, las que habían estado en la cárcel, no estaban. No había una. Fue como decirles: “muchachas, gracias por sus servicios, ahora vuelvan a sus casas y sean buenas amas de casa”. Entonces se armó la Concertación Programática de las Mujeres. Estaban las blancas, las coloradas, las frenteamplistas (8), las sindicalistas y las feministas. Reivindicamos que, si no había mujeres dentro de la Concertación Nacional, habría mujeres afuera. Fue impresionante, yo era muy joven. Tenía 25 años y ya participaba con la flor y nata, de la reflexión feminista en una época muy efervescente. Las discusiones, el aporte teórico de las que venían del exilio con la cabeza dada vuelta y las que habían estado presas. Me sumo a Cotidiano con esa fuerza. Éramos las guerreras, solo un puñado sacando una revista feminista».

 

Esa simiente abrió caminos a la década de los noventa, a un feminismo de extensión regional, intergeneracional e intercultural. Esos años conectaron el movimiento con una actividad política de incidencia internacional. Dice Lilián: «Los 90 fueron de una riqueza enorme que fortalece las articulaciones regionales».

 

Esas fueron las bases para la primera plataforma de la mujer en 1999: el Estado uruguayo y las mujeres. Ese será el primer acuerdo de diagnóstico para establecer que, sin los derechos de las mujeres, los derechos no son humanos.

 

Estos retazos de relato que dibujo en la nota son, sin duda, una sombra de todo el contenido expuesto por sus voces, que daría para un libro. Ellas son las feministas que pusieron el cuerpo en un tiempo complejo para construirnos un camino por el que andar y hablar, sin miedo. La memoria, un territorio que debemos cuidar y regar, para saber que si hoy somos, es porque ellas fueron.

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(1) Asociación de Funcionarias Mujeres de Casmu

(2) Plenario Intersindical de Trabajadores – Convención Nacional de Trabajadores. Nace en Uruguay en 1983.

(3) Paulina Luisi, primera mujer universitaria del país. Luisa Luisi, poeta y pedagoga.

(4) El Frente Amplio es una fuerza política uruguaya con definición popular, progresista, democrática, socialista, anti-oligárquica, antiimperialista, antirracista y antipatriarcal​ ubicada a la izquierda ​ del espectro político.

(5) Partido Por la Victoria del Pueblo. Frente Amplio.

(6) Tira: agente de policía que trabaja vestido como civil. Diccionario del español del Uruguay, Academia Nacional de Letras.

(7) Es uno de los principales hospitales públicos de Uruguay, fundado en 1908.

(8) Referencia a mujeres de los distintos partidos políticos del país: Partido Nacional, Partido Colorado y Frente Amplio, respectivamente.

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El cuerpo como escudo

Texto por Roxana Rügnitz​​ / Fotografía por Mariela Benítez

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[…] las desigualdades son creadas por el modo en que el poder articula las identidades; son resultados de una estructura de opresión que privilegia a ciertos grupos en detrimento de otros.

Djamila RIBEIRO

Lugar de enunciación. Feminismos populares

En el análisis que realiza Simone de Beauvoir en su libro El segundo sexo (1949), se plantea la idea de que la mujer ha sido, históricamente, definida a través de la mirada del hombre. Sobre esa perspectiva, la filósofa funda la categoría del otro. Es a partir de este concepto que Djamila Ribeiro afirma que «ninguna colectividad puede definirse como una sin colocar a la otra delante de sí misma». (1)

Quisimos comenzar la nota con ese postulado para enmarcar el tema: la frontera divisoria entre el uno y el otro, problema que aparece definido desde el cuerpo, a partir del género, de acuerdo a Beauvoir, pero también desde un enfoque étnico, según Ribeiro.

En esta oportunidad, estamos ante el desafío de romper esa frontera para contar una historia que no es la nuestra, las de ellas, las silenciadas en nombre de una jerarquización que proviene de la hegemonía heterosexual, blanca y eurocéntrica.

El tema que nos convoca, «Piel, cuerpo y territorio», nos dio la oportunidad de conversar con tres mujeres que traen consigo una historia grabada en la piel. Ellas son activistas, trabajadoras, profesionales, madres, ellas son mujeres afrodescendientes. Sus palabras traen relatos que atraviesan tiempos, dolores y acciones. Nos encontramos a charlar con ellas y sus voces claras, impactantes, enojadas y divertidas lo tomaron todo. Ellas son:

Loana Ramirez, «soy mamá de gemelos». Así se presenta y luego agrega el resto: auxiliar de servicios en el Hospital Maciel. Militante e integrante de la agrupación Mizangas. (2) Le encanta el carnaval y, muy especialmente, el candombe. Fernanda Olivar: «soy mamá de dos niñxs y antropóloga», así se define, para luego continuar en la línea de lo que hace: «soy docente universitaria, aunque no por vocación, pero aprendí a querer la docencia y además es un campo de militancia académica. También milito en distintas organizaciones del colectivo afro». María Mael Ortíz nos cuenta «tengo 40 años, me encanta bailar y cantar, formo parte de la comparsa Valores de Ansina. También soy mamá».

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En las tres está bien definido el campo de acción desde lo que son a lo que hacen. Cuando hablan, toda la sangre aparece como una fuerza que amplifica el valor de las palabras. Tres mujeres diferentes, con carácter y convicción. Les proponemos un disparador como punto de partida. ¿En qué medida el cuerpo racializado ha impactado sus vidas? Es Fernanda quien toma la palabra para organizar en el discurso, lo que ha significado en ellas, la construcción de sus identidades como mujeres negras.

«Creo que es importante partir de los trayectos de vida de cada una. En mi caso, por ejemplo, soy uruguaya, pero viví en Chile trece años. Me fui con cuatro años y volví a los diecisiete. En Santiago de Chile vivía en un lugar bastante céntrico, muy comercial. Ser una niña afro en un país extranjero ya implica un tema…» Si hablamos de líneas que representan límites artificiales entre seres humanos para la configuración de la identidad, en la niñez de Fernanda se entrecruzaron al menos tres: el hecho de ser mujer, negra y extranjera lo que, en parte, ha determinado la persona que es hoy. 

Sus palabras surgen de una voz calma, pero firme, mientras nos cuenta su historia. «Con el tiempo, entendí que esa vivencia fue el primer elemento central en la construcción de mi afrodescendencia. Yo no crecí rodeada de mi familia, ni de esa representatividad de la negritud alrededor. Venía una o dos veces al año de vacaciones y para mí era fantástico ese encuentro con otro mundo. Siempre estuve cerca de algunos elementos culturales, pero lo que tiene que ver con la negritud, me faltó un montón. No sé si tenía plena conciencia de ser una niña negra. Seguramente no tenía esa conciencia que es más crítica y activa, pero algo sabía, porque para ir a la escuela me tenía que armar de todo el valor posible para soportar el “¡bañate en leche!” y todas las otras cosas que me decían todos los días, con lo cual, también me enfrentaba al racismo institucional». Mientras Fernanda nos lleva de la mano a ese recuerdo tan personal, los cuerpos presentes en la entrevista se tensan, como queriendo sostener todo el peso del dolor de aquella niña. Sin embargo, el relato de la mujer que es ahora, consciente de su historia, se va construyendo desde la convicción y la certeza de que esas heridas son una carga ajena a ella.

«Era un momento en que no había diversidad de personas. No existía el flujo de inmigrantes que hay hoy en Chile. En 2017, pasé por Santiago y me di cuenta del cambio que hubo en esos lugares que yo habitaba en total soledad. Ahora son lugares más ennegrecidos. Cerca del que fue mi barrio está el Bella Vista, un barrio súper bohemio, donde había una salsoteca. En aquella época, dos por tres alguien llevaba a algún músico afro y, al pasar por ahí, mi viejo gritaba “¡primo, primo!”. Como esa necesidad de reconocerse para no sentirse tan solos. Fue difícil. Cuando volví, con 17 años, al Uruguay, donde existe una importante población afro, entré en la facultad. Entonces pensé: ´ ¿dónde estamos?, y no, no estamos. Después de muchos años me di cuenta que todo ese proceso fue un elemento fundamental en mi construcción identitaria como mujer afro. Aunque me sigue impactando todos los días. Vivo en Uruguay, en mí país, y esto que soy, que es indisociable de mí, condiciona muchas de las cosas que quiero llevar adelante».

Loana, que la escuchaba asintiendo todo el tiempo, como diciendo con el cuerpo que entendía cada palabra, nos cuenta su vivencia. Lo hace desde una voz urgente, menos calma y con un tono que subraya cada momento.

«Yo, en cambio, vengo de una familia en la que mis alrededores eran todos afros. Me doy cuenta de que soy afro desde muy chica. Con mi hermana íbamos a una escuela católica, donde las únicas afro éramos nosotras. Fue ahí donde vivimos “el problemita” de la discriminación, en primera instancia. Los chistes recurrentes de lxs compañerxs blancxs sobre el peinado que usábamos, eran el ataque diario. Me acuerdo del día que íbamos a tomar la comunión. Teníamos que usar el uniforme y un broche en la cabeza con la media cola. Imagínense mi pelo afro, lo difícil que era. Mi mamá nos hacía brushing para facilitarlo, pero el día de la comunión había una humedad tremenda, no me olvido más, mi pelo parecía un esponjal. Es que nuestro cuerpo afro es todo, desde el dedo hasta el pelo. Tengo motas, era imposible hacer la media cola exigida. Entonces, aparecía siempre la señal, la marca distintiva que señalaban desde la burla».

Mientras Loana continúa con su relato entretejido entre la piel y el pelo, a todas nos queda una sensación de historia silenciada y que es necesario registrar, también, en lugares que trasciendan los márgenes de la comunidad afro, porque, fuera de esa frontera, es imprescindible. Giovana Xavier, en su artículo «Feminismo: derechos autorales de una práctica linda y negra», afirma sobre el tema: «En el diálogo, que también se refiere a protagonismo, capacidad de escucha y lugar de enunciación, hagámonos la siguiente pregunta: ¿qué historias no son contadas?, ¿de quién es la voz reprimida? […]». Esta cita resulta una evidencia más de que no todas las voces están presentes y desconocerlas es quitarles el derecho a la existencia.

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En este sentido, Loana aporta una cuestión que es relevante, porque, cuando no se habilita la voz por la vía de los hechos, es necesario tomarla: «Yo intento hablar para explicar, pero fui una niña violenta, porque cuando no me entendían, mi táctica era ir al golpe y ahí me convertía en la niña con problemas de conducta. Sí, había un problema, algo estaba pasando que me provocaba, pero nunca nadie se enfocó en eso. Esas circunstancias me definieron, yo no me podía concentrar en clase, no podía estudiar, porque mi cuerpo y mi mente estaban en otra cosa».

«Claro, estaba enfocado en sobrevivir al espacio en lo cotidiano —responde Fernanda— en el derecho a existir, eso ocupa mucho tiempo. En ese proceso te descubrís como una persona negra. Porque la diferencia de razas aparece, sobre todo, en el sistema educativo, a partir del momento en que alguien te dice que sos negra. Entonces, alrededor, se va formando ese contexto de la desigualdad en el que experimentás las consecuencias de lo que significa el color como una diferencia. En tanto seres humanos, somos distintos, pero uno se torna negro cuando empieza a entender que eso es una marca, un estigma que viene de afuera y te hace descubrir tu realidad».

«Sí  —continúa Loana— nuestro cuerpo siempre va a ser nuestro escudo, en el trabajo, en las calles. Sobre todo para nosotras, mujeres negras. Porque en el imaginario aún existe esa concepción de que ser una mujer negra es estar siempre caliente, que siempre querés y estás disponible para ellos y no. Mi cuerpo es mi resistencia. Estoy, con mi tamaño y con mi derecho a ser». La cuestión de la presencia, de la corporalidad en la calle tiene variables. Del deseo sobre esos cuerpos, vistos como un campo con derecho a explorar, a la inexistencia, donde el cuerpo se vuelve un territorio de choque. La forma de habitar los espacios, en ellas, termina siendo siempre de conflicto, porque la hegemonía blanca y heteronormada aún se comporta como colonizadora.

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Nos queda la voz de María Mael, atenta, callada y siempre con una media sonrisa. En cierto momento rompe su silencio para contarnos su historia. «Yo me crié, afortunadamente, en el barrio Palermo, donde sí había una población negra importante y fui a la escuela Venezuela. Todos sabíamos que éramos del barrio de los negros, donde estaban los tambores. En ese contexto, también teníamos que tener cuidado, porque se decía que ir a escuchar tambores era peligroso, más si eras mujer. A las bailarinas se las considera putas. En mi familia, una tía fue quien nos abrió esa posibilidad. Contra toda resistencia del padre, ella empezó a bailar en el grupo Bantú, en el que sus integrantes “no eran tan negros”, porque también está eso, el racismo interno. Existe el negro “che” y el negro “usted”. Según tengan dos apellidos o uno, y marcan la diferencia». 

La intrahistoria, donde la resistencia también tiene que ver con la apropiación de los espacios por parte del varón, marca otro campo de batalla. Las llamadas han sido, históricamente, una fiesta. Su fiesta, que las mujeres afro debieron conquistar como un espacio de encuentros donde se tejieron las más importantes redes de amistad y sostén. En ese sentido, Loana aclara: «Las llamadas eran nuestras y las compartimos, pero ahora son un espectáculo para afuera. Incluso cambió el lugar original. A mí me duele que no se hagan más por Isla de Flores, porque ese era el espacio. Nos sacaron el lugar donde se hacían las llamadas y nos sacaron de nuestras casas. No somos nosotrxs quienes vivimos ahí». Es impactante descubrir en el relato de Loana, un proceso de gentrificación que ha corrido de su territorio a la población afro, redefiniendo la lógica del barrio y el objetivo de las llamadas.

En ellas, vamos armando historias, que son muchas y que no logran ser abarcadas por un artículo. Son relatos que están allí, latentes, que quieren salir y reclamar su derecho a existir. Este espacio se vuelve minúsculo ante sus voces. Así como Fernanda, cuando llegó a la facultad, se preguntó dónde estaban, nos preguntamos también ahora, ¿dónde están sus voces, sus cuentos? ¡A dónde podemos ir a leer su poesía, su narrativa sobre cómo la forma del trenzado, por ejemplo, está asociada a un recurso que usaban las mujeres para no olvidar el camino que debían hacer y para guardar en ellos las semillas que necesitaron para sobrevivir? Las preguntas se acumulan y esperan respuestas.

Mientras tanto, vamos cerrando esta nota con sus palabras: «… El tema es la negritud que media entre las relaciones humanas,  el tema es cuando la persona racializada se para frente a eso y le hace ver a lxs otrxs que están mal, porque la interpelación duele…». «… El proceso es lento, y ver cabezas tan cerradas duele. Nosotrxs somos quienes siempre estamos en la línea de la resistencia. Desde la historia, desde cómo llegaron lxs afros a América hasta hoy… Pero todo va a mejorar, estoy segura».

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1.  Djamila Ribeiro. Lugar de enunciación. Feminismos populares. Madrid: Ediciones Ambulantes, 2020. 

2   Mizangas es un collar de protección formado por semillas distintas. Las integrantes de Mizangas son ese collar de protección formado por mujeres diversas.

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Ellas, rock y después

Texto por Roxana Rügnitz​​ / Fotografía por Mariela Benítez

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Una mujer sana se parece mucho a una loba: robusta, colmada,

tan poderosa como la fuerza vital, dadora de vida,

consciente de su propio territorio, ingeniosa, leal,

en constante movimiento.

Clarissa PINKOLA ESTÉS

Mujeres que corren con lobos

En SobrEllas nos dimos tremendo lujo. Entrevistamos a dos mujeres poderosas, con un talento desbordante y generoso. Capaces de abrazarte con su voz. Ellas son Mónica Navarro y Alejandra Wolff.

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Si el tema que nos atraviesa en este número está referido a lo que sucede con el arte cuando se prohíbe desde el sistema político, en este caso nos propusimos dar un salto, más allá de lo literal. Indagar en una forma de prohibición no enunciada como tal. Porque no se trata de una prohibición en términos efectivos, de un imperatum instalado desde el sistema y que se impone a todos.

Si una población no tiene la prohibición de ejercer tal o cual derecho, pero su alcance es dudoso en términos reales, ¿cómo se definiría? ¿Cómo analizamos el lugar de la mujer en el rock, cuando ha sido corrida del centro, siempre al lugar del coro, de la voz que acompaña, del cuerpo estético en escena? Porque podremos discutir la pertinencia del término prohibido pero lo que no podemos discutir es el gran vacío de mujer que ha existido en el territorio rock.

Sin embargo, hoy estamos ante dos singularidades. Ellas son mujeres, artistas, cantantes, han transitado los caminos del rock en nuestro país y son reconocidas. Ellas descubren el velo. Están presentes, en el sentido más sagrado de la palabra. Con el cuerpo y con la voz, lo dicen todo. Es cuando la entrevista se dispara, cobra, en ambas, una dimensión sutil, para abrir una puerta que era necesario abrir.

Se trata de Ellas, de sus experiencias, de tantas coincidencias.

Comienza Mónica diciendo: «Lo primero que me pasó fue ignorar mi situación de desventaja en el laburo de la música. No lo veía. Para mí era normal, ser un florero, verme bien».

Alejandra complementa la idea: «Tratar de encajar con el molde en el que se esperaba que encajaras».

Cualquiera que haya visto a Mónica o a Alejandra arriba de un escenario podría pensar fácilmente que nacieron en él. Que ocupan ese lugar sin ninguna resistencia. Pero las hubo y en sus relatos surgen como revelaciones de lo que representaron a lo largo de su carrera.

«Empecé a darme cuenta de las cosas hace muy poco ―dice Alejandra-—. Yo naturalizaba ciertas formas de vínculos porque era lo que había aprendido. Mucho tiempo después empecé a cuestionarme, a ver que sostenía determinados formatos, que favorecía lo hegemónico. De alguna manera, sostuve el sistema, ahora toca desarticularlo.»

Sucede que, en cada palabra, van poniendo luz sobre un problema que tiene demasiado tiempo ya. Ellas lo saben, lo han vivido y hoy lo problematizan desde la reflexión activa. Mónica piensa en las dificultades que ha representado navegar a través de mares que no le habían sido asignados con la misma naturalidad que a los varones.

«La verdad, no he conocido hombres que, honestamente, estén desarticulando sus conductas. Todo parece quedar más que nada en el título, en la cáscara. El sistema patriarcal es hábil, cualquier cosa que se le escapa, luego lo toma para usarlo a su favor. Entonces no sé si algunos varones toman una postura que hoy es más lo políticamente correcto, pero que en el fondo…».

En el fondo de las palabras de Mónica está la duda, una encrucijada que se sostiene en la experiencia de ser cantante en un mundo controlado por ellos

 

Pero ellas existen. Ellas tienen un nombre que representa algo dentro del rock uruguayo. Han alcanzado un lugar como cantantes solistas. ¿Cómo vivieron el proceso? Algo de la pregunta le dispara a Mónica la necesidad de responder: «Arranco por la palabra solista, que es bien interesante. Para nosotras es muy culposa, porque hacemos nuestras vidas solas, naturalmente, pero cuando estás en ese lugar que conquistaste y que te mereces decir sola, ah, bueno, ahí arrancamos a maternar. Empezamos a agradecerles a todos los que nos dieron esa “oportunidad”. Agradecemos, mostramos al otro, nos volvemos a salir del centro. Yo reivindico la palabra sola. Tengo un proyecto sola. Mi proyecto solista se llama Mónica Navarro y soy yo, porque valgo, porque soy muy crack, pero no me está permitido decirlo porque parece que no está bueno tener una autopercepción copada».

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Ale recuerda su historia y nos lleva con ella, a sus comienzos: «En mi caso, entré a la música haciendo el coro en La Chancha Francisca. Si, también siento que encontrar mi lugar fue complejo y tuvo que ver con lo que me permitieron y lo que yo misma también me permití. A mí me cuesta mucho afirmar que soy crack y sostenerlo. En ese proceso fui conquistando mi propio terreno. Sin duda, participé del aparato patriarcal. Hice todo lo que se esperaba que hiciera para sostenerlo y lo hice con amor, re contenta de la vida. Claro que pila de veces cedí espacios a otros por no haberme sentido capaz de asumir mis propias creaciones. Hoy estoy parada desde otro lugar. Me replanteo cómo pararme en cada proyecto». Cuando Alejandra habla, juega con las palabras, las dibuja con sonidos en el aire.

Algo de lo que cuenta Alejandra de su historia conmueve y, al mismo tiempo, rebela a Mónica y entonces salta con una expresión que muestra que algo en ella se movió: «¿Ves? ¡Ahí hay un tuco muy grande! Algo de lo que hablo mucho con mis alumnas. La exigencia que tenemos nosotras de cantar bien, vernos bien, hacerlo todo bien, es un combo perfecto para que nunca más, en tu puta vida, hagas nada. El sistema te pone en el lugar para que te mires y digas: no tengo la cara, no tengo el cuerpo, no tengo la voz».

Las escucho y pienso en la cantidad de rockeros a los que nunca jamás se les exigió una apariencia como un aspecto determinante del talento. Si hay un lugar de partida en esto de la música, ellas comienzan esa «carrera» con desventaja. Porque no es lo mismo pararte en un escenario convencido de que sos el propio y que ese es tu lugar, a sentir que estas en una constante prueba y que dar el «target» es una cuestión de valoración de un otro que no necesariamente está preocupado por tu talento.

Me pierdo en esa idea cuando la escucho cerrar con una afirmación que duele y sin embargo parece un lugar común para las mujeres: «Me siento una mujer rota. Estuve rota sin saberlo, por mucho tiempo, y me ayudaron a construir esos pedazos de mí que yo no entendía. Me ayudaron las pibas más jóvenes».

«Sí, eso me pasó a mí —dice Alejandra— Es como que te dan esos pedacitos tuyos para que te rearmes. Es tan importante ese sostén. Porque durante mucho tiempo nos tuvieron separadas, divididas, cuando los colectivos de mujeres son renutritivos. Como de tribu. Esa gente que te enseña y te transmite toda la sabiduría transitada por otras mujeres. Cuando te das cuenta de ese sostén que representamos, juntas, es alucinante».

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Hay algo de una unidad que nos atraviesa y que logramos entender cuando nos descubrimos como parte de esa tribu de la que habla Alejandra. Somos un cuerpo que late con la fiereza de existir sin las normas que otros han creado para adormecernos. Esa visión es plena y nos despierta a otro nivel de conciencia vinculado al amor. Hay algo de novedoso pero ancestral en ese concepto. Mónica lo define. Habla de un encuentro que tuvo unas horas antes, con una amiga. Recuerda que se abrazaron y que hablaron del machismo y las listas de los varones violentos en todas las ramas del arte. Mientras habla del encuentro, Mónica también habla del amor: «[…] Entiendo que el amor que sentimos es un amor político. Amar simplemente es poco. Los afectos o las roturas se transforman en conocimiento al servicio de otras mujeres».

En el proceso de construcción de una historia personal, siempre hay un verbo que nos atraviesa. El verbo llegar, que suele desvirtuar el camino. ¿Qué representa llegar a ser, en su universo, lo que son hoy? Alejandra responde pensando en los costos del resultado: «Es un proceso con muchas posibilidades de pérdida, porque la transformación personal te obliga a moverte, salirte del lugar cómodo, comprender que no es por ahí. Eso siempre implica un riesgo».

Mónica reflexiona desde la palabra de Alejandra, no en un sentido opuesto, sino complementando la idea: «Al final no hay tal pérdida. Hay mucha más ganancia, pero para el patriarcado es más redituable el sentimiento de pérdida. Nos hacen ver entre nosotras como competencia. Nos enfrentan para que “el amo”, que tiene a sus preferidas, obtenga sus ganancias, mientras te hace creer que te eligió a vos, por encima de otras». Y ahí está la clave, las sombras en las que las mujeres quedan apartadas del centro, como una suerte de clandestinidad a plena luz.

Estoy atrapada en el relato de ambas. Son dos mujeres plenas, llenas de recursos, ávidas de formar parte activa de los cambios paradigmáticos. Les cuento un secreto: ellas ya lo son. Dan testimonio de lo que representó querer ser y existir de acuerdo al parámetro fijado por otros, en el universo del rock. Hoy están plantadas en la fuerza de su talento, en la convicción de que hacer es sembrar —como otras también sembraron en ellas— para salir de las sombras.

Mónica, en ese arrebato tan suyo, lleno de energía de la buena, redefine el asunto: «El arte es la sombra» y nos deja algo absortas porque, claramente, estamos atravesadas por un paradigma que lee la sombra como lo negativo. Se instala en esa idea, extraña, distinta, que nos complejiza y es necesario que lo haga.

Entonces postula la idea de la luz como una herramienta que viene de la hegemonía y que decide qué iluminar de acuerdo a su posición ideológica. El arte existe más allá de cualquier foco externo. Es una fuerza que transcurre por todos los recovecos y, tal vez, allí reside esa idea del arte como una sombra. Porque existe más allá de la forma.

Alejandra y Mónica han demostrado que cualquier fuerza externa que venga a tratar de impedirles ser, simplemente logra potenciar su naturaleza artística. Amplificar sus recursos de la manera que sea necesaria para usar el arte como una acción política: porque ellas en un escenario son una expresión política de lo que es posible.

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Ellas en el espacio público

Texto por Roxana Rügnitz​​ / Fotografía por Mariela Benítez

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“A medida que las mujeres adquirimos mayor protagonismo como sujetos sociales, se vuelven más evidentes las estrategias de discriminación. La discriminación de género como toda otra discriminación se fundamenta en la dinámica del poder y es atravesada por él en todas sus dimensiones”

Ana Soledad Gil- Revista científica de psicología.

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Ellas, están en todas partes. Son una fuerza inagotable de creación pero sobre todo, son un movimiento de insistencia y resistencia.

Una de las formas más terribles del silencio ha sido reducir el valor de la palabra del otro, disminuyendo el sentido de su existencia. Si partimos de la palabra desde una perspectiva mítica y original, será necesario observar el sentido genésico que le han dado todas las culturas. La palabra pronunciada es creadora, por lo tanto lo que la palabra no dice, no existe.

Ellas han existido históricamente detrás del Él. Fueron absorbidas por la lengua, como una estrategia política que definió su lugar en la historia. 

Para que los roles se naturalizaran, de manera incuestionable, fueron creados relatos magníficos por medio de los que se impuso una heteronomía económica y una erótica, que fijarán el valor humano de acuerdo al género, como un principio de verdad. Relatos que han atravesado los tiempos, instalándose en el inconsciente colectivo, hasta tal punto que se ha aceptado, pasivamente, el lugar asignado de acuerdo a una naturaleza sexual. Mientras recorremos los primeros años del siglo XXI, asistimos a una generación de mujeres jóvenes que tomaron la palabra como señal de cambio. Nos asaltaron con el “Mee Too” y con “El violador eres tú”, como registro de una nueva voz que dice basta.

Hoy, SobreEllaS se encuentra con esas jóvenes y adolescentes, entre 15 y 19 años, para descubrir en sus palabras, cómo es ser mujer y habitar los espacios públicos.

Cuando comenzamos la entrevista, la propuesta resulta un disparador inmediato. Debemos acotar que sus diferencias de edades, no fue un factor observado como indicador de posibles respuestas distintas, ya que todas ellas apuntan a un mismo problema: el miedo al acoso.

De inmediato subrayan la diferencia que implica transitar esos espacios si no se es parte de la población privilegiada: varón, cis, hetero y blanco -de acuerdo a su descripción. Estas categorías anuncian una realidad, determinada por varias barreras invisibles que redefinen la cuestión de lo público.

El análisis varía, entonces, dependiendo del ángulo desde el que se ve la realidad. Los espacios públicos siguen siendo un riesgo si sos mujer o disidente, porque el peligro no se circunscribe sólo al genérico asalto, sino que implica, además, una exposición cotidiana, de lo que ellas llaman “constante acoso callejero”. Salir a la calle representa, para ellas, una serie de acciones previas. Pensar en el camino que van a hacer, en la ropa y en la posibilidad de ir siempre acompañadas.

Para mí significa estar alerta. Lo que es muy agotador, emocional y físicamente. Tenemos que hacernos fuertes para sobrellevarlo. Las palabras de Luna, instalan el problema de forma concisa. 

Renata redobla la apuesta sobre el tema cuando dice: En los baños públicos, por ejemplo, no me siento cómoda porque pueden entrar varones o cuerpos con pene, para ser más clara, y no sé cómo podrían comportarse, la duda, sobre ese otro amenazante, siempre está presente como una marca que les recuerda el peligro.

Mientras hablamos con ellas, con todas, vamos descubriendo que las formas de habitar lo público depende del cuerpo, de la estructura externa que se posea o que se haya construido desde la identidad, para definir un tránsito de mayor o menor libertad.

Entonces aparece ese tema de la libertad como un parámetro problematizado si el cuerpo no responde a la categoría hegemónica.

Ellas instalan el concepto de la opresión en esos espacios, especialmente cuando están definidos desde lo sexual. La hipersexualización de nuestros cuerpos, la inseguridad que sentimos en relación al manejo de nuestra apariencia. Resulta muy difícil liberarse de esos roles estereotipados: lo lindo, lo atractivo, lo que está dirigido a la aprobación masculina.

Estos formatos, instalados culturalmente, son un artificio tan bien diseñado que, aún las más jóvenes, feministas, conscientes de la necesidad de ser parte del cambio, reconocen las profundas dificultades que representa escapar de la norma, de la reproducción de una estructura violenta, más allá de las consecuencias. Pensar sus cuerpos desde un lugar estético, personal, sin que por eso aparezcan como muñecas de una eterna vidriera para el regodeo de las masculinidades, supone un esfuerzo permanente.

Mi principal miedo es que esto nunca se termine. Que siempre sean ellos los primeros en ser escuchados, en ser defendidos, que estemos tan vulnerables que ni siquiera podamos decir nada de la violencia que sufrimos porque entonces nos convertimos en las malas. He sido acosada tantas veces en la calle y mi único recurso es llamar a mis amigos, llorando.

Mientras cuentan sus historias, recuerdan y la tensión vuelve, con la memoria del cuerpo. Tal vez por eso aflojan en una exhalación cuando hablan de la red de apoyo que han tenido que generar entre sus pares.

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Les pregunto si piensan que, de alguna manera, esta realidad está cambiando. Si ven alguna posibilidad de transformación del paradigma en el que la igualdad de oportunidades sea posible.

El ejercicio que hacen es temporal, comparativo. Miran hacia atrás en la historia, piensan en sus madres y entonces dicen que desde esa perspectiva, se observan cambios importantes. De todos modos, hay un “sin embargo” en ellas. La historia no está cerrada.

Todavía hay mucha misoginia, mucho machismo. No solo en las personas grandes, también entre los de nuestra edad. Muchas personas que no saben y no se cuestionan nada, que es lo más importante para deconstruir este paradigma. Es fundamental hacer una revisión de nuestros actos, de nuestros pensamientos tan inculcados porque nacemos con ellos, nos socializan con ellos.

El silencio, por momentos, surge como una búsqueda de ideas. Quieren decirlo todo, porque no es fácil hablar en un mundo adultocéntrico y de varones, en el que la palabra es un recurso de poder.

“Manspleining” repiten. La validación de la voz masculina se convierte en la hegemonía de las opiniones – afirman. La respuesta aparece subrayada por la frustración y el enojo. Estos aspectos son fuertes indicadores de todo lo que nos falta aún. Pienso que la nota va a quedar con un registro de agónico pesimismo, en las palabras de jóvenes mujeres que parecen resignadas a no ver los cambios y sin embargo son ellas las que detienen mi pensamiento con la firmeza de su voz.

La lucha feminista nos ha permitido llegar donde estamos. Este es un viaje de ida. Entender un montón de cosas desde la perspectiva feminista te cambia la vida y no volvés a ser la misma. Cada uno tiene su proceso personal, por eso estamos en distintos niveles de deconstrucción. Hay que ser pacientes en ese sentido, pero también exigentes, porque así se procesan los cambios.

Falta entender cuál es la posición del hombre con respecto a esta problemática y entender que deben luchar contra su propio privilegio.

Somos el sujeto político de la lucha feminista y ellos, si realmente les interesa erradicar el patriarcado, deben hacer sus propios planteos, hablar del micromachismo, identificarlo para superar la violencia.

Me quedo con sus palabras, con sus propias definiciones del proceso histórico. Me quedo con la extraña sensación de injusticia, cuando hablamos de las adolescencias como personas a las que no les interesa nada y de pronto, si les damos la oportunidad de la palabra, nos aclaran un par de puntos al respecto.

Me quedo con la cuestión del uso diferenciado de los espacios públicos. Con el miedo injusto. Con la sensación de no tener garantías ante la mirada, la prepotencia verbal, o el intento de abuso del otro que cree que ellas están allí, para eso.

Me quedo, más que nada, con la fuerza prodigiosa de estas mujeres que conocen su realidad y tratan de incidir en ella.

¿Lo último? Lo último es para el otro, el que habita los espacios públicos sin la conciencia del miedo ajeno. Les propongo una cuestión: Identificar los comportamientos que deben ser modificados para ser agentes transformadores de la historia.

Gracias a Luna, Renata, Azul, Dafne y tantas otras que no pudieron dar sus nombres porque el miedo, es poderoso y sigue vigente.

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Deshabitando el silencio 

Texto: Roxana Rügnitz​​

“El mudo quiere hablar pero no puede; el que calla puede hablar pero no quiere, y es, precisamente, ese carácter de elección voluntaria el que carga de significación el silencio” C. Amorós, 1991

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 Foto: Mariela Benítez

En una tarde mansa del mes de mayo, nos encontramos con tres mujeres para quienes mayo representa algo más que un marco temporal. Ha llegado a ser, a través de los años, un espacio mítico, definido por el silencio. 

El hecho de escribir sobre el silencio es, en sí, un acto brutal que violenta su propia esencia. Mientras lo hago pienso en ellas. En la historia que las atraviesa. Pienso en sus voces como manifiesto de lo que pasó. Reviso mis apuntes, tacho y vuelvo a escribir, ninguna pregunta es suficiente, nada de lo que diga podrá tener la dimensión justa para abrir las ventanas de su memoria.

Hoy, este encuentro me conmueve en lugares que no sabría explicar. Debo romper un silencio, el mío, como un espectro invasor que pide permiso para entrar. El de ellas, como un acto reflexivo que interrumpe un antiguo silencio, desdibujado, inseguro, escondido en otras historias, el silencio del después.

El espacio lleno de los aromas del arte y del café, servido en las pequeñas tazas del Sorocabana, nos acoge. Las miro y trato de imaginar las que fueron en aquel encierro y lo que son, entre lo humano y lo simbólico. ¿Ellas son conscientes de eso? Sospecho que lo voy a descubrir en el encuentro.

Hoy, en SobreEllaS hablamos con Antonia Yáñez, Isabel Trivelli y Graciela Nario.

 

El inicio de la entrevista trata de buscar un registro de ideas y explicaciones previas como para ir acomodando el cuerpo.

Pienso en mi primera pregunta. La rebusco en mis apuntes, quiero sonar inteligente, quiero que esa voz que interrumpe el silencio tenga sentido y sin embargo, me doy cuenta de mi torpeza. Les propongo dos silencios. 

El silencio del encierro y el silencio en libertad. Ese binomio que podría conducir al silencio represivo de la prisión y otro, de alivio en el afuera, se invierte aquí o se complejiza. Son esos silencios los que les despierta la memoria y entonces hablan.

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 Foto: Mariela Benítez

Empieza Isabel. Una voz calma y precisa que va armando con sensibilidad el relato y nos instala en la vivencia de sus silencios, “desde la militancia hasta el encierro y la salida, la cantidad de encierros y silencios que hemos ido atravesando!!!!”. 

Me doy cuenta de que soy una testigo privilegiada, que lo más valioso en ese encuentro es verlas, sentadas, compartiendo con generosidad, una charla entre viejas compañeras y me callo para que sean sus palabras las que habiten el espacio.

Graciela, revolotea sus ideas y dice: “los silencios de la militancia nos marcaron. En dictadura teníamos que silenciar lo que hacíamos, lo que pensábamos y lo que éramos. Vivíamos esa dualidad, por un lado la vida de lo cotidiano, lo “normal” y por otro lado lo que hacíamos convencidas de alcanzar una utopía”. En sus palabras hay un registro de lo que aún no hemos elaborado. La historia reciente aún nos late demasiado cerca, parece que hemos elegido los silencios, las margaritas en los muros, mientras escondemos estos relatos en las voces de sus protagonistas, sin más. No lo sé, es más una idea, un impulso lo que me hace decir esto, movida por la rabia de una deuda abierta. 

“En la época de la dictadura, los grandes silencios estaban acompañados de grandes ruidos” – afirma Graciela- “en el encierro necesitábamos comunicarnos entre nosotras para saber qué le estaban preguntando a la compañera de al lado pero estábamos muy vigiladas, así que nos vimos obligadas a generar un sistema de comunicación y aprendimos a hablar con los dedos”.

Las tres se miran, y un subtexto recorre esas miradas, “cuando estás en el calabozo, el silencio que importa, es el que te permite oír lo que estaba pasando en el calabozo de al lado. También estaban los ruidos de los represores frente a nuestros silencios”.

Isabel asiente y agrega, “el calabozo donde estábamos era bastante silencioso. Al final del pasillo había una reja y el ruido de esa reja marcaba todo. Mientras esa reja estuviera cerrada, estábamos tranquilas, pero cuando alguien tocaba esa reja, su ruido lo cambiaba todo”.

“Y había otro silencio” interrumpe Graciela, “cuando estábamos en el cuartel con otras mujeres, éramos como cuarenta, algunas estaban con sus bebes, decidimos acallar nuestras voces pensando en esos bebes para quienes no podía ser bueno cuarenta mujeres hablando. Entonces elaboramos un sistema para hablar poco y bajito”.

Isabel recuerda otra forma de silencio distinta, el silencio de la clandestinidad y la mira a Antonia.

“Sí, el silencio de la clandestinidad dependía de las circunstancias. Muchas veces había que cumplir con los silencios del “aquí no habita nadie””, Antonia, la militante, la ex presa, la de la clandestinidad no deja de ser también la profesora de literatura que llena su relato de imágenes poéticas. La idea de una casa en la que hay una habitación “vacía”, me lleva, inevitablemente, al cuento de Cortázar, “Casa tomada”, no sé por qué, pero me imagino esa historia, desde el lugar del que habita sin habitar. “En esa casa había una habitación prestada, la casa seguía funcionando para el mundo, pero en la habitación no había nadie. Luego, la presencia de los niños en esas situaciones era otra cuestión. Tuvimos que hacer malabares para encontrarme con Pedrín, generar un contexto apropiado para él. Tantos momentos en que tuviste que silenciarte, es difícil explicar realmente qué significó entrar en la clandestinidad y que te detengan un día y entonces todo se acabe”.

“Cuando caés, el silencio podía ser tan fuerte como la palabra. Pienso en la cárcel, el ruido de la tortura, sí, pero también el ruido del ablandamiento”. La voz de Antonia nos devuelve a un lugar que bien podría ser el de un cuento. Cuando su represor instala la negociación, surgen las letras: viene el Quijote a rescatarla en medio de un acto brutal. Recuerda discutirle el tema de la negociación a partir del capítulo 4 del Quijote, para demostrarle que no era posible negociar entre desiguales. 

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 Foto: Mariela Benítez

Las palabras van tejiendo, en ellas, íntimas memorias y continúan. Hablan de los encuentros en el Penal, de las diferencias de voces y silencios entre las que llegaban y las que estaban hacía tiempo, de las herencias de la ropa y de la importancia de la salud. Aprender a cuidarse en espacios reducidos donde sólo había un baño, como una forma de resistencia, de no mostrar debilidad.

El silencio que no demoró en llegar, fue el silencio del cuerpo, de lo que significó ser mujer en prisión. Un silencio que primero estaba en ellas, en el hecho de no hablar de lo que les había sucedido. Ni siquiera en el encierro hablaban del cuerpo, de lo sexual. De pronto Graciela trae una imagen, “éramos cuerpos con capucha” y en esa frase, desaparecen.

Isabel recuerda que el tema sexual lo pudieron hablar, mucho tiempo después de haber salido. La pauta era otra, afirma Antonia. Hablar de política, del documento Santa Fe, pero no de ese tema. La salida las arrastra a otro silencio. Lo que les había pasado no importaba. No era significativo frente a las desapariciones, frente a las muertes. Las palabras sellaron un relato: “a nosotras nos pasó lo mismo que a todos”.

Veinte años después de la salida, aparecerá la necesidad del encuentro y la memoria. Ese será un encuentro de ellas, a solas, porque su historia, dirán “¿a quién le va a importar?”. “Nos callábamos para no ser víctimas ni heroínas”, esas palabras me golpean con fuerza las entrañas.

Las imagino en ese otro encierro, el de la libertad. El encierro del no hablar porque no era importante, porque había otras cosas que hacer. Las pienso, a todas, en un auto exilio que tardará veinte años en salir a la luz. Como resultado de aquellos encuentros, de voces privadas, aparecerán varias publicaciones que serán el registro público de la memoria de todas esas mujeres.  

Llegará luego, el tiempo de las denuncias judiciales. Sólo 28 mujeres denunciaron de todas las que eran. Ante ese número, Antonia puntualiza, “este fue un problema de todas las mujeres que fueron detenidas y todas las mujeres lo saben”.

Ahora que estoy, en la seguridad de mi casa, elaborando esta entrevista, decidiendo, como si se pudiera, qué incluir en la nota, me vuelvo a ellas, sentadas, hablando, teniendo el valor de decirlo todo y de volver a hacerlo presente. 

Me quedan latiendo en la memoria y el pecho, las palabras. Me queda la imagen del asombro de Antonia cuando cae y se encuentra con compañeras que estaban allí desde el 72. Me vuelven las palabras de Isabel diciendo, “no les interesábamos desde el punto de vista político, ellos hablaban de nosotras sobre si estábamos buenas o si éramos flacas”. Me asalta la rabia de pensarlas encapuchadas, desnudas, con sus manos atadas atrás y expuestas ante sus represores. Cuando pensamos en verdad y justicia, hay muchos más silencios de los que podemos imaginar. Hay muchas verdades aún no dichas, no escuchadas. 

Mientras el reportaje se va acabando, Isabel apunta “nosotras también tenemos que ir desapareciendo de la escena, porque la memoria no es nuestra. No es nuestro patrimonio”.

Y las tres concuerdan. Reafirman una convicción, la idea de que hay una fuerza en los más jóvenes que las llena de una esperanza que parecía perdida. 

Hoy sostenemos la memoria, como un símbolo, pero ¿qué hay detrás de ella, de qué se llena esa memoria? Debemos resolverla como sociedad, es una deuda, un vacío que aún permanece en estos puntos suspensivos….....

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 Foto: Mariela Benítez

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Texto: Roxana Rügnitz​​

Quiere ser un espacio donde se descubran las huellas, no siempre reconocidas, de las mujeres que tienen algo para decir.

Allí están, siempre,

en algún lugar del territorio están.

Con sus manos ajadas

con sus ojos cansados

con la piel acordonada

entre la fe y el rencor

Están ellas.

Aquellas mujeres

creadas

de barro y de viento

marcadas con el ancestral sello del pecado

Aquellas mujeres desvestidas, arañadas, soñadas, inventadas... cuerpos alienados

de una historia

que no las contó

Serán un recuerdo?

Serán ilusión?

Han sido vasija para otros

Deshilachadas caricias


 

En el territorio de su cuerpo

se batieron todas las batallas


 

Sus manos tejen

canciones y silencios

Han esperado tanto tiempo

Han anclado tantos deseos

Han compuesto sus versos, en pieles ajenas

pero allí siguen, siempre

Son Ellas, atravesando los mares de la historia

sembrando secretos

siguen allí

capaces de crear y transformar-se

porque sus puertas

fueron cerradas

en la noche de los tiempos

para impedir la voz

entonces esperan

alimentando un coraje escondido

esperan

Hoy somos ellas

y somos otras

En estas fronteras serán sus palabras un poco de agua

que alivie el dolor

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 Foto: Mariela Benítez

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