Bestiarios cotidianos

Notas mínimas sobre fragilidades

Cartografías, el arte de trazar deseos

Texto y fotografía por Virginia Mesías

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        Mi cuerpo es todo lo que yo no, todo lo que siempre tengo más allá. Más acá estoy yo. Es la única obra que algún día, tal vez, pueda construir. Es quien va a vivir mucho más después de mí. Mi cuerpo es todo lo que no tengo: es el que me responde seguro cuando hablo; cuando me muevo, él me alerta hacia dónde no ir; se enferma por mí, para quitarme del peligro. Él se expresa antes de que yo sepa qué vi, qué me sorprendió, qué me va a seducir, qué voy a desear cuando algo nuevo prende en la piel. Y es allí cuando ya nos desentendemos. Porque él vive por mí y yo nunca puedo alcanzarlo.

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         Este es su registro del deseo, no son sobre mí las historias que va a escribir, mi discurso no es fiable, pero su lenguaje sí, él sabe. Y comienzan las historias a hablar, antes de que el tiempo gire y me pierda, mientras alguien aún duerme en mi cama, solo. Porque mi cuerpo está de este lado de las puertas, escribiendo. Por eso, mi cuerpo va a comenzar por marcar los párrafos, para ordenar pensamientos en la prosa, cada sangría es un estado diferente de la reflexión, un estado diferente de su pulso que respira conmigo. A medida que la escritura en el papel va marcando ritmos, tonos, pausas —espacios en blanco que, ya sabemos, valen tanto como lo no dicho—, alguien duerme solo del otro lado del mundo; porque basta una justa puerta en mitad del hogar para dimensionar lo ajeno y lo conocido. Porque todo territorio cotidiano —laberinto sutil— guarda en su centro lo que no imaginamos: el tesoro y el monstruo al  mismo tiempo.

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       Pensamiento, emoción, prosa: notas sobre el deseo para que, cuando deba reaccionar, lo escrito pueda ser encontrado cerca. Porque es necesario estar bien despierta, bien alerta, todo lo que no se hizo antes para saber qué es lo correcto, pero no, él dice otra cosa, me va a soltar y me va a desviar. Sin  hacer de cuenta que. Y el café está listo y él escribe, por fuera de todo. Él solo escribe, dueño de sí —y de mí, claro—. No pensar, me dice, sin líneas de voluntad; primero lúcida, luego librada, nunca, nunca ciega. La certeza de la acción indicada, de los gestos tan medidos; nunca hacer de cuenta que. Primero, la búsqueda; luego, la apuesta, porque es amplia la llegada como las posibilidades de huida. Y cuidado con el ánimo de deseo constante y consecuente, no es seguro, no es. El cuerpo lo sabe y ríe y continúa escribiendo, y yo lo miro y desespero porque sé que no lo puedo detener, no. Y sé que es el momento de cortar con el hábito, de salir y desprender. Todo lo que no encaja se limpia.                  Porque el lenguaje me oculta, me encierra y tapa todo respiro. Por eso voy a girar el mundo, lo voy hacer andar en mi sentido, voy a mirar lo oscuro. Y, entonces, se acaba la tinta con la que mi cuerpo escribe y es necesario cambiar de herramienta, de instrumento y de papel. Como papel, mi piel; como piel, mi cuarto, mi zona más cerrada. A veces, buscamos coincidencias, señales de buena fortuna incluso en una hoja. Nada de esto ayuda, ni siquiera el diccionario. «Dejar que el movimiento de las cosas me lleve», dice.

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Texto y fotografía: Virginia Mesías

Ánima

Texto y fotografía por Virginia Mesías

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Atribuí enseguida mi equivocación al cansancio,

a la oscuridad de la casa, y a ese deseo mío de

encontrar cosas raras por todos lados.

María Inés Silva Vila

    Hay un tiempo particular en esa falta de luz de la mañana más temprana, más honda, más alba. En esa parte última de la madrugada, cuando el resplandor débil del cielo aún no alcanza el límite que la ciudad le marca para ser día. Porque madrugada también se llama el tiempo durante el cual amanece. Alba también es el último cuarto en que se divide la noche: en todas sus habitaciones y pasillos y escaleras y azoteas que no alcanzamos nunca a ver a dónde nos llaman. Si no el alba está en desuso ahora —como tantas otras expresiones ambiguas o arcaicas que olvidamos y perdemos porque no sabemos qué hacer con ellas—; se utilizaba para responder a quien preguntaba lo evidente, lo obvio (desobviar, desconfiar de lo obvio, me dijeron un día). Y ¿qué hay, entonces, allí en ese último pasaje de la noche? ¿Qué rastros del sueño, de lo guardado tan adentro se muestra al abrir el primer ojo (o era el tercero)? Al salir de la sábana que envuelve un cuerpo que es otro, porque nunca es el mismo despierto que perdido en esa extrañeza del otro espacio, del otro hueco, ese del cual, en algunas ocasiones, no salimos.

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    No salimos por lazos y brazos, hilos y aires, sombras que nos quedan encima, alrededor, dentro nuestro y capturan el ánimo. O el ánima, que —dicen— es una cosa que se mete en el hueco de algunas piezas para darle solidez. Aire, espíritu, cuerpo, cuenco, materia, sustancia. ¿Cómo sacar, entonces, el cuerpo de ese estado, de esa circunstancia? ¿Cómo llevarlo durante el alba hacia la primera luz gris? A través del blanco y negro que nos atrapa hacia adentro. Pero ¿qué suena escondido en la zona más descampada de la conciencia cuando despertamos? ¿Qué música? ¿Qué discurso circular? ¿Cuánto traemos de la oscuridad del sueño y conservamos mientras comenzamos a ver los contornos difusos de las cosas que no tienen forma aún? ¿Qué buscamos en esa hora? ¿Qué se esconde dentro que necesita esa sombra tan diferente, tan transparente, para circular desde nosotros hacia ese afuera de silencio sin otros? Sin nada porque se manifiesta en un no tiempo: ya no es la noche ni la madrugada, aún no comienza ningún día, solo nosotros. Solos. Tampoco hay pensamientos definidos, no deberían. Son humos, fantasmas, nuestras propias ánimas que hablan bajo durante ese transcurso sordo y vidrioso de claridad, que comienza a filtrarse y abrirse en apenas retazos de luz frágil. Frágil el alma. El sentimiento de no estar aún en ningún lugar. La sensación de no pertenecer y habitar un cuerpo que aún no es nuestro, que aún no existe; la certeza de otra realidad que respira allí mismo, dormida detrás de la puerta de esa habitación a la que no entramos todavía para abrir las ventanas; esa otra posibilidad que espera sentada en el mismo sillón al que vamos junto al café; ese otro mundo que comienza a observarnos alucinado, mientras negamos despertar y suena el primer pájaro y aparece la primera nube rasgada. Esa otra yo misma que acecho con deseo, con inquietud, pero no arriesgo.

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Bestiarios cotidianos

Notas mínimas sobre fragilidades

Los Bestiarios son, en la literatura medieval, colecciones de relatos, descripciones e imágenes de animales reales o fantásticos; obras en las que se presenta una amplia nómina de animales a los que se confiere una significación alegórica o se les convierte en símbolos de una determinada virtud. Dice Fidel Sclavo en “El elefante y la hormiga. Un bestiario” que la función de estos libros era marcar el territorio de los miedos y exorcizarlos de la siguiente manera: reunir todos los monstruos en un libro, para encerrarlos allí, como quien oculta sus fantasmas en un lugar determinado. (…) La pasión por lo extraño, lo maravilloso, lo inusitado, lo mítico, no se contradice con la repulsión que genera el monstruo… Además de lo anómalo y repugnante, representan el cauce por el que circulan los sueños de la huida.

 

Estas son crónicas íntimas de una vida común, como la de ustedes, ustedes que saben también que los monstruos están ahí, acá. Se sientan con nosotros cuando cierra el día y comienza la noche, nos toman de la mano, nos escuchan, duermen en la misma almohada. Y a la mañana se mantienen durante el café, mientras dura ese tiempo sin vigilia aún, el tiempo en que los escribo. Para no olvidar peligros, para saber qué piedras se instalan en el pecho, en el estómago, en el cuerpo.

 

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Son apuntes del día. Debilidades cotidianas. Todo lo que no puedo salvar, todo lo que se me escapa y escribo para que el polvo no se lo lleve, y a mi con él, con ellos. Registros de aquello que despierta conmigo y se dispersa en las horas, en el hábito de vivir como me enseñaron: salir, trabajar, estar bien, tener amigos, cuidar la familia, sonreír. Después vuelven. Ellos siempre vuelven. Son las amenazas que nos cercan. Y ellos no nos abandonan. Porque los deseamos, muy oculto, los deseamos.