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  • Piel Alterna

Mujeres de carnaval: deconstruyendo a Momo

Texto: Roxana Rügnitz. Fotografía: Mariela Benítez

Escenidades



No estoy aceptando las cosas que no puedo cambiar,

estoy cambiando las cosas que no puedo aceptar.

Ángela DAVIS


Transcurre febrero y se va desarrollando en nuestro país la mayor de las fiestas: el carnaval más largo del mundo. Un despliegue de creación donde la cultura popular uruguaya encuentra su más importante espacio de representación y referencia. Durante un mes, todas las noches los conjuntos recorren a marcha camión distintos tablados enclavados en los barrios, para presentar sus espectáculos, parte del gran concurso llevado a cabo en el Teatro de Verano de Montevideo.


Cuenta la tradición que, con excepciones, el carnaval ha sido un lugar habitado por varones. Hoy, verlo con más mujeres en la escena es una señal, aun cuando parece un espacio en permanente disputa. Para hablar de este tema, Piel Alterna se encuentra con algunas de esas mujeres. Nos recibe Sala Emilia, un espacio de impulso creativo de Jimena Márquez y Luz Viera.


El encuentro estuvo atravesado por esa rara emoción que envuelve al carnaval. Las llegadas, los reconocimientos, los abrazos mientras nos preparábamos para lo que iba a ser un disfrute, más que una entrevista.


Hablamos con Antonella Puda y Jimena Vázquez de Los Muchachos; Jimena Márquez y Luz Viera de Queso Magro; Abril Pereira de Valores; Carolina Pastorino de Diablos Verdes; Emilia Díaz y Camila Sosa de Doña Bastarda.



El disparador fue simple y obvio. ¿Qué implica ser mujeres en la fiesta de Momo? Jimena Márquez abre el juego, recordando un encuentro con Pochola Silva (2) que permite rescatar un legado femenino en el carnaval mucho más antiguo de lo que creíamos, aunque siempre definido por el conflicto. Esto se subraya con la anécdota que nos trae Jimena: «Nosotras la fuimos a buscar y ahí nos cuenta sobre esas historias de cómo a las mujeres que desfilaban en carnaval les gritaban ¡putas, putas!”».


Luz, con la mirada atenta y una sonrisa dibujada en el rostro, aclara las diferencias de los conjuntos que, si bien se establecen por sus categorías, también se dan porque algunos, como los humoristas —es el caso de Cyranos— siempre tuvieron mujeres.


Cuando Jimena Vázquez interviene, lo hace con la misma confianza con la que sube a escena y toma la palabra: «También es cierto que las mujeres que salimos en los conjuntos de carnaval tenemos ahora más participación que antes. Tenemos a Márquez como cupletera en Queso Magro, a Emilia como cupletera en Doña Bastarda.(3) Ahora hay mujeres liderando la creación, con roles más centrales y antes eso no pasaba».


Esa idea instala un trayecto histórico que queda latiendo, un proceso reconocido que se delinea en todos los niveles sociales, donde las mujeres hemos tenido que conquistar los espacios. Ellas están tomando el territorio del carnaval, sus voces resuenan, con una conciencia del tiempo que les toca vivir. En este relato se suma Emilia Díaz, apuntando ciertos conceptos claves: «En los tiempos de pos Varones Carnaval, que agradezco, es un gran desafío incluir mujeres en el «patriarcado de Momo». No es solo tener mujeres en el conjunto, es también definir el lugar que ocupan. Es interpelarse hacia la interna del grupo, porque esto está moviendo todo. Se percibe, las ideas están ahí y salen en la conversación abajo del tablado, en las bañaderas. Eso, las bañaderas están cambiando».


Luz acuerda con ese cambio, señalando la evidencia en cómo se procesan en cosas mínimas, incluso los chistes son otros. Respecto a eso, Emilia se acuerda de una anécdota, de la garganta seca, de la dificultad para sostener la voz tantas horas, de los recursos buscados para resolver el problema y ahí, justo ahí, se da la cuestión, lo que podría haber sido y no fue: «Un día, en uno de los cambios, encontré una banana y pensé en probar, a ver si me ayudaba con el tema de la garganta, cuando subo a la bañadera grito bo, Lolo, te comí la banana, entonces me di cuenta de lo que había dicho. Esperé la reacción, el chiste fácil, pero todos estaban en silencio, nadie se rio. Me sorprendí, pero un compañero dijo: las cosas están cambiando, ya no da gracia».


Carolina lo define, con una simpleza magnífica, como la libertad de estar y ser sin tener que reprimirse por los varones. El tema estaba en el aire, no se podía obviar. Las cosas cambian y las denuncias se acumulan, para que cambie para siempre. Entonces Jimena da el puntapié: «Me di cuenta, de repente, que en todas las notas que me hacían, de todos los medios, siempre me preguntaban por el tema de Varones Carnaval, pero nunca vi una nota en la que se le preguntara a ellos cómo se sentían al respecto».


Vázquez se suma: «Sí. Somos nosotras las que hablamos del tema, incluso a la interna. Es necesario que ellos también lo encaren. El cambio social tiene que venir desde un cambio de perspectiva, de romper el género. Esto es una revolución de todxs. El cambio artístico responde al cambio social». Así fue como surgió el tema de Varones Carnaval en todas, incluso desde sus cuerpos en el espacio.



Carolina Pastorino arranca, como si tuviera el tema atrapado en el buche, preparado para salir: «Cada situación que se iba denunciando estaba conectada a mi experiencia. Entonces pensaba ah, si yo hablara”, pero eran los compañeros y lo dejábamos pasar. Hoy me doy cuenta el gran acto de valentía que representó hacer esas denuncias, ponerle voz a lo que estaba pasando. Abrieron una puerta que nos interpela a todxs, desde todos los lugares». Abril interviene para dar una visión que quiere ser confesional, honesta: «Sin duda no nos tomó por sorpresa, no vamos a pecar de ingenuas. Veíamos ese relato reproducido en nosotras tantas veces, siempre la misma secuencia de acciones de acoso».


Es Márquez quien les pregunta a las integrantes de Doña Bastarda sobre una canción específica, sobre la vivencia y el vínculo con los hechos.


Camila Sosa habla desde la convicción, son parte activa del proceso que vienen elaborando y por eso nos dice: «Con respecto al tema de las denuncias, el espacio de charla existió siempre hacia la interna, desde el minuto uno. Cuando yo entré no habían denunciados porque ya se había bajado uno. Yo quería saberlo todo al respecto. Era un tema que había que hablar y lo tomamos como prioridad. Fuimos nosotras con Emilia las que dijimos que queríamos tocar el tema varones” desde la propia murga. Ellos nos dijeron que no se sentían preparados para hacer una canción al respecto y nos pareció re honesto de su parte. Eso nos dio la oportunidad de hacerla nosotras. Así se convirtió en la canción de las gurisas”. Cuando aparecieron de nuevo las placas, volvimos a tener una instancia de dolor y decidimos no cantarla».


Emilia, con el ceño fruncido no puede dejar de expresar lo que siente: «Cuando aparecieron las placas me negué a cantarla, porque si no iba a tener organicidad y coherencia hacia la interna, no me parecía honesto».


Se percibe en todas, un conflicto, una batalla que, saben, tienen que dar. Por un lado, el golpe en cada denuncia —necesaria y sostenida desde la interna—, pero que abre nuevas heridas. Por otro lado, el espacio conquistado que están defendiendo por ellas y por las que vienen. A esas tensiones se suma el reclamo que se les hace de afuera por ocupar ese lugar. Como casi todos, este es un territorio minado de acoso y violencia, pero también del dolor de la acusación que las señala por estar ahí, como si fueran ellas el problema. Sobre eso es Márquez que afirma: «Cuando nos caemos entre nosotras, desviamos el foco del asunto».


Cerrar una entrevista nunca es fácil, mucho menos cuando se está hurgando sobre temas complejos. Sin embargo, ellas son mujeres con una profunda conciencia del lugar que ocupan y de lo que hacen, no se dejan definir por la bronca, trabajan para una transformación continua. Es desde ese lugar que proponemos la última idea. Ellas pertenecen a un tiempo que es mojón. Un tiempo de cambio. Lo saben, se hacen cargo y cierran con sus voces entreveradas y, aun así, tan claras. «Estamos transformando, sí, con todo lo que esto implica —dice Carolina—, porque a la interna damos las batallas que hay que dar para el cambio, pero desde afuera aguantamos los palos».


Jime Vázquez también sostiene esa idea: «Cuando yo hacía humoradas, hace años, liderada por mujeres, creíamos estar inventando la pólvora. Todo el tiempo había que explicarles que, como mujer y actriz, me dedicaba a hacer comedia; hoy ya no es necesario. Hoy somos mujeres que hacemos carnaval en todos los espacios y eso ya no es un conflicto».


Desde la perspectiva de Emilia aparece otro aspecto: «Yo creo que también estamos transformando al feminismo, porque los mandatos patriarcales están en todos lados, aún en el feminismo. Nosotras estamos dando la pelea, como artistas, en estos espacios y es difícil el cuestionamiento de las compañeras feministas hacia nosotras».


Hoy son muchas más en el carnaval y se reconocen, se miran entre tablados, se refuerzan mutuamente tejiendo esa potente red que sabemos y que es la más poderosa de las armaduras. La historia nos cuenta que alcanzar esos espacios, históricamente determinados por varones, ha costado mucho. Es necesario defenderlo y por eso nos necesitamos en esa red, porque no es fácil y la renuncia no es la solución. La idea que dejan es clara, la transformación es entre todxs y por todxs, porque somos parte de la especie humana.




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  1. El Rey Momo es uno de los personajes centrales que preside el carnaval.

  2. Juana Pochola Silva nació en Las Piedras, Uruguay. En la década de los 60 fue la primera mujer que se paró frente a un coro de murga integrado solo por mujeres.

  3. Queso Magro y Doña Bastarda son murgas.


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