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  • Piel Alterna

El cuerpo en la piedra

Texto y fotografía por Virginia Mesías

Cuerpos en Tránsito

Notas acerca de la creación




La presencia de la figura femenina en el arte escultórico de la ciudad se reduce a jardines, parques y museos. Por lo general, son maestras o madres acompañadas de su oficio, de su vocación: niños alrededor. Salvo estos ejemplos, los cuerpos de mujer se representan semidesnudos o desnudos por completo (no es el caso de las figuras masculinas) y como criaturas prácticamente míticas —sílfides o musas—. Rara vez son siluetas en situación de poder o independencia: independencia de los niños a los que educan o crían, de los esposos a los que pertenecen, de los artistas a los cuales inspiran, de los parques de los cuales forman parte como un adorno.

No están en movimiento de avance o de firmeza, no miran desde un pedestal dominando su alrededor, no conquistan ninguna avenida ni marcan la entrada de ningún edificio de importancia política o cultural, salvo que sean representaciones simbólicas de alguna idea altruista: libertad, constitución, entre otras. Es interesante buscar, en el espacio público, aquellas pocas esculturas que tienen una actitud —a veces espontánea o involuntaria— de deseo, de soltura. Busquemos con atención, porque están sumergidas en otro circuito, paralelo al de las estatuas imponentes o victoriosas (con caballo incluido muchas veces, claro, continuidad viril, digamos).



Entonces: ¿por qué se esconden el cuerpo y el deseo en la representación de la mujer en la ciudad? ¿Por qué la estatuaria urbana no habla en otro registro? ¿Cuál sería el perfil de la ciudad si aparecieran mujeres (en piedra, claro, aún es difícil de otro modo) desprendidas, quitadas, descontextualizadas de esos sitios reducidos donde fueron ubicadas y, en cambio, se manifestaran en lugares visibles por los cuales, en cualquier momento, cualquier habitante de la ciudad pasa? Para verlas, es necesario el viaje hasta el parque, es necesario llegar hasta el jardín, hay que entrar al museo para encontrarlas. Quitémoslas deliberadamente del espacio impuesto y saquémoslas a la calle, que crucen las avenidas y se apropien de los edificios de valor histórico para que, así, adquieran otro significado. Resignificar el cuerpo femenino en la escultura urbana y pensar con qué materia emocional caminaríamos sin tanto prócer victorioso controlando la dinámica cotidiana.

Habría que ver qué sucede en el interior del país y en América Latina. ¿Cuál es el lugar, no solo de la mujer, sino del cuerpo en la ciudad? ¿Qué representación se hace? ¿Por qué desnudarlo o envolverlo en tules? ¿Por qué transformarlo en algo angelical o vaporoso, poco físico, poco material? ¿Para qué esconderlo entre flores, entre árboles y caminos de un parque, entre bancos de un jardín, entre galerías de un museo? ¿Por qué no soltarlo en una plaza central?




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