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Piel Crónica

Lo que la boca no dice, el cuerpo lo grita

Texto y fotografía por Mariela Benítez

Sean invisibles: escuchen lo que la gente tiene para decir. Y no interrumpan. Frente a una taza de té o un vaso de agua, sientan la incomodidad del silencio. Y respeten.

Leila GUERRIERO

Zona de obras

Siempre me ha atraído ese espacio minúsculo, el espacio que ocupa un solo ser humano… Porque, en verdad, es ahí donde ocurre todo.

Svletana ALEKSIEVICH

El fin del «homo sovieticus»

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¿Cuántas formas de sobrevivencia aguanta un cuerpo que otros arrebataron para su propio consumo dejándolo atravesado por un profundo dolor? ¿Cuánto dolor soporta ese cuerpo al que se le roba parte de su vida? La mayoría de las mujeres que terminan en situación de explotación sexual comenzaron siendo niñas abusadas en su entorno familiar, invisibilizadas enfrentadas a la incredulidad y la indiferencia.

Acercarme al dolor de algunas de esas mujeres significó ir con cuidado. Escuchar en silencio, mirar. Luego, asumir que no todo puede ser explicado porque, como ellas me enseñaron, cuesta visualizar lo vivido y además, ponerlo en palabras. Sus cuerpos duelen, se sienten rotas. Lleva tiempo recomponerse y lo roto se vuelve constitutivo de su «ser mujer» hoy. Acercarme a esas mujeres fue una experiencia dolorosa y llena de vida, de resiliencia y dignidad, porque así son ellas. Y, finalmente, acercarme a esas mujeres me hizo ver que todo lo que han vivido y otras aún viven sucede en cualquier barrio o cuadra: el hogar puede ser el primer refugio, pero también el primer infierno. 

Pedí permiso a Karina Núñez y Sandra Ferrinni para entrar en su «espacio minúsculo». Cada una, a su manera, fue contando lo que quiso y pudo, con voces firmes y cuidadosas de sus seres queridos. Fueron encuentros generosos, extensos e intensos, atravesados por silencios incómodos e íntimos. Se los agradezco profundamente.

Karina Núñez: «Yo me construí siendo una trabajadora sexual». Cuando le escribí para concertar un encuentro, Karina me respondió con la misma franqueza y calidez con las que me recibiría a la semana siguiente en la casa donde vive. Luego me llevaría a su «bunker» tan repleto de ella: armarios, mesas, fotos, cajas con ropa, libros, folletos, cartitas, sus libretas, el colchón donde duerme y un colchón extra para recibir y contener a mitad de la noche, a alguna compañera en problemas.

Ella se presenta como «una mujer feminista, popular, reduccionista del trabajo sexual. Soy cuarta generación de trabajadoras sexuales y de mujeres explotadas sexualmente […] mi tatarabuela no se puede decir que fuera trabajadora sexual porque, al ser esclava, ni siquiera era dueña de sí. A las que sí se les reconoció, pero para increparle el hecho de haber abandonado a sus hijos por estar changando, fue a mi abuela, a mi madre y a mí». Pasado y presente hacen de Karina una mujer militante con conciencia de clase. Conciencia que agradece por un lado a su padre, ese hombre que decide ser su papá: «A él le debo la voz: soy la hija de un sindicalista, preso político y de una trabajadora sexual, eso es lo que me hace tener voz»; y, por otro, a las mujeres con las que se cruzó y se vio en sus fortalezas para salir del aislamiento generado por el sistema de explotación y el estigma que conlleva el trabajo sexual.

En su relato aparece el dolor en el recuerdo de una infancia violentada por el mundo adulto. En dictadura, vivir las persecuciones de los milicos, las burlas, el hacerse cargo de sus hermanxs, defender a su madre a las trompadas cuando le decían «puta», de no sentirse amada, del abrazo seguido a la paliza. Y lo más doloroso fue que no le creyeran cuando cuenta «que me siento en la falda de un tipo por una moneda para el yogurt. El único momento en que yo digo “eso fue explotación y yo no me lo merecía”. Esa secuencia, que fue poquito tiempo comparado con lo que vino después… me dolió horrible».

El abuso y explotación sexual de niñas, niños y adolescentes es una de las peores formas de violencia, porque lxs transforma en mercancía y víctimas de relaciones asimétricas de poder, devastándolxs emocionalmente. Y es la puerta de entrada a las situaciones de prostitución en edad adulta.

En los últimos veinte años, Uruguay se ha ido poniendo a tiro del marco jurídico internacional respecto a la protección de lxs niñxs y adolescentes (violencia doméstica, Código de la Niñez y Adolescencia, violencia sexual, prevención y combate de la trata, por ejemplo). Sin embargo, ese marco legal no siempre se acompaña con presupuestos que permitan sostener esa lucha que demanda estrategias interinstitucionales y proactivas, sin depender de las denuncias que puedan hacer las propias víctimas.

Karina cuenta que recién pasados muchos años logró reconocer que lo vivido entre los 12 y 18 años, era explotación sexual. En aquel momento, la esquina, la frontera o los camiones eran la forma de escapar de su casa, y eso lo «sentía como el paraíso». De los 18 hasta los 26 ejerció la prostitución y luego, hasta los 48 años, se define como trabajadora sexual por contar con la libreta de profilaxis venérea, expedida por el MSP.

En nuestro país, la prostitución se legalizó en el 2002, con la Ley 17.515, que hoy las trabajadoras sexuales organizadas quieren modificar por punitivista y sanitarista. A pesar de la ley, la situación de las trabajadoras sexuales sigue siendo precaria, inestable, sin garantías ni derechos laborales, siempre al borde de las redes de trata y sin demasiadas políticas públicas que les permitan visualizar otras perspectivas diferentes al trabajo sexual.

En la salud, existe una violencia sistémica y humana: que Karina recién a los treinta años tuviera su carnet de asistencia con su nombre, porque antes solo decía «meretriz», ilustra lo inhumano que puede volverse ese sistema. Otro ejemplo, «en el hospital de Paso de los Toros tuve un aborto espontáneo. Ni yo sabía que estaba preñada. Me dejaron ocho horas en una sala fría a que llegara la muestra de Tacuarembó para ver si el aborto era espontáneo o provocado, chorreando sangre en la camilla. Y mientras la mujer me estaba haciendo el legrado sin anestesia, la ginecóloga me decía “no te quejes porque si te gustó hacerlo, tenés que aguantarlo, porque si tuviste el corazón para abortarlo, tenés que tener el corazón para que te lo saquemos”. Más adelante, estaba junto a una compañera a quien las enfermeras no quisieron asistir y yo le recibí a su hija muerta en una chata». O «las compañeras trans, que, para obtener la libreta, la técnica laboratorista las mandaba hacer los exudados al baño público, les salían mal y era Benzetacil todos los meses porque las muestras estaban contaminadas porque el baño estaba sucio; o «el médico que le da un diagnóstico de VIH positivo a una compañera trans, gritándole en el pasillo: “vo, vení acá que tenés sida”. Ella salió y se colgó del puente».

La escritura que se convirtió en un espacio de fortalezas ayuda a comprender: la entrada a la prostitución nunca es libre y voluntaria, más allá de la autopercepción de «que tengo sexo con quien y cuando quiero». Hay múltiples factores que encadenan las decisiones: la pobreza, la soledad, el abuso, el entorno familiar y social, el desamor, el estigma y la autodiscriminación. Luego, se vuelve muy difícil salir: «Cada una va creando sus propias estrategias del no dolor, sin darse cuenta que es una estrategia de supervivencia. Vos hacés cosas para no sufrir. No te das cuenta porque no te consideras parte del todo y la sociedad se encarga de hacerte ver que no sos parte del todo de ellos, durante el día por lo menos. O lo tomas como un lastre o como una forma de aprendizaje, pero olvidar o reconstruir no podés. Cuando una mujer vive muchos años en el ejercicio del trabajo sexual, se vuelve constitutivo». Una vez dentro, la discriminación y la violencia institucional (policía, médicos, justicia) termina cerrando el círculo. Apunta Karina, «el discurso que tienen los proxenetas nos mantiene alejadas del resto de la sociedad, en un submundo que solo ellos dominan porque, si no, ¿cómo se explica que una trabajadora sexual confíe más en el proxeneta y narcotraficante que en un policía o juez? Cada mujer tiene un switch que vos desconectás y se desconecta del mundo. Cuando él conecta con ese switch, cagaste. Casi todas las mujeres que no permiten que las acompañes es porque vienen de una soledad desde muy chicas y entonces no creen en nadie». La soledad de la puta y vivir en la vorágine para enfrentar lo que venga, no bajar nunca la guardia, darse contra todo y responder, siempre responder.

Con el tiempo, el cuerpo da pistas de lo vivido. Karina me cuenta: «Hacía tres o cuatro meses que ya no estaba trabajando en la calle y por primera vez me estaban pagando un sueldo, me despierto una noche como loca porque tenía que salir a parar porque ta… tenía hambre, tenía un vacío en el estómago impresionante. Y me levanté, buscando mis zapatos de trabajo, mi cartera de laburo… Por allá, no sé qué clic hice y abro la heladera y está llena de comida. Había comida. Acerqué la silla con la puerta abierta y me puse a llorar. Yo me había despertado convencida de que tenía que salir porque no tenía comida y me chiflaba la panza. Eso fue hace casi un año, cuando dejé de laburar. ¿Entendés? Eso de estar todo el tiempo a la expectativa». Abrimos los ojos frente a un acto reflejo y vemos nuestra propia desnudez. Y hoy que ya no ejerce el trabajo sexual, «la verdadera Karina…está empezando a florecer. Karina como palabra propia. Mi Karina. Y estoy hecha mierda. Me duele el alma, me duele todo el cuerpo».

La herencia del «buen decir» de su abuela y madre, la voz de su padre militante y su estrategia guerrera para sobrevivir permiten que hoy diga lo que piensa. Reclama deconstruir el maternar, deconstruir la romantización del parir: que parir cuando no se quiere ser madre «es traer gurises a que se mueran en una sociedad de mierda, porque ya desde la panza eran para no estar». Luchar contra el patriarcado es resignificar a Lilith para que cada mujer viva su sexualidad libremente y enseñar «a los varones que el acceso a los cuerpos de las mujeres es solo y cuando las mujeres quieran y en las condiciones que las mujeres quieran y que no van a ser menos machos porque sean esas las condiciones. Que no tiene la obligación de poseer el cuerpo de la mujer. Que la humanidad no pasa por el glande». Y lograr que las trabajadoras sexuales tomen la palabra para ser ellas quienes cuenten sobre sí mismas y no seguir siendo «objeto de estudio de la academia» 

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No hay biblioteca que pueda relatar, explicar y comprender lo vivido por los cuerpos de las mujeres víctimas de explotación y trabajadoras sexuales, Karina dice: «Nos apropiamos del capital. Nosotras tenemos todo, la voz, los insumos, todo es nuestro. Si querés hablar de prostitución, ponete los tacones y salí a changar. Y entonces, si alguna compañera accede hablar de prostitución, pagale el polvo, porque su saber también vale. Esa discusión entre abolicionistas y regulacionistas es entre conchetas con plata que tienen la panza llena porque ninguna creció con las tripas pegadas al espinazo y hablan porque el aire es gratis. Es mucho más fácil venir, hacer test y hablar sobre los pobres que empobrecerte para poder ganarte un salario. Eso lo tengo clarísimo».

Desde siempre, sus libretas y cuadernos la han salvado. Ha publicado varios libros en los que, desde su propia vida, reflexiona sobre la trata, explotación y trabajo sexual. Me quedo con una frase que Karina escribió en una libreta que generosamente me prestó: «Cuando lo que pasas, el cuerpo no lo olvida, es imposible que ese rescoldo disminuya mis ganas de intentar que no pasen otras gurisas por lo mismo que yo. Así que ahí está el motor que me mantiene en marcha», 23 de julio del 2021.

Sandra Ferrinni: «Mi madre me hizo una muñequita para los pedófilos». Sandra me espera y me recibe cálidamente en su casa. Los espacios son oscuros porque no resiste mucha luz de afuera, «se siente observada». Habla bajito: «Soy Sandra Ferrinni, sobreviviente de trata y activista contra la trata de personas y contra cualquier tipo de violencia».

Nació y creció en el Cerrito de la Victoria, barrio parecido a tantos otros que conocemos, con veredas, jardines, vecinxs, esquinas, niñxs, placitas. Su madre, docente; su padre, empleado del puerto; un hermano del que no quiere hablar; un abuelo bueno y muchos tíos abusadores. Tenía como vecinos a un viejito panadero y su esposa, que le enseñaba a tejer con un perro que ella veía como el dinosaurio de los Picapiedras. Su mamá le compró cincuenta y dos muñecas, la llevaba a la peluquería, la cuidaba como a una princesa.

Su infancia terminó cuando tenía ocho años: «Mi madre me lleva a la casa del vecino, cantero de por medio. El día que yo salí de la casa del vecino, él quedó tirado, yo di unos pasos para atrás, crucé a mi casa y mi tío me abusó. Ella se puso a cocinar y me amenazaron con matar a mi padre si contaba algo. Entonces me callé por mi padre. Pensé que era lo que me tocaba. Yo todavía estaba sangrando del abuso del vecino cuando me abusa mi tío. Una vez fui al pediatra y le dije que me dolía mucho la pelvis y le dije lo que me hacían y él me dijo que era una mentirosa y que se lo iba a contar a mi madre, yo me puse a llorar y le pedí que no le cuente a mi madre porque sino me iba a mandar con más vecinos. Me hizo poner en una camilla y me empezó a tocar… a los años me di cuenta de que me estaba tocando, me estaba metiendo el dedo. Entonces, ¿a quién le podía creer yo? En la escuela, le abrían el portón a cualquiera que me fuera a buscar, el doctor que me tocaba». La vulnerabilidad de un cuerpo cosificado y una psiquis violentada. Vidas partidas a las que la sociedad indiferente margina, estigmatiza y deja solas: «Yo me quise matar a los nueve años porque no soportaba la situación, apenas se ven las cicatrices con los años. Tomé insecticida, batí un huevo con vainilla y le metí el insecticida. Y agarre un frasco de pastillas porque en las novelas, todos se matan con pastillas. Me tomé un frasco de pastillas y era vitamina A». 

La historia de Sandra va de la mano de su madre que la entregó, manipuló y explotó: «Si tu madre te enseña a cocinar, vos te quedás con esa receta. Y mi madre me enseñó a ser puta y yo me quedé con eso». Luego del abuso inicial, a Sandra no la dejaron jugar más ni con las muñecas ni con las amigas, primero, porque su madre la llevaba con los papás de sus amiguitas, y, segundo, porque esos papás no dejaban que sus hijas jugaran con ella. Ella se había vuelto «la loquita de la cuadra» y no ellos los pedófilos.

«Cuando tenía doce años, me hicieron los pechos con aceite de avión. El dolor que yo pasé cuando me los hicieron. Me agarraban de los brazos y me inyectaban con una aguja de caballo. Yo era chatita y me quedaron unos pechos enormes. Yo no quería ese cuerpo. Yo quería el cuerpo de niña». A las víctimas nos vuelven «diabólicamente bellas», puntualiza.

Sandra pasó por esquinas y whisquerías, dando parte del dinero a su madre que luego la entregaría al proxeneta que la termina llevando fuera del país, con documentos falsos. Antes, cumplió un sueño: «Yo me quería casar. Pasaba en la esquina con treinta tipos que se me tiraban arriba, pero me tenía que casar vestida de novia, con la marcha nupcial. Y todo lo hice con la plata de la esquina. Yo estaba apurada porque me quería ir de lo de mi vieja y me casé en la Gruta de Lourdes. Él no quería que trabajara…en ese momento, porque después sí… él me vio cuando me llevaban a Europa». Y, en ese momento, su madre se queda con su hijo, «la niñera más cara del mundo: mi vida tuve que dar para que creciera mi hijo».

«Y cuando venía, traía cinco mil dólares y se los quedaba ella. No quería que viera o hablara con nadie. Seguía estando presa porque a donde iba, me seguía un coche. En general los proxenetas que vienen, lo hacen en octubre y se van en marzo, cuando termina carnaval, que yo le llamo el tiempo de cosecha. Y esos proxenetas te están vigilando de que no te vayas ni hables con nadie».

Estuvo treinta y siete años en la red de trata, en varios países de Europa y el funcionamiento es el mismo: proxenetas que manejan a muchas mujeres indocumentadas o con documentos falsos, vulnerables, aisladas, ejerciendo la violencia y el abuso. Para ellos, las mujeres son máquinas que cuando menstrúan, deben colocarse una esponja porque «pierden aceite». Luego están los perpetradores o puteros, que son los que pagan por el servicio sexual y les gusta llamarlas «mi putita» (y a los que Sandra se niega a llamar «clientes», como tampoco puede definir el servicio sexual como trabajo: «Para mí, el servicio sexual no es un trabajo porque te penetran, te abusan, te humillan, te desnudan. Yo estaba en situación de prostitución forzada, de explotación, pero no era un trabajo»). Los lugares son la web, la esquina, los prostíbulos más miserables, la plaza, la carretera o las discotecas, pueden ser vip o escort: son víctimas de explotación sexual, proclives a enfermedades, abortos mal atendidos y adicciones. El percibirse como tales les lleva mucho tiempo, porque todo el sistema logra naturalizar su vida a través de la violencia ejemplificadora, el aislamiento, la soledad, la familia distante.


Esa misma distancia hizo que a Sandra le costase ver que su familia fue el primer lugar de abuso. La distancia diluye la responsabilidad y las vuelve a dejar solas para resistir o escapar: cuenta de varios intentos frustrados porque se escapaba y cuando le giraba plata a su madre, esta avisaba y los proxenetas la buscaban, y de nuevo el círculo del que las que logran sobrevivir, lo hacen rotas y doloridas. Muchas quedan en el camino.

 

En el medio de infierno, siempre puede haber una historia de amor y Sandra me cuenta la suya. Estando en Italia y en un momento en que, por menstruar, no podía salir, vio por la televisión a manifestaciones contra unos centros de recepción de migrantes que lo que menos hacían era protegerlos. Algo la atrajo, quizás la posibilidad de salvarse, de contar su historia y salvarse. Cuando va, conoce a Bruno, un argentino exiliado con el que enseguida siente la conexión y comienzan una relación a escondidas y con todos los miedos e inseguridades. Era la primera vez que se sentía amada. Sin embargo, no pudo contarle su historia, no pudo. Por miedo a ser juzgada y abandonada. A pesar de todo, el amor le dio fuerza para escapar y vivieron cuatro meses juntos. Descubrió un nuevo sentido en su vida: luchar con y por otrxs. Pero seguía sin poder contar su historia de abuso y violencia. Cuando está por hacerlo, cae nuevamente en las redes y cae profundo. Solo podrá salvarse cuando un accidente la deje paralítica: la «máquina» queda fuera de servicio y logra definitivamente escapar, logra volver a Uruguay porque aquí está su hijo y nietxs y porque esa familia la precisa y ella, quizás, sienta que es una forma de redimir su propia infancia y construir otra familia. ¿Y el amor? A los días de que Bruno le pide que vuelva porque él se muere de amor, Bruno muere. Muere de forma definitiva y ella se queda con la promesa de llevarle una rosa azul a la tumba. 

El amor salva, pero las historias de amor no siempre terminan como queremos que terminen. Y la vida de Sandra hoy continúa en la casa que pudo construir, cuidando a sus nietxs, procesando el ser sobreviviente de trata, abriendo cajas y recuerdos que aún duelen para poner en palabras los abusos, los traumas y las formas de resiliencia que va pudiendo construir, acompañada, como siempre, de su osito, que se fue rompiendo en la medida que ella comenzó a sanar, lo que pudo sanar. No es fácil, pero es necesario.

Sandra me habla de la letra de una murga y la música queda sonando: «¡Que no es mercadería que se descarta!/ ¡Si nadie va al burdel ya no hay más trata!/ ¡Ni arreglo con los jueces ni con la cana!/ ¡Ni el burdo proxeneta que te las mata!/ ¡Las drogas y el garrón que las embaraza!/ Y no hay un protocolo que te las salva…/

Un cuerpo de mujer es un jardín de dignidad/ que empieza a florecer con la mirada…»

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¹Karina Núñez define al reduccionismo como «la acción de reducir el tiempo que pasen las personas en ejercicio del Trabajo Sexual, disminuyendo así la posibilidad de que se convierta en un proceso de naturalización espiralada para sus sucesorxs», en El ser detrás de una vagina productiva, Uruguay, 3. ra  edición, 2021.

² «Hablo de la soledad de la puta porque ese tema no se ha tocado. Nunca se menciona la soledad de la puta. Es una soledad que viene de la forma, que dice cómo es el entorno de la puta. No es una soledad buscada, es la soledad construida desde fuera, es un sentimiento de soledad en el medio de tus relaciones.» Sonia Sánchez en Ninguna mujer nace para puta, de María Galindo y Sonia Sánchez, Argentina: Lavaca, 2007.

³El ser detrás de una vagina productiva (2017), Manual de una buena puta (2021), ¿Con qué sueñan los hijos de puta? (2022).

⁴Stephanie Dermirdjian define a la trata de personas como «la captación, el traslado y la recepción de personas dentro de un país o a través de fronteras para explotarlas. Puede tener como fines la explotación sexual comercial, el trabajo forzado, el tráfico de órganos o la venta de niñas y niños para la adopción, entre otros. Los protocolos internacionales la definen como “una forma de esclavitud moderna» que afecta prácticamente a todos los países del mundo, que pueden funcionar como punto de origen, tránsito o destino”» A su vez, «la ley integral contra la trata de personas aprobada por Uruguay en 2018 define la trata con fines de explotación sexual como el acto de “inducir u obligar a una persona a realizar actos de tipo sexual, con la finalidad de obtener un beneficio económico o de otro tipo para sí o un tercero. Esto incluye los actos de explotación a través de la prostitución, la pornografía u otras actividades de naturaleza sexual”». Recuperado de <https://ladiaria.com.uy/feminismos/articulo/2020/7/la-trata-de-ninas-y-mujeres-con-fines-de-explotacion-sexual-un-problema-relegado-en-uruguay/>.

⁵La trata, de la murga argentina El Remolino: <https://www.youtube.com/watch?v=pL71OIF1kTQ>.

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Romper los espejos

Texto y fotografía por Mariela Benítez

Hay numerosas ilusiones que nos dan cuenta

de hasta qué punto los ojos inventan el mundo

que miran.

Mauricio ORTIZ

 

La salvación de lo bello es la salvación de lo

vinculante.

Byung-Chul HAN

«Soy Fernanda, tengo cincuenta y dos años y nací viendo». Así se presenta Fernanda. Con ella conversé sobre el dominio de la vista, los espejos, la mirada del afuera, la construcción de la visión y la belleza como volumen cuando los ojos ya no ven. En este número de julio en el que nos convoca la belleza, escribo sobre cómo se construye conceptual y vivencialmente lo bello/lo feo cuando la apariencia desaparece y cuando la vista deja de ser el sentido hegemónico.

 

Podemos acordar que la belleza y la fealdad han sido temas de discusión desde la antigüedad, que nunca se los define como absolutos, sino en relación a modelos establecidos en cada momento y cada cultura. A su vez, a nosotrxs nos llegan apenas esas disquisiciones teóricas o representaciones artísticas que permiten reconstruir los gustos a través del tiempo. Además, en esas definiciones, a lo estético se suman criterios políticos, sociales y religiosos que condicionan las decisiones y conductas humanas. Y, finalmente, a lo feo y a lo bello podemos pensarlos no desde lo binario, sino desde la complementariedad.

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¿Qué nos pasa hoy, en un mundo donde todo es pantalla y apariencia?

Byung Chul Han plantea que en la sociedad capitalista moderna y actual, la mercantilización ha hecho de lo bello algo pulido, brillante, terso, agradable, auto complaciente, sexualizado y, principalmente, un objeto de consumo, reflejando a su vez el imperativo social de la positividad. Para ello, todo debe estar a la vista, sobre-expuesto. Sin embargo, «la permanente presencia pornográfica de lo visible destruye lo imaginario» porque identifica lo oculto, la sombra, lo oscuro, el pliegue y lo rugoso como lo feo y, por lo tanto, temible.

 

Por otra parte, en los años treinta, Junishiro Tanizaki reivindicaba la sombra como esencia de la vida y la tradición japonesa: «Creo que lo bello no es una sustancia en sí sino tan solo un dibujo de sombras, un juego de claroscuros producido por la yuxtaposición de diferentes sustancias […]. La belleza pierde su existencia si se le suprime la sombra». Lo bello y lo feo. Lo visible y lo oculto. Lo luminoso y lo oscuro. La luz y la sombra. La vista y la visión.

 

Ahora, ¿qué sucede cuando todo se vuelve oscuridad absoluta o una blancura densa como nos contaba José Saramago en Ensayo sobre la ceguera? No lo pienso metafóricamente. No. ¿Qué sucede cuando mis ojos dejan de ver?

 

Como un juego empático, me guio por Fernanda en su casa para tratar de entender. Ella me recibe junto a su hija mayor, María Eugenia, con la que convive desde hace unos meses. Una sala amplia con pocos muebles, un gran ventanal por el que entra mucha luz y cerca de él una mesita con cuatro sillas, el mate, termo, un plato con queso, tomatitos cherry y escones caseros sobre un mantelito de tonos amarillos y naranjas. Por sobre la mesa, un cuadro pintado por su abuelo que ella me describe desde su memoria: «Tiene un sauce llorón, un ranchito, no sé si tiene dos o tres gallinitas, había ropa colgada… Sigue habiendo ropa colgada, los colores verdes y la sombra del abuelo».

 

Ahí nos sentamos, Fernanda de espaldas a la ventana y yo frente a ella. No tiene lentes de sol y mientras habla de forma calma, siento su mirada o su esfuerzo de mirada. En un rato me contará que, dependiendo del día y de la hora, puede ver contornos, contrastes pero nunca rasgos, colores, ni letras. Ni una hoja en blanco. Ni sus propias manos. También hablará de la paz que siente cuando cierra los ojos. Pero eso será más adelante. Antes, me irá contando su vida, sus matrimonios, sus amores y desamores, sus hijos y el duelo que le significó dejar de ver. También de su «ser kamikaze», de sus momentos de reclusión primero y luego, de la necesidad vital de salir, de vincularse, del goce y la aventura para zafar de tantos mandatos: la familia, los espejos, la belleza, y, en el presente, deshacerse del mandato de la vista.

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Nació viendo y tardíamente —cuando ya era mamá de Eugenia, Juan Francisco y Juan Sebastián— le diagnosticaron retinosis pigmentaria, afección por la cual se van muriendo las células de la retina. Vivió en muchos lugares, desde Venezuela, con su primer marido, hasta Villa Argentina, sola e iniciando el camino de la ceguera.

 

«Siempre me encantó mirarme al espejo —dice—, en mi casa había espejos; antes de salir, íbamos a la casa de mi abuela, que era adelante, a remirarnos, mi hermana y yo. Capaz que yo más veces. Me miraba de un lado y del otro. Y de repente veía uno de esos perfiles que no me gustaba. Pero siempre, para ir al liceo, me miraba al espejo. Adolescente, una se maquilla y el espejo. Siempre. El afuera, la ropa, la estética, la mirada, la belleza y la mujer. Yo pasaba por delante de un espejo y tenía una imagen de mí misma un poco trastocada», recuerda. El espejo se vuelve la mirada del afuera que no solo refleja, sino que perfila a quien se mira en él: «El espejo seguía funcionando y la apariencia física también», concluye al relatar varios momentos de su vida en que no lograba reconocerse o le ganaba la culpa por vivir de acuerdo a lo que sentía. La belleza era definida por esa mirada externa.

 

«Nunca me imaginé en mi vida que yo iba a dejar de ver». ¿Quién se lo imagina —aunque sea jugando— perder los rostros de la gente amada, el camino, el mar, el cielo? Fernanda perdió primero el campo visual, luego los colores, el enfoque, las siluetas. Confiesa: «Antes lloraba mucho, fue un duelo grande. Ahora hay duelitos diarios de no verles las caras. Y me emociona. Yo ayer miraba a Juan Sebastián, que estaba ahí sentado, y estaba más nublado y le veía las cejas. Cuando me da un beso le sentí la barba, porque tiene como bigotito y una barbita. Y yo, “¡qué grande está, qué precioso!”. Lo reconozco, pero no le veo la cara».

 

Repito: ¿qué sucede cuando perdemos la vista? ¿Cómo nos construimos ese mundo cotidiano que no desaparece aunque lo dejemos de ver? ¿Cómo construimos la imagen de los objetos, los lugares, los espacios, las relaciones? Mauricio Ortiz me ilumina en esas preguntas, porque plantea que el ser humano tiene innumerables herramientas para constituir un mundo cambiante (memoria, sonidos, pensamiento, tacto, sabores, palabras, silencios). De hecho, luego de describir el complejo funcionamiento de los ojos y de la vista, nos dice: «La retina dista mucho de ser un simple mapa de pixeles: es un manto con seis o siete capas de células conectadas entre sí […] cuyas últimas prolongaciones forman el nervio óptico que entra al cráneo por detrás de la órbita. […]. La vista, eso tan directo y objetivo, no es más que un poderoso invento».

 

La visión trasciende a la vista, porque: «La visión es en sí misma la reconstrucción del mundo a partir de los fragmentos incontables. Síntesis al vuelo que va haciendo la persona de acuerdo a su experiencia y sus conocimientos, si es que al fin todo es representación, otra vez el prodigioso invento».

 

En ese camino de pérdida de la vista, Fernanda cuenta su vivencia: «Hubo una época de oscurantismo, de no querer salir, para qué voy a ir un museo si no veo; ir y frustrarme, de darme contra la gente y no saber usar bien el bastón y no disfrutar. Una época de reclusión dentro de casa. Ese afuera era desconocido y usar el bastón me daba una imagen de mí misma muy fea. Me sentía una rata fea y enferma, una cosa horrible. Porque también a veces el afuera te devuelve un “ay, pobrecita” o un asistencialismo paternalista de cuidado».

 

Finalmente se animó: «Me doy cuenta que el no ver me está permitiendo vivir experiencias maravillosas que las estoy descubriendo al entrar en este mundo nuevo de la ceguera. Lejos de la lástima». Y cerca de la visión de sí misma: «Perdí la mirada del otro. Ahora lo que importa es cómo me siento yo, la construcción que hago de mí desde la conciencia de cómo estoy y salgo con mi mirada. Después, el afuera y lo que me retorna, ya no me importa tanto. Yo me quedo con sentir el pelo limpio, poder hacerme una colita, estar cómoda. Me bañé, me siento bien, no sé si la ropa combina pero no me importa tanto si me pongo una media roja y otra azul porque no me voy a dar cuenta de la diferencia excepto que sea una larga y otra corta. No estoy mirando, estoy sintiendo. Antes sí, porque valía el mandato de la vista que se conecta con el mandato del afuera. Ya no me condiciona».

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Le pregunto sobre cómo se arma la imagen de su mundo y de su vida. Ella habla de la memoria, los sentidos y la conciencia. La memoria, no solo porque ella «vio» hasta los treinta y cinco años, sino porque la memoria es parte constitutiva de cualquier ser humano, y esa memoria se forma desde lo visual, por relatos, sentimientos y vivencias.

Los sentidos, porque se liberan de la vista. Fernanda dice: «Si yo cierro totalmente los ojos, ¡me viene una calma! Porque es todo igual, no hay esfuerzo por ver límites. Entonces yo usaría más las manos, que serían mis ojos, y no me confiaría en el resto visual que me va quedando. Pero me resisto a cerrar los ojos todavía. Esa paz que siento cuando cierro los ojos es porque la vista es tan dominante que no le deja espacio a los otros sentidos, batalla contra ellos. Y cuando cierro los ojos, aparecen ellos. Aparece el tacto, el oído, aparece el aroma, el gusto; y la vista dejó de dominar a los otros porque con lo poquito que tiene quiere seguir dirigiendo. Entonces le digo ‘no domines más porque ni siquiera estás bien y querés seguir dominando’. Cierro los ojos, se va lo visual y aparece la calma y es como un relax.»

 

Y, finalmente, ella habla de la conciencia: «Mi mundo, yo trato de construírmelo amable, agradable, amigable a sensaciones. Hay lugares donde me siento bárbaro y donde me voy tocando y organizando a mi amigable movimiento, como una danza en el espacio y voy tocando lo que me es agradable y lo que me es incómodo lo acomodo y mi visión es el lugar cómodo para mí, que no tiene que ver hoy con la vista. Construyo esa imagen mucho más completa, la experiencia es más vivida, más consciente. Los ruidos, el tacto, lo que pisas, el olor a pinos, la salitre del mar, los pajaritos.»

 

Desde esa visión, lo bello y lo feo adquieren volumen. Si la vista instala una distancia, al desaparecer, todo se vuelve cercano, podemos transitar, zambullirnos, vivir lo bello como lo armónico, el momento cuidado, del encuadre consciente. Fernanda reflexiona sobre construir lo bello «desde la inteligencia, desde la emoción. La inteligencia de buscar el bien mayor que es una buena comunicación, conversar con mis hijos. Construyo la visión de ese espacio, desde lo que siento. La construcción del momento, de la sensación, de la emoción. Es más el contenido que la forma. Hoy, el contenido es la visión de mi vida. No importa si el otro me ve una mancha en el pantalón, por ejemplo. No es nada. Ser lo más auténtica es lo que me hace sentir bien. La belleza y la fealdad terminan teniendo un volumen, no es algo plano, es de calor y frío, es de colores que relaciono con momentos. Tibieza, espacio, tienen consistencia y no necesariamente hay que ver para eso porque se puede ir trabajando con las personas para vivir ese volumen».

 

Siento que la belleza pierde la superficialidad y asume una profundidad «volumétrica» para tocar, meter la manos, dejarse atravesar la piel y vivir con todos los sentidos sin la mirada del otrx, del afuera. La belleza se vuelve porosa, vinculante, eterna. Es una habitación, es el mar, es el viento.

«Nadie es capaz de explicarte de dónde viene, ni adónde va, ni cómo es, pero su evidencia es innegable. El viento no es, se oye, se siente».

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¹Así lo dicen las brujas en el primer acto de Macbeth: «Lo bello es feo y lo feo es bello».

²Han, Byun Chul. La salvación de lo bello. Barcelona: Herder Editorial, 2015.

³Op. cit., p. 19.

⁴Tanizaki, Junichirō. El elogio de la sombra. Madrid: Siruela, 2021, p. 67.

⁵Ortiz, Mauricio. «La visión no es la vista», en Luna Córnea, la ceguera, n. ° 17, 1999, pp. 12-13.

⁶Op. cit., p. 13.

⁷Evgen Bavčar en Benjamín Mayer Foulkes, «Evgen Bavcar: El deseo de imagen», en Luna Córnea, la ceguera, n. ° 17, 1999, p. 55.

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Viejos son los trapos

Texto y fotografía por Mariela Benítez

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Con cierta parte de nuestro ser vivimos todos

fuera del tiempo. Puede que solo en

circunstancias excepcionales seamos

conscientes de nuestra edad y que la mayor

parte del tiempo carezcamos de edad.

 

Milan Kundera

La inmortalidad

 

La vejez se presenta con más claridad a los

otros que al sujeto mismo.

 

Simone de Beuvoir

La vejez

El cuerpo habla y caemos en la cuenta. Vejez. Nos cuesta la palabra. Nuestra sociedad coloca a la juventud como paradigma, pero envejece demográficamente e identifica a la vejez con la decadencia, volviéndose sorda a sus propias complejidades. Sin embargo, desde que nacemos, nuestro cuerpo envejece y eso no debería poner en duda la autonomía, la plenitud y el bienestar con que deberíamos vivir la vejez, siempre. ¿Cómo nombrar a las personas que envejecen? ¿Adultx mayor, persona mayor, persona de tercera edad, viejx? ¿Por qué nos pesa la palabra viejo/vieja?

 

Asumir el envejecimiento propio comienza por descubrirlo (primero en lxs otrxs con las canas, las arrugas, el bastón, las quejas, los dolores) y conjugar «lo que ya no puedo hacer» con la memoria del «apenas ayer». Todo combinado con los sentidos de la vejez que cada sociedad proyecta en su imaginario.

 

Si envejecer es parte de un proceso natural, la vejez como construcción social nos lleva a preguntar: ¿todxs envejecemos de la misma forma?

Pedí ayuda a tres mujeres que reflexionan, proponen y trabajan con las vejeces en Uruguay hoy. Dos de ellas se definen como viejas (se autodenominan viejas viejas), Clara Fassler y Margarita Percovich; la tercera, Marcela Quintana.

 

Dice Simone de Beauvoir: «La vejez es lo que ocurre a las personas que se vuelven viejas; imposible encerrar esta pluralidad de experiencias en un concepto o incluso en una noción». Al igual que Simone de Beauvoir, las tres coinciden en lo difícil de definir a la vejez. Primero, el criterio etario responde a una necesidad administrativa: los 60/65 años son el umbral por el que la persona se vuelve «pasiva» y cobra una jubilación. Desde el lenguaje se trasmite una imagen artificial —pero pesada— de la vejez: la pasividad. Clara Fassler afirma que esa mirada es muy limitada porque «es una manera de homogeneizar, de aprehender algo muy complejo, multidimensional y de colocar un molde único para atender un universo muy diverso».

 

Segundo: lo biológico. Desde su vivencia, Clara dice: «Yo soy vieja y no lo puedo evitar, porque es parte del desarrollo de la vida humana, un proceso de deterioro de algunas funciones». Y Marcela Quintana, como médica, agrega: «Nacés y ya empieza un proceso de maduración y envejecimiento. Cuando se toma una decisión médica, se la toma en base a la funcionalidad de la persona, más allá de su edad».

 

Tercero: la percepción y autopercepción de la vejez. Marcela habla de resiliencia: observa que «uno envejece de acuerdo a como vivió, a su personalidad, a como enfrentó la vida. Hay vejeces bien distintas de acuerdo a su historia. A la persona que pudo adaptarse, que ha tenido resiliencia y no el lamento constante, le cuesta menos el envejecimiento.» Y Margarita Percovich considera que «la reflexión sobre el paso del tiempo y de cómo uno envejece es muy personal e impregnada con la cultura general en relación a la vejez, que es algo que en Uruguay se ha ignorado. El proceso de ir entendiendo y aceptando la vejez como etapas distintas de tu vida y personalidad, saber analizar las circunstancias que van determinando el cómo vivís la vejez, es muy importante. Y ahí, la reflexión sobre los problemas que se presentan en la vejeces para la mujeres en Uruguay, es imprescindible hacerlo con otras».

 

Rosario Aguirre y Sol Scavino puntualizan:

Ser viejo o vieja aparece como un evento homogeneizado por la característica de tener muchos años, por la disminución de la capacidad de funcionamiento (biológico-física) y la cercanía a la muerte. Esta centralidad de la edad cronológica en la representación de la vejez es naturalizada en el sentido común e impide visibilizar las desigualdades, diferencias y especificidades de la producción social de estos grupos. […] Ser vieja mujer o viejo varón responde a procesos sociales en los cuales operan estructuras de desigualdad que se expresan en las diferencias materiales y simbólicas en torno a cada categoría.

 

Según Clara, se precisan «una enormidad de miradas que deben integrarse para poder calificar la vejez y el tipo de vejez de cada uno. No es lo mismo ser vieja que viejo. No es lo mismo ser vieja o viejo si vivo en el barrio Borro o en Carrasco. Yo me pregunto sobre las vejeces de la gente que estuvo en la cárcel, no puede ser igual a la vejez de los que mantuvieron una vida cotidiana habitual. La calidad de vida a lo largo del trayecto vital determina, no mecánicamente, la forma en que vos llegas y de lo que vos podés llegar a hacer en la vejez».

 

La interseccionalidad entre la perspectiva de género y de clase puede ayudar a desentrañar esas diferencias. El estereotipo de la mujer como «cuidadora natural», ha llevado desvalorizar su trabajo, que se invisibilice y no se remunere; ha hecho que esas mujeres relegaran de sus propios proyectos personales (políticos, académicos, laborales); las ha obligado a la precariedad de sus trabajos y jubilaciones; y para las que han priorizado otros aspectos de sus vidas, las ha obligado a lidiar con la culpa de no poder, no querer o no saber cuidar.

 

«Las mujeres vivimos más que los hombres, pero la calidad de vida de esos años no es buena. Las mujeres llegan a la vejez más pobres que los hombres: con trabajos y jubilaciones paupérrimas. Hay un porcentaje importante de mujeres que no tienen ningún ingreso, y eso hace que se junten en un círculo que no es virtuoso: la necesidad de depender, con pocos recursos. Entonces las alternativas no son muy fantásticas porque tenés que vivir en la casa de un pariente o tenés que aceptar parientes en tu casa, o estar en los Establecimientos de Larga Estadía para Adultos Mayores (eleam), en los que, si querés estar en lugares mas o menos como la gente, necesitas mucha plata. No es una buena situación llegar a vieja y sin plata. Lo otro es que las mujeres siguen trabajando en cuidados siendo viejas. Cuidan enfermos, cuidan nietos, cocinan para los hijos. El rol de la maternidad, aunque tengas 80 años, sigue siendo parte de tu identidad, y en los hombres no. De manera que el patrimonio de las mujeres es un patrimonio que siempre puede ser eventualmente compartido. La capacidad de sacrificio de vida, de tiempo y de su patrimonio es muy fuerte en las mujeres. Está matrizado a fuego el mandato de la maternidad», desmenuza Clara Fassler.

 

Concluyo, no es la vejez, son las vejeces y sus representaciones, atravesadas por trayectorias de vidas, por lo territorial (campo/ciudad o los barrios), lo generacional y, claro está, la división sexual del trabajo. Percibo que cada unx vive la vejez como puede, pero también depende de cómo cada sociedad construye mecanismos de cuidados que permitan un tránsito más amigable por esa etapa de la vida. Las tres, desde áreas distintas (Marcela como médica; Clara y Margarita con una mirada más política), proponen algunas líneas de análisis.

 

¿Qué necesitan las personas viejas? Tiempo y escucha de calidad en la consulta médica, reconoce Marcela. Tiempo. Además, una atención integral que no vea solo lo médico sino cómo, de qué, dónde y con quién vive, y para ello considera importante las unidades de geriatría, donde las áreas de psicología, trabajo social, nutrición, fisioterapia, etcétera, actúen conjuntamente.

 

Respeto cuando se le informa para que decida y luego, respeto a sus decisiones. «Su dignidad como ser humano. Respetar sus derechos significa escucharlas y, salvo que se ponga en peligro la vida de la persona —y hasta por ahí no más— la gente tiene derecho a vivir como quiera y a morir como quiera» nos dice Clara.

¿Qué formas de cuidados implementamos para distintas poblaciones en situación de dependencia, y, en particular, para las viejas y viejos?¿Cómo concebimos al buen cuidado?

 

Margarita y Clara advierten sobre la terrible situación de las vejeces en Uruguay. Se sabe poco y mal; hay pocas organizaciones que piensen de forma holística a la vejez; la brecha tecnológica y la exclusión en espacios de participación genera aislamiento, soledad, depresión; el trato infantilizado y la violencia. Por lo tanto, reclaman estudios que permitan proyectar políticas públicas que contengan a ese amplio y diverso sector de la población, en clave de derechos, además de la (necesaria) reivindicación económica. Indagar sobre las necesidades particulares de la población vieja (salud, construcción y mantenimiento de viviendas, ocio, formación, alimentación), considerando que esa población lejos de ser «pasiva», y aún en las peores condiciones, sigue realizando transferencias (en dinero y en cuidados) hacia su propia familia.

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Ambas, desde la Red Pro Cuidados, fueron parte fundamental de la discusión y elaboración del Sistema Nacional de Cuidados. En el texto de la ley (del 2015) que le da forma, se define lo que se entiende por cuidados, dependencia, autonomía, conceptos que fundamentan el sistema propuesto: los cuidados no pueden limitarse a la familia, y, menos aún, a la mujer como única cuidadora; los cuidados deben defender la autonomía y dignidad de la persona; el sistema debe coordinar lo público y privado a nivel nacional, garantizando la igualdad en la calidad y en el acceso al servicio; el Estado debe regular y controlar a establecimientos de larga estadía, pensar la atención, los servicios, la visibilización y valorización del cuidado y, fundamentalmente, la formación integral de cuidadores. Investigar, proyectar, definir e invertir.

 

Pensar de forma integral a los cuidados es asumir la interdependencia, es vernos colectivamente para que cada persona pueda vivir de la forma más autónoma lo más posible. Pero no se trata de vivir más por el hecho de vivir más, sin importar las condiciones. No. Implica pensar que en cada etapa de nuestras vidas podamos realizarnos en lo que cadx unx quiera. Resignificar instituciones (por ejemplo, la familia) a las que tradicionalmente se les adjudican un rol de cuidado que no siempre puede asumir de la mejor forma. Significa repensar el poder y la forma en la que lo ejercemos. Significa cambiar estructuras que reproducen desigualdades y dominaciones que atraviesan nuestras vidas concretas. Significa pensar en redes de apoyo que nos permitan ser quienes queremos ser en cada momento de nuestras vidas.

 

Los pueblos originarios y ancestrales pueden enseñarnos mucho y en particular desde su concepción comunitaria (que trasciende al modelo occidental de «comunidad familiar», tradicional y nuclear): «Que todos vayamos juntos, que nadie se quede atrás, que todo alcance para todos y que a nadie le falte nada» Abuelos y abuelas aymaras.

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¹Médica chilena, de 78 años, radicada en Uruguay, reconocida públicamente por impulsar el Sistema Nacional Integrado de Cuidados. Integra la Red Pro Cuidados.

² Política uruguaya de 81 años, exlegisladora por el Frente Amplio, militante feminista e integrante de la Red Pro Cuidados.

³Médica geriatra de 41 años, integrante de la Sociedad Uruguaya de Gerontología y Geriatría, con actividad profesional en la salud pública y privada.

⁴ de Beauvoir, S. La vejez, pág. 349. Penguin Random House Grupo Editorial.

⁵ Rosario Aguirre Cuns y Sol Scavino Solari. Vejeces de las mujeres. Desafíos para la igualdad de género y la justicia social en Uruguay, págs. 22 y 26. Editorial Doble Clic.

https://www.impo.com.uy/bases/leyes/19353-2015.

⁷ Principio aymara que integra el paradigma del Buen Vivir.

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La amistad como fuerza política

Texto y fotografía por Mariela Benítez

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La amistad, me parece, se construye con un pie en lo privado y el corazón, y el otro, en lo público-político del pensar…del pensar juntas con todo lo que esta dimensión conlleva de valores y de responsabilidades sociales y humanas.

Margarita PISANO

La ola de calor me encontró en Mercedes junto con amigas durante una semana: quiero escribir sobre la amistad como fuerza afectiva y política que crea comunidad, lugares de cuidado y contención para todxs, pero en particular para nosotras, las mujeres.

 

Supongo que todas tenemos o deberíamos tener, por cierto, amigas como ellas: mis amigas. Con ellas me reconozco, no como mi otro yo ni mi espejo. No. Son mujeres bien diferentes. Cada una con su vida: en su trabajo y espacio de experimentación; siendo madres o no; viviendo en pareja o solas; cerca o lejos, siento que todas estamos donde queremos estar.

 

Me pregunto: ¿por qué se vuelve trascendental una semana con amigas? ¿Por qué son tan fermentales esos días en que me sorprendo de ellas y me quedo sin palabras o tomo decisiones que quizás nunca hubiera tomado sola o sí, asumo esas decisiones que ya había tomado solitariamente? ¿Qué hay además de diversión?

 

Vuelvo a enero. El calor y el jazz que nos envuelve se sienten por las calles y la Manzana 20. La gente con sus sillas playeras, heladeritas y el mate se arrima mientras se arma el sonido junto a lxs músicxs. Durante una semana, escuchar y hacer jazz se vuelve cotidiano en la convivencia de maestrxs y estudiantes, jóvenes y veteranxs, uruguayxs y extranjerxs. Me cuentan que nada de esto es casual. Hace catorce años un colectivo de vecinxs se propuso trabajar en tres líneas: recitales de jazz mensuales durante todo un año (para generar un público abierto a otros sonidos y ritmos); concretar un encuentro anual de jazz y abrir una escuela de música. Todo ello se ha ido logrando y hoy Jazz a la Calle se ha vuelto el evento internacionalmente reconocido que todos los eneros congrega a músicxs y espectadores en torno al fuego sagrado del jazz.

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Nuestra ida a Mercedes comenzó a planearse en agosto del año anterior, cuando una de esas amigas confirmó su viaje desde lejos. Fuimos llegando de a poco y, cuando nos encontramos, se dio la magia. No bastaba con la euforia de vernos. Queríamos construir esa rutina y detenernos en el caminar lento, en el mate, en el silencio y en las miradas que nos confirmaran quiénes somos y por qué nos queremos. Sorprendernos de que en más de treinta años crecimos, envejecimos, cambiamos y lo esencial de cada una sigue a flor de piel. Los recuerdos asaltan a cada rato y mutan: están vivos. La memoria se vuelve un compost para el día a día.

 

En estos años de caminar juntas, a veces nos hemos enojado, pero luego hemos aprendido a esperarnos porque siempre alguna se pierde, se cae, se rompe y vuelve. Porque siempre es bueno volver a lamer nuestras heridas, a curarnos en el abrazo de las otras. Y ahí están las cicatrices. Nuestros cuerpos hablan de nosotras. Nuestros cuerpos son territorios de vida, de lucha contra la muerte, de amor y de juego. Nosotras lo sabemos. Por eso nos queremos.

 

Y estamos todas: la que no para de hablar, la que en algún momento se malhumora, la que observa y escucha en silencio hasta cerrar la discusión con esa palabra certera. Está la que se ríe, la de lágrima fácil, la que se pierde en su propio cuento, la que extraña y necesita de estos días para agarrar fuerza en su propio desarraigo. Está la que con su energía vital nos empuja, o la que se olvida de todo para que otra se lo recuerde. Están aquellas para quienes cocinarnos es un acto de amor. Está la que sostiene y la que se deja sostener. Estamos todas y en algún momento, como en un juego, cambiamos de casillero para ser otra: la que llore, ría, hable, se olvide, observe, escuche, invente para seguir reconociéndonos en el calor tórrido de Mercedes. Hoy me encuentro pensando que la amistad es un hecho amoroso, profundo, complejo, denso, existencial, íntimo y, por demás, político.

 

Vuelvo a mis preguntas: nuestros aquelarres son un espacio de resonancias, son seguros, llenos de fantasías en los que hemos ido constituyéndonos, en tanto que mujeres que decidimos nuestras vidas y sobre nuestros cuerpos. Nos ayudamos a romper mandatos. Ejercitamos nuestra voz porque discutimos, nos interpelamos y sabemos que nos esperan miradas y oídos atentos.

 

La amistad se vuelve una enorme red tejida con hilos diferentes. Construimos y deconstruimos todo el tiempo. No es natural, nace de una acción voluntaria. Hay hilos que se desgastan y se rompen para volver a tejer esas redes afectivas y materiales. La amistad se vuelve política porque nos hace fuertes allí donde el sistema patriarcal y capitalista nos quiere vulnerables: rompemos el aislamiento, creamos solidaridades, armamos complicidad incluso en el desacuerdo. Tomamos la palabra. Esa red nos permite transitar por los pliegues entre lo privado y lo público con voz propia. Es ahí cuando la amistad puede ayudarnos a subvertir el orden: cuando nos saca del ámbito doméstico/privado/individual y nos potencia hacia afuera. Nos hace fuertes y por lo tanto potencialmente peligrosas.

 

Silvia Federici analiza el rol de las mujeres en los movimientos campesinos, populares y heréticos de finales de la Edad Media y cómo, a partir del siglo xiv (peste negra, crisis), la transición hacia el capitalismo se caracterizó por los cercamientos, la creciente proletarización y un mayor control sobre los cuerpos y sexualidad de las mujeres, convirtiéndolas en simples reproductoras de fuerza de trabajo. Es así que la modernidad instauró la caza de brujas y la persecución de los aquelarres: había que domesticar y aislar a las mujeres encerrándolas en sus hogares, solas y lejos de otras mujeres. Federici concluye que:

 

La caza de brujas fue también instrumental a la construcción de un orden patriarcal en el que los cuerpos de las mujeres, su trabajo, sus poderes sexuales y reproductivos fueron colocados bajo el control del estado y transformados en recursos económicos. […] fue, por lo tanto, una guerra contra las mujeres; fue un intento coordinado de degradarlas, demonizarlas y destruir su poder social. Al mismo tiempo, fue precisamente en las cámaras de tortura y en las hogueras […] donde se forjaron los ideales burgueses de feminidad y domesticidad. […] condenó la sexualidad femenina como la fuente de todo mal, pero también fue el principal vehículo para llevar a cabo una amplia reestructuración de la vida sexual que, ajustada a la nueva disciplina capitalista del trabajo, criminalizaba cualquier actividad sexual que amenazara la procreación, la transmisión de la propiedad dentro de la familia o restara tiempo y energías al trabajo. (1)

 

Hoy, pleno siglo XXI, enfrentamos las violencias de un sistema patriarcal, saliendo y tomando la palabra. La red tejida entre amigas nos permite estar de pie. Cuando nos juntamos, toda esta historia está presente, no explícitamente, pero está. Mientras nos reímos, mientras brindamos, mientras hablamos todas juntas y confesamos dolores o miedos. Mientras bailamos, nos reconocemos enamoradas o asumimos el desamor. Mientras nos indignamos. Mientras proyectamos porque nos sabemos juntas, aún en la distancia, y eso nos sostiene.

 

Vuelvo al comienzo. Pienso y escribo sobre la amistad porque tengo amigas que quiero, con las que nos queremos. El amor, en estos tiempos inciertos y violentos, se vuelve un arma de contención y de resistencia. Se vuelve una acción de compromiso personal y político, profundo y bello.

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  1. Silvia Fedirici en Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria, págs. 301 y 315. Ed Tinta limón, 201

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El tatuaje, herida que narra

Texto y fotografía por Mariela Benítez

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Decir cuerpo es nombrar algo que permanece oculto […] el tatuaje pone en evidencia la inexistencia de un cuerpo puro despojado de toda significación y sentido. Todo significa. El cuerpo deviene códice, relato.

Mauricio MOLINA

Nunca me hice un tatuaje. Quizás, por ello quiero escribir sobre cuerpos tatuados. Acompañé a Lorena a tatuarse con Florencia. (1) Y con ellas conversé. El tatuaje es una práctica ancestral que ha cambiado a través del tiempo y según las sociedades. Del neolítico nos llega Öetzi, un hombre cuyos restos fueron encontrados en los alpes austroitalianos, de una antigüedad de 5300 años, con su piel tatuada con puntos, rayas y cruces. Hoy, abundan casas de tatuajes de todo tipo y color. Si la práctica se parece, en sus sentidos y en sus formas, ¿qué tan distintos son?

Comienzo por la etimología: tatuar viene del polinesio tátau, que significa marcar algo, golpear o remover, dibujar sobre la piel por medio de golpes repetidos. Florencia me cuenta que: «Técnicamente, herimos nuestro cuerpo para depositar tinta en la capa del medio de la piel, la dermis, porque si se depositara en la epidermis, nosotros que estamos constantemente cambiando de piel, renovando células, sería un tatuaje temporal y el objetivo del tatuaje es que sea permanente». Herimos nuestro cuerpo, me dice, y se vuelve para mí una imagen fuerte.

En los inicios, el tatuaje y la pintura corporal eran formas de expresión comunitaria, sostenidas en el sentido de pertenencia e identidad del individuo dentro de un colectivo. Una forma de marcar la territorialidad en el cuerpo, que se vuelve mapa de relaciones que nos unen a un lugar, a una historia y a un pueblo. Eran parte de rituales, de ceremonias.

Byun Chul Han analiza a la ritualidad como acto narrativo que genera una comunidad de resonancia, hacia lo divino, hacia lo temporal, la eternidad, y hacia las personas que conviven, permitiendo la armonía. Los rituales como: «… técnicas simbólicas de instalación en un hogar. Transforman el “estar en el mundo” en “estar en casa”. […]. Son en el tiempo lo que una vivienda es en el espacio. Hacen habitable el tiempo». (2) Parafraseando a Roland Barthes, puedo habitar el sentimiento, a través de lo ritual que me protege.

Estas consideraciones sobre la ritualidad me ayudan pensar la práctica del tatuaje como una forma de hacer corpórea la pertenencia, los saberes, la memoria individual y colectiva. Nuestros cuerpos son algo más que nosotros mismos en el espacio. Nuestros cuerpos son el soporte natural de nuestra historia, son un instrumento de comunicación que expresa quienes fuimos, somos o queremos ser, visibiliza una carga simbólica con sentido, además de ser socialmente construidos. Se vuelven códices, textos en donde contar historias.

Aquel sentido originario y tribal del tatuaje (identificación/ pertenencia/diferenciación) ha ido mutando, en la medida en que esa sociedad, desde la modernidad occidental, se fue fragmentando en una sociedad de individuos, aunque sin perder el carácter simbólico de la práctica en sí. Es decir, frente al aparente poder omnipresente del sistema capitalista por cooptar, absorber y mercantilizar cualquier práctica que alguna vez tuvo un sentido espiritual o, por lo menos, no monetario, el tatuaje sobrevive como ceremonia y vía expresiva de identidad, reafirmación y diferenciación, ahora personal. De esta forma, la piel se vuelve el medio por el cual exponer mi mundo interior mediándolo con el exterior. Un adentro y un afuera siempre interconectados.

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Cuando le pregunto a Lorena sobre el motivo de «herir o lastimar su cuerpo», ella me habla de: «Materializar cierto dolor y materializar procesos que, si bien han tenido desenlaces felices, evolutivos, también en su momento representaron algo adentro y un dolor. Yo empecé a tatuarme muy a conciencia después de empezar mi proceso terapéutico y de sanación. De ir hacia el camino de la sanación. Ahí empezaron a cobrar sentido otros símbolos que yo sentía que otra forma de transitarlos era materializarlos en mi cuerpo. Se volvieron muy simbólicas las cosas que agregué y las cosas que fui generando».

Nos narramos cuando reescribimos nuestro cuerpo. Él se vuelve lienzo donde manifestar miedos, fantasías, deseos, conflictos, caminos por los cuales transitamos día a día, volviéndose presencias permanentes. En una sociedad marcada por lo efímero, lo fugaz, que consume y deshecha, marcarse la piel «para siempre» puede ser una estrategia que transgrede la idea de cuerpo puro. Conscientemente le estoy dando voz por medio de imágenes, palabras encerradas en símbolos cuyos significados pueden ser compartidos socialmente y cuyos sentidos, sin embargo, solo quien elige qué tatuarse, sabe y conoce.

El dolor que produce esa herida —por la cual se paga—, es inevitable y se vuelve iniciático porque no responde solo al nervio. No. El dolor, según Florencia: «Es el ingrediente fundamental. Cuando pasamos por procesos emocionales, está todo acá en la cabeza y en el corazón, son todos sentimientos, que no son tangibles. Es todo muy sensorial y el escribirlo en un papel puede ser un medio, como muchos, así como tatuarlo. Y ese dolor es la llave de hacerlo consciente: lo siento acá y lo estoy viendo. Y el dolor es lo que te permite materializarlo, darle forma». Para Lorena, el tatuaje pasa a ser una especie de recordatorio «de lugares a donde no volver o estados a los que no volver o estados en los que sí quiero estar y a veces pierdo de vista. Tengo el tatuaje a la vista y me doy cuenta que esto es lo que me hace bien o esto es lo que quiero».

Pensar al tatuaje como ayudamemoria me lleva a los lugares del cuerpo donde hacerlo: la piel es una pantalla que nos proyecta hacia fuera pero no todo lo que nos tatuamos es para ser visto por el exterior. Puntualiza Florencia: «Es muy personal, pero el lugar va a estar vinculado con lo que nos queramos tatuar pero no directamente con lo que significa. Lo máximo que puede pasar es pensar si querés vértelo como amuleto, recordatorio. El lugar es meramente estético y si quiero que los demás lo vean o verlo solo yo y esconderlo», a lo que agrega Lorena: «Para mí lo importante es si yo quiero verlo o no. En mi caso, el único tatuaje que lo pensé en un lugar particular fue el del ojo y la frase que está en el chakra corazón, con eso de empezar a ver desde otro lugar».

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Vuelvo al dolor. Las marcas que nos hacemos en la vida (operaciones, caídas, estrías, partos, quemaduras) hablan de nosotros. Pero hay cicatrices aún más dolorosas por difíciles de ver y entender: los cortes y las marcas de autolesión. Tanto en este caso como en el tatuaje hay, una voluntad de lastimar el cuerpo, de herirlo para expresar algo. Florencia comenta: «Y… es eso con otra cara. El tatuaje en general está socialmente aceptado, la cicatriz del dolor no, porque te van a poner en un rinconcito que no está bien. Yo fui una de esas niñas dolidas por el mundo y que me llegué a cortar. Cuando descubrí que podía sentir dolor, inconscientemente, me di cuenta de que buena parte de los tatuajes que me hice eran para sentir dolor. Creo que lo que transforma a esa herida es tener esa conciencia de por qué, de aceptarlo. Porque ese proceso doloroso que está pasando va a seguir existiendo, pero si lo querés llevar, pensar por qué lo querés llevar. Vas a transformarlo. No deja de ser dolor, no deja de ser herida, pero muta». Y se desliza una sutil diferencia: hay un intento de sanación.

Finalmente, despojado del sentido comunitario, el tatuaje mantiene la esencia ceremonial (decisión, elección y sentido que trasciende a lo meramente estético) y se afirma como medio de manifestación profundamente personal —indisoluble con lo social— que transforma, a su vez, al tatuado, volviéndolo un nuevo personaje que se reinserta y se resignifica en la sociedad.

Florencia me cuenta de su propio camino de aprendizaje y toma de conciencia, al volverse tatuadora: «De entender que estoy lastimando a mi cuerpo, entonces ahí se genera un filtro de por qué y para qué lo hago, qué estás generando. Aprendés a leer a la persona que viene a hacerse un tatuaje y te das cuenta de que esos filtros que fuiste generando con el tiempo, los podes volcar ahí también. Se genera una responsabilidad de ser tatuadora en esa pregunta: “¿de verdad estás segura de lo que querés hacerte?, no pasa nada si no te lo haces hoy”. Sacarle el peso de la plata: tatuar para hacer plata, lo deconstruí también. Porque es verdad que tatuar da plata, pero sacarle ese protagonismo al dinero y ponérselo a lo que hacés y esa conciencia de entender de por qué lo haces». Ser más que el ojo y la mano que tatúa, escuchar y generar confianza para que la persona se sienta bien y segura de lo que quiere hacerse. Que venga bien descansada, hidratada, que no venga resaqueada. Con el cuerpo preparado para esa herida anhelada. 

Supongo que, por todo esto, la búsqueda y la elección de con quién tatuarse es parte de ese ritual. La creación es colectiva entre Lorena y Florencia, y por ello es tan importante el vínculo para ambas. Esto cobra más sentido en nuestra sociedad actual de incertidumbre y de encierros. Lo que estas mujeres buscan y quieren son vínculos profundos que generen ese espacio de armonía donde decidir, porque nuestra piel y cuerpo no admite virtualidad. Todo nos atraviesa y, tal como esas agujas se sumergen para depositar tinta en nuestra dermis, podemos sumergirnos en las profundidades y escarbar en lo más oscuro para emerger más auténticas y enteras.

En definitiva, con el cuerpo como medio y mensaje, transitamos una búsqueda de sentido que nos conecte con lo esencial, sin necesidad de irnos más lejos que nuestra propia piel. Me viene una imagen, ofrecida por Péter Nádar (citado por Chul Han): «Desde que vivo cerca de este enorme peral silvestre, ya no tengo que marcharme fuera cuando quiero contemplar la lejanía o recapitular en el tiempo. Uno tiene la sensación de que aquí la vida no consta de vivencias personales […], sino de un profundo silencio» (3)

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1.  @Flowtattoo_studio https://instagram.com/flowtattoo_studio?utm_medium=copy_link

2   Byun Chul Han, La desaparición de los rituales, pag 12, 2020, ed Herder, Barcelona.

3.  Byun Chul Han, La desaparición de los rituales, pág. 43, 2020, ed Herder, Barcelona

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Creamos realidades

Mujeres que construyen para resistir

Texto y fotografía por Mariela Benítez

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A gente não quer só comida/A gente quer bebida,

diversão, balé/A gente quer comer e quer fazer amor/A

gente quer prazer pra aliviar a dor….

«Comida» de Titãs

Junio del 2020: un viernes, me invitan a escuchar música en vivo. Es raro porque todo está cerrado, pero acepto. Esa noche, algo pasa y casi casi desisto. De pronto me llega un mensaje preguntando: «¿estás viniendo? Te esperamos para arrancar la música». Voy y, cuando llego, me reciben abrazos y los primeros acordes. Había llegado a Musiquitas.

Y Musiquitas se siguió haciendo en lo de Mar y Lore. Sus casas dejan de ser suyas, mudan de sentido para ser espacios abiertos, donde se cuida cada detalle: saben tu nombre, te esperan con café o té, una manta para el frío, luces tenues que ambientan la charla. 

¿Cómo nace Musiquitas? Agosto del 2021: hace unos días me junté con Lore, Moni, Xime, Mar y Euge para conversar sobre la vivencia en Borboleta Multiespacio, que se ha vuelto el nuevo hogar de Musiquitas. Siento, al escucharlas, que lo que las une y fortalece es el amor y el juego: «Yo no estoy acá para ganar plata […] estoy para disfrutar, compartir y crear juntas», dice Moni. Busco algunas claves y aparece una: «Crear realidades, darnos cuenta de que podíamos crear algo que queríamos que pasara», dice Euge. Me queda dando vueltas esa expresión, crear realidades.

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Es un momento en el que se impone un pensamiento único e irreversible, solo queda: «adaptate como puedas». Escucho a cinco mujeres mágicas y poderosas que se propusieron generar un lugar de encuentro por el placer de compartir, comer, beber y, sobre todo, escuchar música que les guste.

El escenario pandémico tiene varios actores: el miedo; la incertidumbre; un gobierno que clausura lo cultural sin sostenerlo, porque lo prefiere callado y quieto; unos medios que colaboran con el clima de encierro, paranoia y control sobre las personas y colectivos. Nuestras vidas están atravesadas por la pandemia: nuevas formas de trabajo, una resignificación del tiempo y de los afectos, un repensar los vínculos y más. Pero es claro que todo lleva a la fragmentación, al aislamiento, a ver al otro como amenaza. 

Dice Moni: «La cultura y el arte siempre fueron herramientas de expresión. Y en este momento conviene que los artistas no se expresen y no digan nada. Eso fue algo estratégico, no se dio por casualidad, porque en el shopping no se generan esos espacios críticos y de diálogo para intercambiar pensamiento, por eso no es necesario cerrarlos». En ese marco, ellas se animan a salvaguardar espacios sagrados: encontrarse en la música, estar cuerpo a cuerpo, sin pantallas en el medio. Dice Euge: «Poner el cuerpo, de estar realmente, físicamente de estar ahí, compartiendo. Además de ser una necesidad para nosotras, también era simbólico: nos vamos a juntar, vamos a estar, vamos a mirarnos y eso es, o era, ir contra todo lo que nos decían que había que hacer, incluso pila de veces me generaba esta contradicción […] si estaríamos haciendo bien y después lo vivía como “es esto, este es el camino”». 

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No es casual que estas mujeres puedan crear realidades. Ellas son amigas, algunas desde la adolescencia, que se fueron cruzando en la vida. Literalmente, cosen y tejen realidades artesanalmente. Aparece otra de las claves: la confianza. Hay lugar a la duda, a los sentimientos, a la discusión, a la diferencia: «Algunas animándose a más y otras con más miedos, balanceando y siempre tomando decisiones». Crean desde el colectivo: ellas se reúnen, deciden, invitan, organizan, cocinan, te reciben, preparan el lugar para que todas disfrutemos (el femenino es casi literal porque, según ellas dicen, la mayoría del público somos mujeres).Y, sobre todo, ellas disfrutan. Las ves gozadas y lo transmiten. Los roles varían según cómo es y cómo se siente cada una, según la demanda y el tiempo. 

Crean desde lo autogestivo porque sienten que es el camino, «sin romantizar la necesidad de hacer por carencia» ni eximir al gobierno por su ausencia. Son autogestivas entre ellas y hacia otros colectivos, apoyando a otros emprendimientos similares (cerveza artesanal, pizzas caseras, el almacén de barrio, entre otros). Y esto es a conciencia: «Estamos todos en el horno, no sigamos alimentando lo otro». Los artistas aceptan por la misma razón que ellas y las personas que asisten: la necesidad de encontrarse, de cantar y escuchar. Vuelvo a cantar a Titãs: «Bebida é agua/Comida é pasto/ Você tem sede de quê?/ Você tem fome de quê?».

Apuestan a la música en vivo, porque piensan en artistas que no han podido tocar o ni siquiera presentar discos nacidos en medio de la pandemia. Y quien hace música necesita ser escuchado, necesita ese contacto. Una está cerquita, se siente la vibración de la guitarra, la voz desenchufada. Estamos respirando el mismo aire. Nos miramos. Se generan diálogos, se genera una complicidad en lo clandestino, entre quienes asisten y con la vecindad. Ellas cuidan el entorno y los horarios para que así sea. 

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En cada Musiquitas, contraseña de por medio y con un máximo —perdón, aforo— de treinta personas, quienes vamos contamos con una copa de vino, un plato de sopa o una porción de pizza (para veganos, sin muza), música y tiempo. Yo siento que en ese lugar y en ese momento, soy recibida y agasajada especialmente. Puede o no gustar quien canta, pero, luego de tanta virtualidad, la cercanía se vuelve una experiencia singular. 

A lo largo de ocho encuentros, han pasado más de doce artistas , entre bandas, dúos y solistas que agradecen a estas cinco mujeres poderosas, valientes. Valientes porque, en un momento de desconcierto y desasosiego, se animaron a construir espacios de resistencia. La clandestinidad suele nacer de la censura y la violencia, pero también habilita y potencia la búsqueda de caminos y rendijas por las que entre el aire. Musiquitas es un ejemplo. Y por suerte no son las únicas: hay otras azoteas, terrazas, acciones culturales, comunitarias, obras de teatro para cinco personas en una casa. Acciones que se vuelven acciones políticas desde las entrañas, que permiten generar espacios de discusión y compartir otras formas de ser, estar y de construir vínculos afectivos y sociales. Construir redes que sostengan. Nos sostengan.

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1. Daniel Jacques y Rodrigo Gambetta, Guillermo Wood y Marcos Alejandro, Hermanos Hernández, Pamela Cattani y Sebastián Gagliardi, Diego Presa, Todo lo que dice, Alejandra Wolff y Martín Rojas.

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Soy

Texto y fotografía por Mariela Benítez

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“Si a una niña se le regala una muñeca se le está regalando por añadidura su maternidad. Si a un niño se le da un autito lo que se le regala es la capacidad de manejar. La capacidad de seguir un camino y encabezarlo.”

Diamela Eltit

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En mi familia se sabe poco de la familia. Nos perdemos de las raíces. Y luego de mí, no habrá familia.

No habrá quién me siga ni me reclame.

No habrá quien me olvide ni me recuerde.

No habrá quien se pregunte ni responda.

No habrá quien lleve mis ojos o mi sonrisa.

No habrá quien herede algo de mi carácter.

No.

No habrá quien busque en mis libros mensajes, frases subrayadas, hojas secas, o quien guarde mis fotos o libretas. Las maderas gastadas se perderán junto a los cántaros que aún guardo.

Después de mí, no habrá nadie. 

No tengo hermanos ni sobrinos.

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No tengo hijos. Si alguna vez los soñé mientras los deseos comenzaban a habitar mi cuerpo, me encontré diciendo no y la maternidad quedó junto a las muñecas, atrás. La maternidad es la opción de quien la desea. 

No tengo nietos. La sagrada línea de continuidad se vuelve finita y acabará cuando yo muera. 

No hay angustia, hay intensidad frente a lo que no se puede cambiar. Simple registro.

Soy.

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Sentidos del silencio

Por: Mariela Benítez

“-¿Qué hora es?

La hora muda.

La hora del silencio.”

Circe Maia

El silencio se vive como una totalidad. Pero ¿existe como tal?

Es una experiencia intensa que puede volverse intimista, opresiva, resistente, liberadora, violenta y cargada de ausencia. O ser un espacio de nostalgia y escucha.

A veces, el silencio dice lo que las palabras no pueden nombrar. Otras veces, ahoga las palabras dichas o por decir.

En qué silencios vivo, transito o qué silencios subsisten en nuestra cotidianeidad?

De eso escribo hoy. 

Algunos de esos silencios atravesados en imágenes, muestro hoy.

"Hacía algunos años me había despertado en el cuarto oscuro de un hotel de campaña y había descubierto que nuestros pensamientos se producen en un ámbito de nuestra intimidad que tiene calidad de silencio. Aún en el barullo más estridente de una gran ciudad, pensamos en silencio a dónde vamos, qué tenemos que hacer o en aquello que conviene a nuestros deseos. Pero todavía es más profundo el silencio en que se forman nuestros sentimientos. Sentimos el amor antes de que lleguen los pensamientos, después las palabras y después los actos, cada vez más hacia afuera, hacia el ruido.”

Felisberto Hernández 

El silencio es un lugar donde me gusta estar. 

No existe un silencio absoluto. Mi cuerpo cruje, late. Produce sonidos que trascienden mi voluntad. Se vuelve un espacio sonoro de mi silencio voluntario, donde encontrar reposo.

Mi silencio está lleno de mí misma, de mi historia, afectos, dudas, miedos, certezas. Y eso lo vuelve vivo, armonioso, caótico, enredado, luminoso u oscuro. Y en eso transito. Por la oscuridad, la calma, la incomprensión, la luz, el vacío.

En medio del ruido actual, el silencio da miedo porque aparece como “ausencia”, es ambigüo y nos angustia el desamparo, la soledad y nuestra interioridad. Incomoda. Intimida. 

Qué sería de nosotros si no fuésemos capaces de sentirnos en silencio y de  encontrarnos con nosotros mismos sin la excusa del exterior? 

Silenciar

1. tr. Callar u omitir algo sobre algo o alguien.

2. tr. Hacer callar a alguien o algo.

Diccionario de la Real Academia Española

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Por: Mariela Benítez

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Por: Mariela Benítez

Cuando el silencio no es opción.

Cuando el silencio es un grito ahogado.

Cuando el silencio, que se vuelve discurso enmascarado construido de gestos y climas, deja de ser habitable.

Ese silencio esconde a la bestia. Una bestia que nace y crece en una casa cualquiera. Una casa que fue hogar. Un hogar que fue refugio y ahora es abismo.

La violencia nace en la intimidad, y la mata.

La violencia mata.

El no decir, el omitir, el callar y el hacer callar, mata.

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Por: Mariela Benítez

El silencio como refugio.

“Toda palabra es una duda,

todo silencio es otra duda.

Sin embargo,

el enlace de ambas

nos permite respirar.”  

Roberto Juarroz

En estos tiempos de encierros no deseados,  me vuelvo  hacia mí. Intento marcar ritmos y separarme del ruido que se mete y me abruma. 

Resignifico el silencio y lo vivo como propio para luego, ocupar el afuera.

Y así, me encuentro jugando conmigo. Entre el cuerpo, la luz, los reflejos, las sombras,  voy encontrando muchas versiones de mí, entrelazadas por el silencio. 

Respiro.

¿Por qué callamos?

¿Por qué buscamos el silencio?

¿Por qué no logramos escucharnos?

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Por: Mariela Benítez

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Piel Crónica

Texto y fotografía: Mariela Benítez

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“Digo mirar con carácter, digo contar un mundo, digo tratar de entender.” Leila Guerriero

La fotografía es una ventana, un cristal por donde miro y me miro.

“Algo” ahí afuera me atrae porque seguramente se conecta con “un algo” que está acá, dentro mío. Y en ese juego subjetivo de tiempo y espacio es que “sale la foto”.

Para Win Wenders fotografiar es un acto bidireccional porque el disparo hacia delante genera un contragolpe hacia atrás. Ese doble disparo complejiza a la fotografía, permitiendo, por lo menos, una doble lectura: del objeto fotografiado (o de su ausencia) y de quien lo fotografía.

Lo exterior e interior se conjugan en una imagen que muestra ese “afuera” pero que, a su vez, dice mucho del “adentro” de quién la captó:


“Aquí está en primer plano una mesa

llena de objetos diversos: un juguete,

unos lápices, hojas, un platillo.

En la foto siguiente están los mismos

pero no idénticos.

Ya la hora del día no es la misma

Alguien quitó el juguete. Hay una taza.

Y la luz cae, de diferente forma

sobre la ausencia.”

Circe Maia

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La ausencia se vuelve visible evocada en una fotografía. Y el deseo se vuelve latente.

No se trata, por lo tanto, sólo de registrar un mundo exterior, del que formo parte y que no me es indiferente.

Se trata de dotarlo de sentidos.

No siempre sale.

No siempre sale bien.

No siempre es bello y cómodo lo que sale.

Quisiera que imagen y palabra se encuentren, entrelazándose y me ayuden a decir e intentar comprender aquello que me atraviesa la piel.

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