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  • Piel Alterna

Un concierto entre tiempo, vejez y teatro



Texto por Roxana Rügnitz. Fotografía por Mariela Benítez

Escenidades


Hay una dimensión de género en la vejez que Simone de

Beauvoir plantea de forma radical. Lo femenino, como const-

rucción social, tiene que ver con una «hiperrepresentación»

de lo corporal y lo sensual como valores fundamentales

asociados al hecho de» «ser mujer». Esta es la gran trampa

que señala la autora que hace más difícil el envejecimiento

de las mujeres.


Asunción Bernárdez Rodal

Transparencia de la vejez y sociedad del espectáculo


A Simone de Beauvoir le preocupó el efecto del paso del tiempo durante toda su vida, hasta que, en 1970, publica su libro La vejez. La distancia temporal entre ese libro y la actualidad no es significativa, tal vez por eso, mientras poco se habla de este período de la vida, el mercado se adapta a él. Los medios de comunicación no reflejan a las personas mayores, a no ser que quieran venderle las maravillas de una casa de salud. Sin embargo, ellas están, y cada vez más, ocupando los espacios y mostrando que aún tienen mucho por vivir. Han sido las cuidadores de sus nietos, han continuado su vida laboral más allá de lo establecido y, muy especialmente, son consumidores, lo que se relaciona —además— con el tiempo libre. Si hablamos de personas mayores con calidad de vida y cierto privilegio, viajan, hacen cursos, salen al teatro o al cine. Están activos y presentes. Aunque, en este caso, debería usar como absoluto el género femenino, ya que el mayor porcentaje de personas mayores activas son mujeres.


«Escenidades» es sobre teatro, sí, pero hoy vamos a conjugar el tiempo de una institución que ha construido la historia teatral de nuestro país y dos actrices que acompañaron ese proceso: Myriam Gleijer (81) y Silvia García (66).

La existencia de estas mujeres está asociada al teatro El Galpón y, aunque el tema central es la vejez, pensar el tiempo de una institución que trabaja con los cuerpos en escena nos permite hilar el tránsito de la vida que las transforma, a través de este territorio concreto que es el teatro. Con ellas comprenderemos que el proceso de convertirse en personas mayores desde la actuación impacta directamente sobre sus cuerpos de mujeres.




La entrevista comienza a modo de charla. Myriam nos sorprende hablando de la peripecia de ser parte de El Galpón desde sus orígenes, toda una estructura construida —en la idea y la acción— por esos peculiares obreros de la escena. Ella nace y se desarrolla dentro de esas fronteras teatrales.


«Empecé la escuela de teatro en 1961, imagínate que toda mi vida está definida por este lugar». Entonces nos cuenta una historia asociada al período. Estamos en mayo y no podemos dejar de pensar en lo que representó para este país la dictadura cívicomilitar, incluso antes de que se instalara. Le pregunto sobre el exilio del teatro El Galpón a México y se disparan un montón de recuerdos que están ahí, claritos en su memoria. Su relato comienza describiendo los mojones que fueron gestando el proceso hasta lo que llega a ser, hoy, la Institución Teatral El Galpón.


Aquel momento, entrelazado con las medidas prontas de seguridad, en una democracia que se hacía pedazos, viene de la mano del estreno de la obra brasilera Libertad, libertad de Bior Fernández. Una obra que ellos adaptaron a la realidad política del mundo y que estrenaron el día en que se instalan esas medidas, en julio del 68. En sus recuerdos se levantan imágenes que descubren lo que significó ese momento: […] estábamos estrenando la obra y por la calle Mercedes —donde se situaba el teatro en sus comienzos— se sentía pasar la caballería y a nosotros se nos juntaba una mezcla de miedo y rebeldía. Muchos jóvenes que escapaban de la persecución de los militares veían una sala de teatro y entraban para esconderse, entonces se encontraban con la obra Libertad, libertad». No sé si es posible imaginar la escena en toda su potencialidad cinematográfica, escapar de la represión y encontrarse con una obra que les hablaba de lo que, para ese entonces, era una utopía: la idea de libertad.


Voy tratando de armar ese proceso para instalarlo en nuestro tema. Es que el contexto es un elemento central de la forma en la que crecemos. Myriam habla desde su presente de mujer grande, pero entiende muy bien que definir su realidad hoy solo tiene sentido cuando lo conecta con el relato de lo que vivió.




El tema de la vejez tiene una dualidad interesante, un presente inscripto en el cuerpo y un pretérito que salta de los recuerdos, como testigo clave de lo que fuimos, de lo que hicimos y por eso tenemos historias que contar. Hemos vinculado, demasiado, la vejez con lo que se pierde y, sin embargo, escuchándolas a ellas me doy cuenta de cuánto se gana; se acumulan experiencias que surgen en forma de cuentos que también hablan de nosotros como pueblo. Entiendo que es ahí donde aterriza mi escritura, rescatando las voces de dos mujeres que fueron parte de la historia de uno de los teatros más importantes del país, y que hoy son nuestro acervo cultural.


El transcurso del tiempo, la construcción de un teatro, la dictadura y dos mujeres que crecieron atravesadas por todos esos niveles. Hablar de ellas es comprender cómo todos esos aspectos jugaron un rol importante en la manera en que viven hoy su tiempo, su edad. Queremos descubrir cómo se fueron instalando todos esos cambios en sus cuerpos, como actrices. Tal vez por eso les pregunto cuál es el vínculo de ese proceso con la memoria en relación al teatro.



Silvia, con una mirada analítica, piensa. Le importa marcar el concepto de la memoria como un agente de registros que nos define, en lo individual y en lo colectivo. Esa idea cobra otra dimensión cuando habla de «el exilio y el amor», un título que nos queda retumbando. Ella era muy joven, así que las consecuencias de la persecución las vive porque decide irse al exilio detrás del amor, lo que le significó «construirse como persona desde otras fronteras, desde las lejanías territoriales y las cercanías elegidas que terminaron siendo familia.» Dice: «Vivíamos siempre cerca, nos conteníamos. Yo no sabía nada cuando me fui, con el libro del Crandon que me dio mi madre debajo del brazo. Allá nos conformamos como una familia e hicimos teatro por todo el mundo, un teatro de militancia que buscaba recuperar nuestra democracia».


Myriam piensa en la memoria como una herramienta de trabajo y separa los tantos. «A lo mejor, por la edad puedo olvidarme de detalles, de nombres, pero la letra de los textos me las aprendo toda y no me olvido. Eso nos mantiene la cabeza activa. Nací en 1940, transité desde el siglo pasado, desde la segunda guerra mundial hasta aquí. Este teatro ha recorrido la historia del Uruguay y del mundo, y yo con él».


La idea de la memoria en la edad tiene esos recovecos fantásticos que nos traen, con toda lucidez, los hechos pasados indispensables para construirnos como especie. Ellas se piensan en el proceso del tiempo desde el escenario, entonces Myriam recuerda: «Hice una obra, dirigida por Nelly Goitiño, que se llamaba El sueño y la vigilia de Juan Carlos Gené. Me tocó representar a una ex vedette de varieté que vivía en una casa de salud para artistas, con un ex actor shakesperiano. Mi personaje tenía una ansiedad y locura de vivir frente al otro que estaba entregado. La vedette sostenía que Shakespeare había sido su hermano y que por eso ella era inmortal. Desde ese lugar intentaba convencer a su compañero de que volviera a representar El rey Lear. Cuando eso sucede, ella le traslada la inmortalidad, entonces muere tranquila. Y yo creo que los actores en cierta medida somos inmortales. Transitamos todos los personajes de todas las edades, desde los más jóvenes a los más viejos, a través de todas las épocas». Mientras Myriam habla, parece transformarse, como si aún sintiera latir a esos personajes en algunos rincones de su cuerpo.


La vida de los actores y las actrices tienen esa peculiaridad, pasan su vida habitando distintos personajes. Sus cuerpos se convierten en resortes de historias, de voces, de ilusiones. La conciencia de ese proceso es clara y la forma en que ellas lo vinculan a la edad también: «Cuando sos joven no tenés experiencia, pero tenés energía y el cuerpo te responde bien, en la edad adulta llegas a ese estado de equilibrio en que todo parece responder por la madurez en la que estamos y, al llegar a la vejez, nuestra cabeza que ha transitado todo ese periplo aún quiere hacer, pero el cuerpo parece que no puede seguirla. Hay que adaptar la historia vivida, nuestros pensamientos, aún, ansiosos y con ganas al cuerpo presente de la vejez. Ese ejercicio nos mantiene alertas, insistentes, nos hace seguir. Tener el desafío de adaptarnos a los personajes nos mantiene vivos, porque arriba del escenario, te juro, pasan cosas. Una llega enferma al teatro y cuando empezás la función te curás. Esa es la adrenalina que ponemos en funcionamiento y que nos da la energía necesaria para sostener es lo que no te deja envejecer del todo. Por eso, es que yo creo que voy a ser inmortal hasta la muerte (risas)».


Silvia, que es más joven, piensa en el camino del crecimiento en relación a la vida en el teatro: «Nosotras nos vamos adaptando desde el cuerpo y sus posibilidades a las necesidades del teatro. Nuestra vida gira alrededor de eso. Aun cuando la edad pueda pesar, sí, creo que nosotras como actrices podemos hacer cualquier cosa. No hay límites, porque estamos hechas para eso. Crecer, en nuestro caso, significa ir acomodando nuestra estructura, nuestro tiempo, a las necesidades del teatro. Tal vez por eso transitamos naturalmente el paso de los años. Dicen por ahí que la gente que menos envejece es la del teatro, por algo será».


Esas palabras me recuerdan la canción que dice: «Quedan los artistas». Parece que algo en ellos les hace procesar el tiempo de una manera distinta. Myriam tiene la respuesta: «Es químico, la cabeza alimenta el cuerpo y de alguna manera lo mantiene, no lo deja caer. Hay una energía interior, cuando hacés teatro, que te sostiene». Ellas se miran, continúan como en una charla de boliche, tan propia de nuestra cultura, el tema fluye solo y Silvia continúa: «Estamos pensadas para estar en el escenario más allá del tiempo y más allá de la edad. Hay un pacto entre el cuerpo y la mente que nos instala con tremenda fuerza vital en escena». En esa misma línea, surge la voz de Myriam, como una resistencia: «A veces me piden que pare, pero yo no quiero parar porque, si no, se me para la cabeza»


Es claro que, en el caso de los teatreros, el cuerpo no les pertenece del todo. El juego de la representación les exige prestarlo a otros, a personajes que llegan, como extraños espíritus, para habitarlo por un instante. Me pregunto si existe ahí un contrato —¿como el de Fausto?— donde el artista se transforma en un médium para darle vida a ese efímero sueño. ¿El arreglo? Durante el tiempo en que el personaje toma su cuerpo, le devuelve a cambio una porción de energía que genera esa mística de eternidad.


Mientras cerramos la nota, las fotos siguen buscando algo del misterio que se esconde en estos espacios. Un teatro amplio, generoso, que ha sido la casa de todos los teatreros que no tenían recursos durante la pandemia. Entre ellas y este teatro se perciben todas las historias que aún nos quedan por contar.

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¹A lo largo de sus 72 años de historia, se ha constituido en un centro cultural, situado en la principal avenida de la ciudad de Montevideo, con tres salas teatrales. Hay además espacios para exposiciones, una cafetería y una Escuela de Artes Escénicas. Sin ningún tipo de apoyo o subvención estatal permanente, esta Institución, de las más antiguas, conocidas y respetadas en el mundo, se sostiene gracias al apoyo del público y a los sistemas de Socios de El Galpón y Socio Espectacular.

²La dictadura cívico-militar uruguaya se extendió entre el 27 de junio de 1973 y el 1 de marzo de 1985. Fue un período durante el cual Uruguay fue regido por un gobierno militar no ceñido a la Constitución y surgido tras el golpe de Estado del 27 de junio de 1973.

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