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  • Piel Alterna

Soñar con abrojos

Texto por Florencia Martínez Aysa. Fotografía por Virginia Mesías

Esquinas del Arte




Mi experiencia como mujer y artista joven en el medio es como un partido de truco. Hay que jugar, lleva tiempo, es un juego estratégico. Todos los partidos son diferentes, depende de las cartas que tengas en mano y de la muestra. Ojo el orden en que jugás y atenta a las vivezas criollas, porque la mentira vale.


Dicen que cuando estás empezando es cuando más ligás. La verdad, no lo sé, por lo que he visto, la experiencia es crucial, pero, si la suerte está de tu lado y alguien te explica cómo intercalar las cartas, podés dar vuelta el partido. Me ha tocado perder faltando el último tanto y ganar estando en malas. Vas tanteando de a poco, la primera vuelta son tantos feos y cuando entrás son buenos. Podés jugar mano a mano y también en grupo.


Es un juego artificioso, creativo, de terminología folclórica de principio a fin, en donde los cálculos, la memoria, la liga, señas estratégicas y el humor se unen. Aprendí de muy chica a cantar flor, envidar, y hasta gritar «¡retruco!» con poco y nada. Si se complica un partido, acomodás el cuerpo y la voz. Me gusta la parte en la que hacés parecer una cosa, pero es otra. Y sigo sin entender por qué la sota y el caballo valen 27, pero si están sobre la mesa el caballo mata. Te pasan cosas.


Una vez llegué a jugar casi todas las rondas en un campeonato, hasta la final. Me dijeron que estaba ahí por la suerte de chambona y no me dejaron jugar el último partido. La realidad es que lo vi desde afuera por ser mujer, esa mano la perdí. Tenía 14 años, me puse como un abrojo. Pero ese partido no lo di por terminado, todavía lo estoy jugando.


Hoy, ser mujer es un orgullo para mí, porque implica la lucha contra los roles de género encorsetados, impuestos desde una perspectiva autoritaria, sin libertad ni matices. Ser mujer es poder decir quién soy hoy realmente, y soy como un abrojo, sobreviviente, espinoso, salvaje. Por no encajar inicialmente con el estereotipo dominante, me acostumbré a reflexionar: «¿Soy mujer? ¿Por qué mujer? ¿Qué significa para mí ser mujer? ¿Por qué me siento una mujer abrojo?».


La obra ocupa, de alguna forma, el lugar de las respuestas. Físicamente: «¿Por qué mi cuerpo?». A lo que respondo: «¿Por qué no?». Es inevitable, de alguna manera. Tengo 27 años y conscientemente hace unos siete u ocho años que transito este camino como mujer y artista.


Hasta mis 18 viví en Florida, allí fui a talleres de dibujo desde temprana edad y tuve mi primera exposición colectiva a los 16, en la Casa de la Cultura. A los 17 participé en la Bienal de Jóvenes Creadores de la Fundación Atchugarry y el último día se inauguró en paralelo la exposición «Sola» de Linda Kohen. Fue la primera muestra de una artista mujer que vi, me pase horas recorriendo y me volví con muchas preguntas y una sola certeza: quería ser artista. Luego tuve la oportunidad de venirme a Montevideo a estudiar. Tenía que prepararme, entendí que no iba a ser un partido fácil.


En el camino, empecé a soñar con abrojos, bien verdes, llenos de espinas, esos que se marchitan pero se fortalecen y, ya bien rígidos, se desprenden, caen y semillan. Vuelven a nacer con más fuerza, multiplicados, en un lugar y en otro, porque se mueven, se trasladan. ¡Expanden sus horizontes! ¡Se prenden! Son todos diferentes, bien particulares. Ser mujer es ser fuerte, valiente y creativa. Tan fuerte y resistente como un abrojo, con muchas puntas pinchudas, difíciles de digerir.


Mi primera inspiración fue mi madre, que es también una mujer abrojo, ya que a su manera encontró una forma de ser fiel a sí misma. Me preparó, prendida a mi esencia, e hizo que me salieran mis primeras espinas, y me ayudó a entender que para sobrevivir tenía que desarrollar estrategias adaptativas. Estoy llena de abrojos, cicatrices y recuerdos más allá del alambrado de lo esperable de una niña y una mujer, y los he mapeado, como el rastro de una que sigue su camino.


Me propongo apelar al uso instrumental del arte, a través de diversos lenguajes, como herramienta para elaborar nuestro presente siniestro, hacer visible y reflexionar sobre dimensiones de nuestra experiencia vital que, por su subjetividad e inmaterialidad, sin esta herramienta de representación y abstracción simbólica, no podríamos discutir.



Produzco imágenes en torno a preguntas que atraviesan mi existencia, y tienen como hilo conductor al cuerpo femenino y su interacción con el medio, el entorno y el territorio.

Me construyo todo el tiempo, ¿por qué estoy donde estoy?, ¿qué deseo? Deseo muchas cosas muy potentes y la experiencia estética es lo que me permite, emocionalmente, más o menos, atravesar esa búsqueda simbólica.


«¿Quién soy yo?», me pregunto, «¿cuál es mi trauma?», «¿por qué estoy obsesionada con los abrojos?» Son mi memoria en el territorio, y no solo mía. Por otro lado, estoy trabajando conceptualmente con ellos, encontrando en esta conjunción, una libertad expresiva que en años de trabajo con técnicas tradicionales no había logrado.



El abrojo es, para mí, un símbolo botánico, la máxima representación de la insubordinación e insumisión, ya que hay determinados mecanismos y comportamientos de esta planta que resultan realmente eficaces para la diseminación de estrategias de supervivencia y adaptación. Me apropio de ellos en entrecruces formales y simbólicos que se hacen presentes en mi obra visual.


En mi niñez, supe jugar con ellos y utilizarlos como armas poderosas. Como artista, la utilización de imaginarios visuales encontrados en el paisaje me ayuda a problematizar mis procesos de sanación y crecimiento al compartirlos. Cada narración es una espina, y juntas, hacen al territorio, y a mi cuerpo.


El abrojo como ícono que representa el proceso de adaptación al entorno hostil, conservando sus características vitales: ese es el truco. Adaptaciones para permanecer fiel a la propia naturaleza.


Como mujer, artista y docente, vuelvo a ser mujer mil veces, pero siempre abrojo. Una mujer sin miedo. Esa es la clave, para mí, de la libertad de la creación. Me dedico a inventar mi destino, y como este no es el final de la historia, me interrogo tanto como haga falta, porque, de alguna forma, yo lo modelo y lo escribo. Tengo varios horizontes; a medida que camino, surgen nuevos.



Florencia Martínez Aysa

27 años, Nacida en el departamento de Florida, 1994. Actualmente reside y trabaja en Montevideo, Uruguay.

Artista Visual y Docente. Trabaja en Educación Secundaria y en su propio taller, Montevideo. Es tallerista en MAVEA Museo de Artes Visuales Florida. Expone de forma individual y colectiva desde 2012. Actualmente realiza clínicas de arte con Cecilia Vignolo y asiste al estudio de arte contemporáneo a cargo de Gustavo Tabares.

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