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  • Piel Alterna

Nos violan

Editorial




[…] que los crímenes sexuales no son obra de desviados individuales, enfermos mentales o anomalías sociales, sino expresiones de una estructura simbólica profunda que organiza nuestros actos y nuestras fantasías y les confiere inteligibilidad. En otras palabras: el agresor y la colectividad comparten el imaginario de género, hablan el mismo lenguaje, pueden entenderse.

Rita SEGATO

La escritura en el cuerpo



Nos violan una y otra vez, alrededor retumba el silencio aterrador, como si fuera un acto cotidiano, como si no se dieran cuenta. Como si no entendieran.


Nos violan y nos matan, una y otra vez, pero ese acto no es el inicio ni el punto final. Es la consecuencia de una larga sucesión de conductas y hábitos que se acumulan en la base oculta del iceberg de la violencia. Simples hechos cotidianos que no disparan alertas y nos esconde, aún a nosotras, ese fondo oscuro que arrastran.


Nos violan y nos matan una y otra vez, física, carnalmente. Como si nuestro cuerpo fuera un territorio de conquista diario. Hemos aprendido a convivir con esas permanentes conductas de intervención sobre nuestros cuerpos, calladas, silenciadas, porque nos han enseñado que el silencio es elegante, que el escándalo y el insulto y la bronca no son propios de mujeres buenas y correctas.


Nos violan también porque no estamos seguras en la libertad de salir, de desear, de tener sexo cuando queremos y con quienes queremos. Nos han condenado a la sexualidad opresora de la pertenencia. Lo contrario, esa otra sexualidad, la elegida libremente, ha sido, solo para nosotras, una señal de promiscuidad, de vida licenciosa, disoluta (atender estos términos desde la perspectiva del diccionario pues ya que no serían tan negativos).


Hemos sido corridas del más pleno acto de decisión de nuestras vidas, la decisión sobre nuestro cuerpo y el deseo. Han colonizado nuestra capacidad de elegir. Aun así, reclamamos el derecho a la voz.


Nos violan también en el abuso emocional. En la sistematización de comportamientos instintivos, irreflexivos, incontenidos. En esos actos tan primitivos que descargan, como animales, sin pienso. Desconectados de la existencia real del otro, de la emoción, para no hacerse cargo del comportamiento nocivo. Entonces nos volvemos a callar, para no pasar por «histéricas» o «dramáticas». Así seguimos avalando cada una de las agresiones solapadas, sin comprender la dimensión de nuestro silencio.


Porque en cada violación, en cada acto político de violencia, anulan nuestro cuerpo, pero también anulan nuestra voz, nos vacían de palabras, de preguntas y en cambio nos llenan de peso las espaldas. Otra vez, solas con la responsabilidad y la carga eterna de asumir nuestros actos. Como niñas reprendidas por habernos portado mal.


Hasta que, como sociedad, no seamos capaces de mirar en profundidad los actos impulsivos y violentos que nacen del macho, hasta que no seamos capaces de reclamar acción, reacción y transformación, nos seguirán violando impunemente.


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