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  • Piel Alterna

La responsable es Pandora

Natalia Rovira y los cuidados mayores


Texto por Virginia Mesías. Fotografía: por Virginia Mesías (Imagen uno) y Natalia Rovira (Imagen dos).

Cuerpos en Tránsito


Pandora es el «personaje mitológico que simboliza el origen de todos los males provocados por el sexo femenino» porque «llevaba consigo una caja de la que salieron todas las plagas que afligen a la humanidad: vejez, dolor, enfermedad, locura», dice un diccionario de símbolos que siempre consulto. Al confirmar la información en la mitología griega y romana de Pierre Grimal, encuentro que «Pandora fue el regalo que todos los dioses ofrecieron a los hombres, para su desgracia. […] Ahora bien, existía una jarra que contenía todos los males. […]. No bien hubo llegado a la tierra, Pandora, picada por la curiosidad, abrió la vasija, y todos los males se esparcieron por el género humano».


Ambos textos luego mencionan la esperanza —que quedó como un don para sostener la vida de los mortales— pero me llama la atención que simbólicamente se interpreta que el castigo es la vejez y la enfermedad —que además llegan juntas, por lo general—. Porque en la leyenda mitológica no encuentro especificadas cuáles serían esas calamidades que soportamos; parece que en nuestro inevitable imaginario cultural asumimos el paso del tiempo y el desequilibrio (físico o mental) como una plaga y no como situaciones (adversas, posiblemente) de la existencia.

Quizás por esto, cuando pienso en las fotografías de Natalia Rovira (Montevideo, 1979), recuerdo, en primer lugar, un trabajo —el más íntimo y hondo, imagino— que mencionó en un taller en el que coincidimos en el año 2019: era en relación a su padre, a la salud de su padre, no hubo imágenes porque solo compartió la idea que implicaba un viaje juntos a visitar algún lugar del interior por última vez, no retuve más detalles. Asimismo, siempre vuelvo a uno de sus proyectos, delicado y emotivo también, sobre el cuidado a los mayores, a madres y abuelas ancianas, realizado por hijas y nietas. Por este tema es que la busco ahora, y conversamos.


Natalia ingresa al trabajo fotográfico en 2015, es egresada de Periodismo Deportivo del Instituto Profesional de Enseñanza Periodística (ipep) y afirma ser mayormente autodidacta; desde 2018 trabaja en forma colaborativa para La Diaria en las secciones de «Feminismos» y «Deportes». Es de su padre, justamente, que recibe la pasión por las imágenes y la cámara. En su página web plantea que esta profesión es una forma de armar su línea en el tiempo y conectarse con una niñez feliz. Y de la niñez vamos a la edad adulta y, con la vasija de Pandora abierta sin marcha atrás, nos enfrentamos a las Hijas bastón, título contundente, preciso y nada metafórico (aunque la imagen funcione como tal).


La presentación de este proyecto, en la misma web de Rovira, plantea lo siguiente: «Cuando los padres se vuelven ancianos y necesitados del apoyo de los hijos, se ven envueltos en una serie de decisiones que no siempre son fáciles de resolver o asumir.» Y me surgen de inmediato algunas interrogantes: ¿quiénes toman esas decisiones al final? ¿Cuántos se encuentran envueltos en estas circunstancias? ¿Se resuelven de alguna manera? Porque las soluciones no implican un desenlace favorable, sino que el problema simplemente deja de existir. Y así se suceden las inquietudes y las fotografías elocuentes y sensibles, como todos los trabajos de Natalia. Hay una imagen en particular de imponente fuerza discursiva: las manos de Carmen, sus uñas pintadas, la manta de colores que teje en su regazo de delantal. Regazo que tuvo a sus hijos pero ahora solo Cristina está allí como sostén, mujer-sostén también.


Carmen es la madre de cien años y Cristina, su hija. Cristina se la llevó a vivir con ella para cuidarla, además trabaja, claro, trabaja y cuida a su madre; nunca realiza esta labor desde el lugar de la queja, no hay para ella un peso mayor, pero, de todas formas, esta realidad la fue consumiendo. Por otro lado, en Hijas bastón se encuentran dos hermanas jóvenes con su abuela Etelvina que vive en una casa de salud; los hijos de Etelvina están vivos y en Estados Unidos, de allá volvió la madre cuando enfermó para ser cuidada por sus nietas, Valeria y Débora que, a su vez, fueron criadas por Etelvina. Natalia me explica que no encontró historias de hombres que cuiden a sus madres o a sus abuelas: «No veo hombres cuidadores, van si se les pide, nada más —me explica y continúa— no sé si la sensibilidad es innata de la mujer. Hay algo corporal y emocional en este trabajo y, por otro lado, está lo que el resto reclama y espera, toda la carga cae en una sola persona. Cuando no hay herramientas para relegar, ¿qué se hace entonces?»


Natalia trabaja en relación con las personas de sus proyectos, ellos tratan sobre vivencias íntimas, porque encuentra mayor conexión con el lugar en el que está el otro. Y así podemos ver No te quedes mirando, sobre la actuación de Mujeres de Negro y Deportes des-masculinizados acerca de las políticas de igualdad en el deporte. El día que nos reunimos, me cuenta también sobre una de las últimas portadas de La Diaria que salió con una fotografía suya, me extiende un ejemplar y allí la imagen de ese rostro en primer plano en el papel habla por sí misma y por la lealtad de una fotógrafa a sus elecciones de vida y de trabajo.


Y así somos nosotras, Pandoras o Evas, quienes generamos las aflicciones y males que asolan a la humanidad desde el origen, dicen los que inventan los mitos, claro. Quizás por esto nos corresponde el cuidado, la protección, la responsabilidad en la ayuda, la solución de todas las dificultades como un hábito que viene heredado en el género. Mientras termino esta nota y consulto a Natalia sobre algunos datos, me entero de que está con su padre internado, cuidándolo.


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¹ Biedermann, H.. Diccionario de símbolos, págs. 347-348. Paidós: Barcelona, 1996.

² Grimal, P.. Diccionario de mitología griega y romana, pág. 405 Paidós: Barcelona, 1994.


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