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La amistad como fuerza política

Texto y fotografía: Mariela Benítez

Piel Crónica



La amistad, me parece, se construye con un pie en lo privado y el corazón, y el otro, en lo público-político del pensar…del pensar juntas con todo lo que esta dimensión conlleva de valores y de responsabilidades sociales y humanas.

Margarita PISANO


La ola de calor me encontró en Mercedes junto con amigas durante una semana: quiero escribir sobre la amistad como fuerza afectiva y política que crea comunidad, lugares de cuidado y contención para todxs, pero en particular para nosotras, las mujeres.


Supongo que todas tenemos o deberíamos tener, por cierto, amigas como ellas: mis amigas. Con ellas me reconozco, no como mi otro yo ni mi espejo. No. Son mujeres bien diferentes. Cada una con su vida: en su trabajo y espacio de experimentación; siendo madres o no; viviendo en pareja o solas; cerca o lejos, siento que todas estamos donde queremos estar.


Me pregunto: ¿por qué se vuelve trascendental una semana con amigas? ¿Por qué son tan fermentales esos días en que me sorprendo de ellas y me quedo sin palabras o tomo decisiones que quizás nunca hubiera tomado sola o sí, asumo esas decisiones que ya había tomado solitariamente? ¿Qué hay además de diversión?


Vuelvo a enero. El calor y el jazz que nos envuelve se sienten por las calles y la Manzana 20. La gente con sus sillas playeras, heladeritas y el mate se arrima mientras se arma el sonido junto a lxs músicxs. Durante una semana, escuchar y hacer jazz se vuelve cotidiano en la convivencia de maestrxs y estudiantes, jóvenes y veteranxs, uruguayxs y extranjerxs. Me cuentan que nada de esto es casual. Hace catorce años un colectivo de vecinxs se propuso trabajar en tres líneas: recitales de jazz mensuales durante todo un año (para generar un público abierto a otros sonidos y ritmos); concretar un encuentro anual de jazz y abrir una escuela de música. Todo ello se ha ido logrando y hoy Jazz a la Calle se ha vuelto el evento internacionalmente reconocido que todos los eneros congrega a músicxs y espectadores en torno al fuego sagrado del jazz.



Nuestra ida a Mercedes comenzó a planearse en agosto del año anterior, cuando una de esas amigas confirmó su viaje desde lejos. Fuimos llegando de a poco y, cuando nos encontramos, se dio la magia. No bastaba con la euforia de vernos. Queríamos construir esa rutina y detenernos en el caminar lento, en el mate, en el silencio y en las miradas que nos confirmaran quiénes somos y por qué nos queremos. Sorprendernos de que en más de treinta años crecimos, envejecimos, cambiamos y lo esencial de cada una sigue a flor de piel. Los recuerdos asaltan a cada rato y mutan: están vivos. La memoria se vuelve un compost para el día a día.


En estos años de caminar juntas, a veces nos hemos enojado, pero luego hemos aprendido a esperarnos porque siempre alguna se pierde, se cae, se rompe y vuelve. Porque siempre es bueno volver a lamer nuestras heridas, a curarnos en el abrazo de las otras. Y ahí están las cicatrices. Nuestros cuerpos hablan de nosotras. Nuestros cuerpos son territorios de vida, de lucha contra la muerte, de amor y de juego. Nosotras lo sabemos. Por eso nos queremos.


Y estamos todas: la que no para de hablar, la que en algún momento se malhumora, la que observa y escucha en silencio hasta cerrar la discusión con esa palabra certera. Está la que se ríe, la de lágrima fácil, la que se pierde en su propio cuento, la que extraña y necesita de estos días para agarrar fuerza en su propio desarraigo. Está la que con su energía vital nos empuja, o la que se olvida de todo para que otra se lo recuerde. Están aquellas para quienes cocinarnos es un acto de amor. Está la que sostiene y la que se deja sostener. Estamos todas y en algún momento, como en un juego, cambiamos de casillero para ser otra: la que llore, ría, hable, se olvide, observe, escuche, invente para seguir reconociéndonos en el calor tórrido de Mercedes. Hoy me encuentro pensando que la amistad es un hecho amoroso, profundo, complejo, denso, existencial, íntimo y, por demás, político.


Vuelvo a mis preguntas: nuestros aquelarres son un espacio de resonancias, son seguros, llenos de fantasías en los que hemos ido constituyéndonos, en tanto que mujeres que decidimos nuestras vidas y sobre nuestros cuerpos. Nos ayudamos a romper mandatos. Ejercitamos nuestra voz porque discutimos, nos interpelamos y sabemos que nos esperan miradas y oídos atentos.


La amistad se vuelve una enorme red tejida con hilos diferentes. Construimos y deconstruimos todo el tiempo. No es natural, nace de una acción voluntaria. Hay hilos que se desgastan y se rompen para volver a tejer esas redes afectivas y materiales. La amistad se vuelve política porque nos hace fuertes allí donde el sistema patriarcal y capitalista nos quiere vulnerables: rompemos el aislamiento, creamos solidaridades, armamos complicidad incluso en el desacuerdo. Tomamos la palabra. Esa red nos permite transitar por los pliegues entre lo privado y lo público con voz propia. Es ahí cuando la amistad puede ayudarnos a subvertir el orden: cuando nos saca del ámbito doméstico/privado/individual y nos potencia hacia afuera. Nos hace fuertes y por lo tanto potencialmente peligrosas.


Silvia Federici analiza el rol de las mujeres en los movimientos campesinos, populares y heréticos de finales de la Edad Media y cómo, a partir del siglo xiv (peste negra, crisis), la transición hacia el capitalismo se caracterizó por los cercamientos, la creciente proletarización y un mayor control sobre los cuerpos y sexualidad de las mujeres, convirtiéndolas en simples reproductoras de fuerza de trabajo. Es así que la modernidad instauró la caza de brujas y la persecución de los aquelarres: había que domesticar y aislar a las mujeres encerrándolas en sus hogares, solas y lejos de otras mujeres. Federici concluye que:


La caza de brujas fue también instrumental a la construcción de un orden patriarcal en el que los cuerpos de las mujeres, su trabajo, sus poderes sexuales y reproductivos fueron colocados bajo el control del estado y transformados en recursos económicos. […] fue, por lo tanto, una guerra contra las mujeres; fue un intento coordinado de degradarlas, demonizarlas y destruir su poder social. Al mismo tiempo, fue precisamente en las cámaras de tortura y en las hogueras […] donde se forjaron los ideales burgueses de feminidad y domesticidad. […] condenó la sexualidad femenina como la fuente de todo mal, pero también fue el principal vehículo para llevar a cabo una amplia reestructuración de la vida sexual que, ajustada a la nueva disciplina capitalista del trabajo, criminalizaba cualquier actividad sexual que amenazara la procreación, la transmisión de la propiedad dentro de la familia o restara tiempo y energías al trabajo. (1)


Hoy, pleno siglo XXI, enfrentamos las violencias de un sistema patriarcal, saliendo y tomando la palabra. La red tejida entre amigas nos permite estar de pie. Cuando nos juntamos, toda esta historia está presente, no explícitamente, pero está. Mientras nos reímos, mientras brindamos, mientras hablamos todas juntas y confesamos dolores o miedos. Mientras bailamos, nos reconocemos enamoradas o asumimos el desamor. Mientras nos indignamos. Mientras proyectamos porque nos sabemos juntas, aún en la distancia, y eso nos sostiene.


Vuelvo al comienzo. Pienso y escribo sobre la amistad porque tengo amigas que quiero, con las que nos queremos. El amor, en estos tiempos inciertos y violentos, se vuelve un arma de contención y de resistencia. Se vuelve una acción de compromiso personal y político, profundo y bello.




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  1. Silvia Fedirici en Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria, págs. 301 y 315. Ed Tinta limón, 201

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