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  • Piel Alterna

Esas malvadas ganas de morder que me agarran

Texto: Cristina Lobaiza Estrada. Fotografía: Virginia Mesías

En la Frontera



Voy hacia lo que menos conocí en mi vida:

voy hacia mi cuerpo.

Héctor VIEL TEMPERLEY

Hospital Británico


No va que todas las mañanas me da por salir a caminar.

Ritual, cada mañana me concentro en la módica revuelta que consiste en hacer que caminar, en el sentido inverso a todos los sentidos, con los que me fue abrochado a eso que dijo «yo», el cuerpo mío.

No por módica, menos barullera —siempre constante, jamás discreta— me propongo desencajar los filtrados con los que más temprano que tarde y en nombre del Bien mi cuerpo fue forzado. Lo hago como un político conjuro y contra todo deseo de permanecer timada allí, pues —taimada y personal— supe y advertí que resultó mi deseo programado en clave de subordinación. Unas veces en nombre del amor, otras veces en nombre de la necesidad.

Por lo tanto, mientras camino y porque el cuero de mi barullo es cabelludo, extremo la boca poderosa para extraer de mi cuerpo una voz que me recuerde que ya nací; que existo; que soy titular.



Camino, hossana pagano, hacia mi cuerpo, punto de capitón.

No va que porque quedaba lejos de mi cuerpo, camino hasta el tiempo en el que pase alguna otra cosa. Dentro de mí, camino hasta el minuto de saber de qué estuvo hecho el tiempo en que se facturó la distancia entre mi «mí» y el cuerpo mío.

Camino y pienso. Pienso que camino y pienso en el rango de posibilidad de una rabia que me diga. Pienso en la posibilidad de una rabia que no esté pactada de antemano. Negociada para quedar ahí, pustulita catártica que apenas consigna. Pienso en una rabia, otra que no se calme. Pienso en una rabia a mi «mí» debida. En una que no se acabe ni se consuma en una perorata de corte emancipatorio, más cerca del rezongo que de la revolución. Me inclino ante una rabia que no capitule incrustada en la marcha mía cual broche de oro del viejo truco de cambiar algo para que no cambie nada. Oropel testicular. Más de lo mismo.

Me preocupan los malos de siempre proclamando lo de la lógica del cuerpo para otros. Mandingas de morondanga. Pero más me preocupan los buenos y por eso no va que camino por los andariveles de la rabia, hacia mi cuerpo solidario con las alcobas de lo posible en donde fue instalado. Quisiera salir a romper todo, pero me abstengo porque ya sé que romper todo es muy poquito. Habrá que cortar la sombra a cuchillo, de adelante para atrás, parar la oreja en sentido contrario a las agujas del reloj y caminar mientras se arde de fuego nuevo.

En ese crepitar hay más cuerpos. Cuerpos y cuerpos y cuerpos que caminan.

Detrás, junto, delante hay más. Cientos. Miles. Millones.

Caminamos. ¿O es que marchamos?

Sí. Nosotras marchamos.

Y nos marchamos. Porque siempre quedaba lejos nuestro cuerpo. Porque quererlo nuestro. Pero la bóveda donde se guarda el fuego es palatina y se hace ruidor que suena a río mientras todas marchamos. Las matadas, las que quedaron locas, las sobreadaptaditas, las diversas y las insumisas. Las feas y las lindas las buenas y las malas, las bobas y las vivas las gordas y las flacas las viejas y las jóvenes las cobardes y las valientes las pobres y las ricas, las putas y las santas. Todas.

Marchamos y nos marchamos, pienso. Pienso que marchamos y que nos marchamos del tiempo en clave de qué esperanza, en clave de mucho menos.

Por eso, cuando escucho ese sonido seminal derramándose en la marcha en que marchamos para querernos encontrar el cuerpo en sentido inverso del forzamiento con el que fue encendido en nombre el amor en nombre de la necesidad, me parece que esos son los buenos, los regalones. Y acá estamos nosotras, que los queremos tanto, con cara de «¡no te puedo creer!», desmandibuladas de tanto asombro chupador.

Y si antes forzaron nuestros cuerpos con forzamientos en nombre del amor en nombre del sentido en nombre de la necesidad ahora tocaba forzar la marcha con esos mismos forzamientos en nombre del bien en nombre de la unión en nombre de la oportunidad.



Viene sucediendo, pero esta vez se nota más.

No va que después de eso nos da por salir a marcharnos todas las mañanas.

No sea cosa que de tanto marcharnos después de eso, sea la marcha la borra de café, que nos lea una carta del futuro, que capte lo que ya se cayó en tonos de glande pastel.

Entre el baño y la cocina marcharemos. Entre el patio y la vereda marcharemos. Dando vueltas a la plaza. Marcharemos contra todo intento de encerrona. Marcharemos más allá de todo ataque dinosaurio y de toda escaramuza progresista. Marcharemos sostenidas en la bronca que no se acaba ni se gasta en la diatriba ni en la malvada gana de morder que nos agarran. Marcharemos hacia el cuerpo desencajado de las alforzas que nos plegaron al destino, que nos deseamos, cuando prometimos jamás poder, jamás saber, desesperarnos. Marcharemos hacia la vida como lo que es: un significante que chorrea.

Nos marchamos del estantecito de pelo en pecho en donde nos la mandan a guardar.

«¡A la marcha!», digo.

Demás está decirlo: no pasarán.


Cristina Lobaiza Estrada (Santa Fe, Argentina; 1958). Poeta, psicóloga, feminista, artista plástica, activista. Lic. en Psicología, uca, Diploma de Honor, 1982. Vive y trabaja en Buenos Aires. En su práctica profesional se ha dedicado a la psicología clínica, institucional y educacional.


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