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Entrevista a tres potencias creadoras



Texto por Roxana Rügnitz / Fotografía por Mariela Benítez

Escenidades



“Pensar el teatro en términos feministas es hacernos cargo de las preguntas difíciles. No es hacer un teatro de temática de mujeres, sino dejar a la disciplina permearse por los quiebres más profundos que los feminismos contemporáneos proponen, esos que son anticapitalistas, desjerarquizantes, esos que cuestionan la matriz de género, la heterosexualidad obligatoria y los privilegios”.

Manuela Infante, dramaturga y actriz chilena.




Escenidades ha sido un espacio creado para hablar del teatro, tan rico y diverso, que existe en nuestro país. Sin embargo, hace tiempo ya, que el vacío de los teatros nos deja ante un papel en blanco. No me resigno. Los teatreros están, ahí, en la ciudad, sobreviviendo.


Pienso en el tema de la revista, en qué medida el género define la forma en que vivimos los espacios y cómo vincularlo con esta sección. Es cierto que el teatro es uno de los territorios de mayor libertad, tal vez por eso, suponemos que en él, las diferencias de género e identidad no aparecen como un problema. Sin embargo, el teatro registra lo que sucede en el mundo, porque se inscribe en un contexto, usándolo como materia de trabajo.


En esta oportunidad, no hablaremos de obras ni de puestas en escena, sino de cómo las mujeres habitan el teatro y lo haremos desde la perspectiva de tres actrices y directoras, egresadas de la Escuela Municipal de Arte Dramático, con una amplia trayectoria artística. Ellas son Marisa Bentancur, Gabriela Iribarren y María Mendive, quienes, un día, tuvieron la osadía de apostar a una idea que hoy cumple veinte años. Son las responsables del Instituto de Actuación de Montevideo (IAM).


El proceso de la entrevista, realizada en el Espacio Cibils, tuvo algo de escénico. Cuando ellas entran, es como si se abriera el telón. El movimiento de los cuerpos, el reconocimiento del lugar, la voz, todo parecía parte de una puesta pero no lo era. De inmediato entiendo que estoy frente a tres mujeres fuertes, talentosas, cuyo norte siempre es la creación en todos los aspectos.


Atravesada por la conciencia de lo que implica ser mujer en los espacios públicos y más aún, cuando se está al frente de la dirección de una gran estructura de formación de artistas, les pregunto lo que significó para ellas, nacer en plena crisis y sostener durante tanto tiempo un proyecto como ese.


La respuesta cambia el enfoque y es interesante, para pensar en el presente como gestoras del IAM, primero analizan su proceso histórico. Porque antes de ser directoras del IAM, tuvieron que construirse como mujeres y actrices. Esa fue la primera batalla que cada una debió dar por separado en el territorio del teatro nacional y ante una sociedad que ha cuestionado siempre el rol de la mujer fuera del hogar.


Desde la distancia, a las tres se les hace claro que fue necesario pagar un alto precio para ganarse el reconocimiento del que ahora gozan. El tiempo, en ellas, se vuelve un aliado fundamental que posibilitó la concreción del Instituto, sin muchas resistencias.


Marisa toma la palabra pensando en ese tiempo, “por el momento de nuestras carreras en que armamos el proyecto ya había un respeto hacia nosotras”. Entonces salta al presente, ubicada ya en rol de directora y piensa en la equidad, en responder a ese objetivo tan preciado que implica la igualdad de condiciones para todas las personas: “En determinado momento, en relación a la paridad de género observamos y vimos que teníamos cuotas perfecta de todo”. Subraya lo que dice con el cuerpo, mostrando el significado que tiene ese logro para ellas, como un ideal que debería extrapolar las fronteras del IAM.


En las palabras, en la intensidad con la que expresan sus ideas, se puede percibir que este es un proyecto que trasciende lo meramente formativo en relación al arte. Hay en ellas una visión política que supone aterrizar, en la estructura del Instituto, toda esa compleja dimensión social. Son mujeres orgullosas de serlo, porque han atravesado todas las luchas necesarias para estar en el lugar que están, y desde allí piensan en la formación artística, pero desde una perspectiva integral y humana. Para que eso sea posible, ellas entienden que el proyecto debe estar definido por todos los cuerpos, por todas las identidades, por todos los sectores sociales. La entrevista empieza a delinear la visión que entre las tres han ido tejiendo, en la que el hacer se sostiene con un marco teórico de compromiso, desde una perspectiva de derechos.


Gabriela piensa en el tema proyectando sobre él, la historia. Primero nos tuvimos que construir como actrices. Como dice Simone de Beauvoir, ´las actrices somos otra especie de mujeres´, aparecemos recién en 1545. Hemos sido prostitutas para la sociedad. Ese es el trayecto que todas hemos tenido que recorrer para ser, hoy, mujeres actrices y libres, con los costos que significó, tanto para la vida como para el teatro. Cada una de nosotras tuvo que pagar esos costos para constituirnos como actrices, por eso, cuando generamos el IAM ya habíamos realizado todo un trayecto determinado por la realidad de ser mujeres, como le sucede a todas pero en mejores condiciones que otras, por ser blancas, occidentales, cis y con acceso a la cultura. Como mujeres, siendo madres y teatreras, somos todo lo libres que se puede ser. En ese sentido somos imbatibles. Tenemos fuerza y convicción. Es difícil oponerse a tres mujeres powers. Somos conscientes de que esa ha sido nuestra construcción. Recuerdo bien a algunos compañeros que estaban en espacios de dirigencia, que nos veían como mujeres fuertes.


Las miradas ajenas, las que nos han impuesto un comportamiento según nuestro género, las que nos piensan de acuerdo a un formato y que tal vez por eso, cuando se encuentran con mujeres que escapan a esos cánones, exclamen con sorpresa “pah, qué mujeres potentes”. Ser parte de un engranaje social desde un cuerpo que está fuera de la hegemonía y definir, con él, otra estructura, sorprende, tal vez inquieta. Sin embargo transitamos las primeras décadas del siglo XXI, estamos sostenidas por muchas mujeres que debieron enfrentarse a las reglas androcéntricas y heteronormativas con consecuencias brutales sobre sus cuerpos. Ser mujeres, creadoras, talentosas, capaces de pensar y gestar un proyecto, es la forma más genuina de honrarlas, y hacerlo como lo hacen ellas, con absoluta convicción y naturalidad.



Mientras las escucho, las pienso como una señal de los nuevos tiempos. Para Gabriela es necesario aclarar un punto: Claro que la violencia de género también se da en el teatro, hay denuncias hechas, existen esas realidades que no desconocemos. Sin embargo no es la general de la ley, porque somos un colectivo muy integrado, sumamente libre, donde las cosas se elaboran y se metabolizan rápido. No hay mucha pulga. No se aguantan mucho estas cuestiones y se terminan expulsando solas.


María rompe el silencio en el que estaba, para retomar una idea: “Yo siento mi llegada al teatro, como un descanso enorme ya que venía de una educación y de un mundo muy machista. Me costó bastante, al principio, encontrar mi lugar como actriz, porque si era linda, no podía ser buena actriz o era un poco como la modelo para ese tiempo. Pero cuando llegué al teatro, me di cuenta que era un lugar de libertad donde todo se purga para dejar afuera lo que no va, lo que sobra. De todas maneras, siempre estamos en lucha, en resistencia porque ya está en nuestra sangre, forma parte de nuestra vida. Actuar, hacer teatro, estar vivas es resistir.


Esta afirmación de María postula una tesis que me parece significativa y coincide con lo que ya decía Gabriela. El teatro como una geografía cuyas fronteras son una señal de que es posible construir otra sociedad. Ser disidentes, ser mujeres, mujeres interseccionalizadas, habitar la isla del teatro como un espacio de depuración de los males. Desarticular los límites fijados para repensar lo que queremos ser, sin ataduras. Desde el Instituto de Actuación, estas tres mujeres están forjando una nueva forma de vivir en sociedad.


Propongo otro análisis, menos amable, tal vez algo distante de la realidad que van desarrollando. ¿Es posible que las mujeres, para sobrevivir, para dirigir, para sostener deban construir una presencia de carácter masculino?


La respuesta es contundente. Surge desde el análisis esclarecido de Marisa: “Si bien hemos tenido que luchar por un largo periplo para llegar a eso, yo no veo que nos hayamos posicionado desde un registro masculinizante. Nosotras defendemos mucho el ser mujer, defendemos nuestro género y amamos a los hombres de nuestras vidas. Puede ser que esa idea surja de algunas referentes anteriores. Pienso en Elena Zuasti que transitaba por un límite interesantísimo, pero cruzando líneas que son ricas y que en realidad estaría bueno que todos pudiéramos habitar el género de manera más libre”.


La sigue Gabriela, problematizando el tema y lo hace a través de definiciones categóricas, primero sobre ellas para luego saltar a lo que ha representado ser mujer desde una perspectiva histórica. ¿Qué es lo masculino y lo femenino? En todo caso, si nos vamos a definir desde algún lugar, nosotras somos tres mujeres luchadoras. Mujeres a las que nadie se va a llevar puestas. Lo somos en lo individual pero también lo somos como equipo. Somos tres mujeres que peleamos, no nos callamos y decimos incluso lo inconveniente, si es necesario. Somos fuertes también para recibir palos. Ahora bien, ¿esto es ser masculinas? Yo creo que no, que como mujeres tenemos esa impronta porque hemos tenido que batallar desde el principio de los tiempos, desde antes de constituirnos en un movimiento. Hemos sido mujeres perseguidas, aisladas, quemadas en la hoguera. Esas fueron las mujeres que nos antecedieron. Mujeres con la capacidad de ir para adelante con sus luchas, con sus sueños, con sus reivindicaciones. Vamos a poner todas esas maravillas de condiciones en lo masculino? ¿Por qué? Si las mujeres hemos sido así desde el principio de la historia, desde que fuimos oprimidas. Hablamos de miles de años. Todas las mujeres que quisieron hacer algo, todas las que han salido a dar batalla, han tenido esas cualidades. No, esa no es una condición masculina”. La voz de Gabriela va cobrando fuerza mientras desarrolla su idea y lo hace casi como si de un manifiesto se tratara. La reivindicación histórica de las que nos han antecedido como fundamento de una identidad del ser mujer. Las dificultades, amplifica en ellas la necesidad de definirse desde un presente distinto. Están navegando la cuarta ola con total conciencia. Forman parte de una categoría de mujeres que gestan el cambio en la acción.


“Lo que pasa es que cuando te cuentan la historia, claro, a nosotras nos ubican desde el lugar de la delicadeza, de lo adorable y nos separan de las otras cualidades, que también son nuestras, así como los varones pueden también ser delicados”

María interviene para agregar, “ser mujer habla de una expansión, de todos los roles que ocupamos con fortaleza y con la valentía de ser quienes queramos ser”.


Las palabras se van complementando, van generando una visión de lo que ha representado el feminismo para tantas mujeres, y lo que es hoy, como marco de acción política. Saben muy bien lo que ha significado llegar hasta aquí y en sus ideas se nota que no están dispuestas a un retroceso. Es tiempo de las mujeres en todos los ámbitos, en igualdad de condiciones. Es tiempo de llenar de contenido una larga lucha que aún registra demasiadas víctimas. Por eso Gabriela no duda en afirmar: Odiamos el machismo, pero a los hombres feministas que nos han acompañado en la lucha, los amamos. Nos oponemos de manera contundente al machismo, como al fascismo así como a todas las mentalidades de superioridad, exclusión y opresión. Si somos feministas, lo somos en ese marco de estar contra toda forma de opresión estructural que ha significado el dominio sobre la mujer.


Las tres se miran, reafirmando esta definición como la única forma posible de cerrar la entrevista.


Nos despedimos pensando en el regreso a las salas y sus rostros se iluminan. Es el territorio al que pertenecen y del que han sido desterradas, a la fuerza. Necesitan hacer teatro para existir porque esa es su identidad. Me cuentan que vuelven con la obra de Gabriel Calderón, “Ana contra la muerte”, en el teatro El Galpón, porque es a través de ella que pueden decir todo lo que necesitan decir.




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