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  • Piel Alterna

Ellas, rock y después

Texto por Roxana Rügnitz / Fotografía por Mariela Benítez

SobreEllaS




Una mujer sana se parece mucho a una loba: robusta,

colmada, tan poderosa como la fuerza vital, dadora de

vida, consciente de su propio territorio, ingeniosa, leal,

en constante movimiento.

Clarissa Pinkola Estés

Mujeres que corren con lobos


En SobrEllas nos dimos tremendo lujo. Entrevistamos a dos mujeres poderosas, con un talento desbordante y generoso. Capaces de abrazarte con su voz. Ellas son Mónica Navarro y Alejandra Wolff.



Si el tema que nos atraviesa en este número está referido a lo que sucede con el arte cuando se prohíbe desde el sistema político, en este caso nos propusimos dar un salto, más allá de lo literal. Indagar en una forma de prohibición no enunciada como tal. Porque no se trata de una prohibición en términos efectivos, de un imperatum instalado desde el sistema y que se impone a todos.

Si una población no tiene la prohibición de ejercer tal o cual derecho, pero su alcance es dudoso en términos reales, ¿cómo se definiría? ¿Cómo analizamos el lugar de la mujer en el rock, cuando ha sido corrida del centro, siempre al lugar del coro, de la voz que acompaña, del cuerpo estético en escena? Porque podremos discutir la pertinencia del término prohibido pero lo que no podemos discutir es el gran vacío de mujer que ha existido en el territorio rock.

Sin embargo, hoy estamos ante dos singularidades. Ellas son mujeres, artistas, cantantes, han transitado los caminos del rock en nuestro país y son reconocidas. Ellas descubren el velo. Están presentes, en el sentido más sagrado de la palabra. Con el cuerpo y con la voz, lo dicen todo. Es cuando la entrevista se dispara, cobra, en ambas, una dimensión sutil, para abrir una puerta que era necesario abrir.

Se trata de Ellas, de sus experiencias, de tantas coincidencias.

Comienza Mónica diciendo: «Lo primero que me pasó fue ignorar mi situación de desventaja en el laburo de la música. No lo veía. Para mí era normal, ser un florero, verme bien».

Alejandra complementa la idea: «Tratar de encajar con el molde en el que se esperaba que encajaras».

Cualquiera que haya visto a Mónica o a Alejandra arriba de un escenario podría pensar fácilmente que nacieron en él. Que ocupan ese lugar sin ninguna resistencia. Pero las hubo y en sus relatos surgen como revelaciones de lo que representaron a lo largo de su carrera.

«Empecé a darme cuenta de las cosas hace muy poco ―dice Alejandra-—. Yo naturalizaba ciertas formas de vínculos porque era lo que había aprendido. Mucho tiempo después empecé a cuestionarme, a ver que sostenía determinados formatos, que favorecía lo hegemónico. De alguna manera, sostuve el sistema, ahora toca desarticularlo.»

Sucede que, en cada palabra, van poniendo luz sobre un problema que tiene demasiado tiempo ya. Ellas lo saben, lo han vivido y hoy lo problematizan desde la reflexión activa. Mónica piensa en las dificultades que ha representado navegar a través de mares que no le habían sido asignados con la misma naturalidad que a los varones.

«La verdad, no he conocido hombres que, honestamente, estén desarticulando sus conductas. Todo parece quedar más que nada en el título, en la cáscara. El sistema patriarcal es hábil, cualquier cosa que se le escapa, luego lo toma para usarlo a su favor. Entonces no sé si algunos varones toman una postura que hoy es más lo políticamente correcto, pero que en el fondo…». En el fondo de las palabras de Mónica está la duda, una encrucijada que se sostiene en la experiencia de ser cantante en un mundo controlado por ellos.


Pero ellas existen. Ellas tienen un nombre que representa algo dentro del rock uruguayo. Han alcanzado un lugar como cantantes solistas. ¿Cómo vivieron el proceso? Algo de la pregunta le dispara a Mónica la necesidad de responder: «Arranco por la palabra solista, que es bien interesante. Para nosotras es muy culposa, porque hacemos nuestras vidas solas, naturalmente, pero cuando estás en ese lugar que conquistaste y que te mereces decir sola, ah, bueno, ahí arrancamos a maternar. Empezamos a agradecerles a todos los que nos dieron esa “oportunidad”. Agradecemos, mostramos al otro, nos volvemos a salir del centro. Yo reivindico la palabra sola. Tengo un proyecto sola. Mi proyecto solista se llama Mónica Navarro y soy yo, porque valgo, porque soy muy crack, pero no me está permitido decirlo porque parece que no está bueno tener una autopercepción copada».



Ale recuerda su historia y nos lleva con ella, a sus comienzos: «En mi caso, entré a la música haciendo el coro en La Chancha Francisca. Si, también siento que encontrar mi lugar fue complejo y tuvo que ver con lo que me permitieron y lo que yo misma también me permití. A mí me cuesta mucho afirmar que soy crack y sostenerlo. En ese proceso fui conquistando mi propio terreno. Sin duda, participé del aparato patriarcal. Hice todo lo que se esperaba que hiciera para sostenerlo y lo hice con amor, re contenta de la vida. Claro que pila de veces cedí espacios a otros por no haberme sentido capaz de asumir mis propias creaciones. Hoy estoy parada desde otro lugar. Me replanteo cómo pararme en cada proyecto». Cuando Alejandra habla, juega con las palabras, las dibuja con sonidos en el aire.

Algo de lo que cuenta Alejandra de su historia conmueve y, al mismo tiempo, rebela a Mónica y entonces salta con una expresión que muestra que algo en ella se movió: «¿Ves? ¡Ahí hay un tuco muy grande! Algo de lo que hablo mucho con mis alumnas. La exigencia que tenemos nosotras de cantar bien, vernos bien, hacerlo todo bien, es un combo perfecto para que nunca más, en tu puta vida, hagas nada. El sistema te pone en el lugar para que te mires y digas: no tengo la cara, no tengo el cuerpo, no tengo la voz».

Las escucho y pienso en la cantidad de rockeros a los que nunca jamás se les exigió una apariencia como un aspecto determinante del talento. Si hay un lugar de partida en esto de la música, ellas comienzan esa «carrera» con desventaja. Porque no es lo mismo pararte en un escenario convencido de que sos el propio y que ese es tu lugar, a sentir que estas en una constante prueba y que dar el «target» es una cuestión de valoración de un otro que no necesariamente está preocupado por tu talento.

Me pierdo en esa idea cuando la escucho cerrar con una afirmación que duele y sin embargo parece un lugar común para las mujeres: «Me siento una mujer rota. Estuve rota sin saberlo, por mucho tiempo, y me ayudaron a construir esos pedazos de mí que yo no entendía. Me ayudaron las pibas más jóvenes».

«Sí, eso me pasó a mí —dice Alejandra— Es como que te dan esos pedacitos tuyos para que te rearmes. Es tan importante ese sostén. Porque durante mucho tiempo nos tuvieron separadas, divididas, cuando los colectivos de mujeres son renutritivos. Como de tribu. Esa gente que te enseña y te transmite toda la sabiduría transitada por otras mujeres. Cuando te das cuenta de ese sostén que representamos, juntas, es alucinante».



Hay algo de una unidad que nos atraviesa y que logramos entender cuando nos descubrimos como parte de esa tribu de la que habla Alejandra. Somos un cuerpo que late con la fiereza de existir sin las normas que otros han creado para adormecernos. Esa visión es plena y nos despierta a otro nivel de conciencia vinculado al amor. Hay algo de novedoso pero ancestral en ese concepto. Mónica lo define. Habla de un encuentro que tuvo unas horas antes, con una amiga. Recuerda que se abrazaron y que hablaron del machismo y las listas de los varones violentos en todas las ramas del arte. Mientras habla del encuentro, Mónica también habla del amor: «[…] Entiendo que el amor que sentimos es un amor político. Amar simplemente es poco. Los afectos o las roturas se transforman en conocimiento al servicio de otras mujeres».

En el proceso de construcción de una historia personal, siempre hay un verbo que nos atraviesa. El verbo llegar, que suele desvirtuar el camino. ¿Qué representa llegar a ser, en su universo, lo que son hoy? Alejandra responde pensando en los costos del resultado: «Es un proceso con muchas posibilidades de pérdida, porque la transformación personal te obliga a moverte, salirte del lugar cómodo, comprender que no es por ahí. Eso siempre implica un riesgo».

Mónica reflexiona desde la palabra de Alejandra, no en un sentido opuesto, sino complementando la idea: «Al final no hay tal pérdida. Hay mucha más ganancia, pero para el patriarcado es más redituable el sentimiento de pérdida. Nos hacen ver entre nosotras como competencia. Nos enfrentan para que “el amo”, que tiene a sus preferidas, obtenga sus ganancias, mientras te hace creer que te eligió a vos, por encima de otras». Y ahí está la clave, las sombras en las que las mujeres quedan apartadas del centro, como una suerte de clandestinidad a plena luz.

Estoy atrapada en el relato de ambas. Son dos mujeres plenas, llenas de recursos, ávidas de formar parte activa de los cambios paradigmáticos. Les cuento un secreto: ellas ya lo son. Dan testimonio de lo que representó querer ser y existir de acuerdo al parámetro fijado por otros, en el universo del rock. Hoy están plantadas en la fuerza de su talento, en la convicción de que hacer es sembrar —como otras también sembraron en ellas— para salir de las sombras.

Mónica, en ese arrebato tan suyo, lleno de energía de la buena, redefine el asunto: «El arte es la sombra» y nos deja algo absortas porque, claramente, estamos atravesadas por un paradigma que lee la sombra como lo negativo. Se instala en esa idea, extraña, distinta, que nos complejiza y es necesario que lo haga.

Entonces postula la idea de la luz como una herramienta que viene de la hegemonía y que decide qué iluminar de acuerdo a su posición ideológica. El arte existe más allá de cualquier foco externo. Es una fuerza que transcurre por todos los recovecos y, tal vez, allí reside esa idea del arte como una sombra. Porque existe más allá de la forma.

Alejandra y Mónica han demostrado que cualquier fuerza externa que venga a tratar de impedirles ser, simplemente logra potenciar su naturaleza artística. Amplificar sus recursos de la manera que sea necesaria para usar el arte como una acción política: porque ellas en un escenario son una expresión política de lo que es posible.



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