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  • Piel Alterna

Ellas en el espacio público



Texto por Roxana Rügnitz / Fotografía por Mariela Benítez

SobreEllas



“A medida que las mujeres adquirimos mayor protagonismo como sujetos sociales, se vuelven más evidentes las estrategias de discriminación. La discriminación de género como toda otra discriminación se fundamenta en la dinámica del poder y es atravesada por él en todas sus dimensiones”

Ana Soledad Gil- Revista científica de psicología.



Ellas, están en todas partes. Son una fuerza inagotable de creación pero sobre todo, son un movimiento de insistencia y resistencia.


Una de las formas más terribles del silencio ha sido reducir el valor de la palabra del otro, disminuyendo el sentido de su existencia. Si partimos de la palabra desde una perspectiva mítica y original, será necesario observar el sentido genésico que le han dado todas las culturas. La palabra pronunciada es creadora, por lo tanto lo que la palabra no dice, no existe.


Ellas han existido históricamente detrás del Él. Fueron absorbidas por la lengua, como una estrategia política que definió su lugar en la historia.

Para que los roles se naturalizaran, de manera incuestionable, fueron creados relatos magníficos por medio de los que se impuso una heteronomía económica y una erótica, que fijarán el valor humano de acuerdo al género, como un principio de verdad. Relatos que han atravesado los tiempos, instalándose en el inconsciente colectivo, hasta tal punto que se ha aceptado, pasivamente, el lugar asignado de acuerdo a una naturaleza sexual. Mientras recorremos los primeros años del siglo XXI, asistimos a una generación de mujeres jóvenes que tomaron la palabra como señal de cambio. Nos asaltaron con el “Mee Too” y con “El violador eres tú”, como registro de una nueva voz que dice basta.


Hoy, SobreEllaS se encuentra con esas jóvenes y adolescentes, entre 15 y 19 años, para descubrir en sus palabras, cómo es ser mujer y habitar los espacios públicos.


Cuando comenzamos la entrevista, la propuesta resulta un disparador inmediato. Debemos acotar que sus diferencias de edades, no fue un factor observado como indicador de posibles respuestas distintas, ya que todas ellas apuntan a un mismo problema: el miedo al acoso.


De inmediato subrayan la diferencia que implica transitar esos espacios si no se es parte de la población privilegiada: varón, cis, hetero y blanco -de acuerdo a su descripción. Estas categorías anuncian una realidad, determinada por varias barreras invisibles que redefinen la cuestión de lo público.


El análisis varía, entonces, dependiendo del ángulo desde el que se ve la realidad. Los espacios públicos siguen siendo un riesgo si sos mujer o disidente, porque el peligro no se circunscribe sólo al genérico asalto, sino que implica, además, una exposición cotidiana, de lo que ellas llaman “constante acoso callejero”. Salir a la calle representa, para ellas, una serie de acciones previas. Pensar en el camino que van a hacer, en la ropa y en la posibilidad de ir siempre acompañadas.


Para mí significa estar alerta. Lo que es muy agotador, emocional y físicamente. Tenemos que hacernos fuertes para sobrellevarlo. Las palabras de Luna, instalan el problema de forma concisa.


Renata redobla la apuesta sobre el tema cuando dice: En los baños públicos, por ejemplo, no me siento cómoda porque pueden entrar varones o cuerpos con pene, para ser más clara, y no sé cómo podrían comportarse, la duda, sobre ese otro amenazante, siempre está presente como una marca que les recuerda el peligro.


Mientras hablamos con ellas, con todas, vamos descubriendo que las formas de habitar lo público depende del cuerpo, de la estructura externa que se posea o que se haya construido desde la identidad, para definir un tránsito de mayor o menor libertad.


Entonces aparece ese tema de la libertad como un parámetro problematizado si el cuerpo no responde a la categoría hegemónica.


Ellas instalan el concepto de la opresión en esos espacios, especialmente cuando están definidos desde lo sexual. La hipersexualización de nuestros cuerpos, la inseguridad que sentimos en relación al manejo de nuestra apariencia. Resulta muy difícil liberarse de esos roles estereotipados: lo lindo, lo atractivo, lo que está dirigido a la aprobación masculina.


Estos formatos, instalados culturalmente, son un artificio tan bien diseñado que, aún las más jóvenes, feministas, conscientes de la necesidad de ser parte del cambio, reconocen las profundas dificultades que representa escapar de la norma, de la reproducción de una estructura violenta, más allá de las consecuencias. Pensar sus cuerpos desde un lugar estético, personal, sin que por eso aparezcan como muñecas de una eterna vidriera para el regodeo de las masculinidades, supone un esfuerzo permanente.


Mi principal miedo es que esto nunca se termine. Que siempre sean ellos los primeros en ser escuchados, en ser defendidos, que estemos tan vulnerables que ni siquiera podamos decir nada de la violencia que sufrimos porque entonces nos convertimos en las malas. He sido acosada tantas veces en la calle y mi único recurso es llamar a mis amigos, llorando.


Mientras cuentan sus historias, recuerdan y la tensión vuelve, con la memoria del cuerpo. Tal vez por eso aflojan en una exhalación cuando hablan de la red de apoyo que han tenido que generar entre sus pares.



Les pregunto si piensan que, de alguna manera, esta realidad está cambiando. Si ven alguna posibilidad de transformación del paradigma en el que la igualdad de oportunidades sea posible.


El ejercicio que hacen es temporal, comparativo. Miran hacia atrás en la historia, piensan en sus madres y entonces dicen que desde esa perspectiva, se observan cambios importantes. De todos modos, hay un “sin embargo” en ellas. La historia no está cerrada.


Todavía hay mucha misoginia, mucho machismo. No solo en las personas grandes, también entre los de nuestra edad. Muchas personas que no saben y no se cuestionan nada, que es lo más importante para deconstruir este paradigma. Es fundamental hacer una revisión de nuestros actos, de nuestros pensamientos tan inculcados porque nacemos con ellos, nos socializan con ellos.


El silencio, por momentos, surge como una búsqueda de ideas. Quieren decirlo todo, porque no es fácil hablar en un mundo adultocéntrico y de varones, en el que la palabra es un recurso de poder.


“Manspleining” repiten. La validación de la voz masculina se convierte en la hegemonía de las opiniones – afirman. La respuesta aparece subrayada por la frustración y el enojo. Estos aspectos son fuertes indicadores de todo lo que nos falta aún. Pienso que la nota va a quedar con un registro de agónico pesimismo, en las palabras de jóvenes mujeres que parecen resignadas a no ver los cambios y sin embargo son ellas las que detienen mi pensamiento con la firmeza de su voz.


La lucha feminista nos ha permitido llegar donde estamos. Este es un viaje de ida. Entender un montón de cosas desde la perspectiva feminista te cambia la vida y no volvés a ser la misma. Cada uno tiene su proceso personal, por eso estamos en distintos niveles de deconstrucción. Hay que ser pacientes en ese sentido, pero también exigentes, porque así se procesan los cambios.


Falta entender cuál es la posición del hombre con respecto a esta problemática y entender que deben luchar contra su propio privilegio.


Somos el sujeto político de la lucha feminista y ellos, si realmente les interesa erradicar el patriarcado, deben hacer sus propios planteos, hablar del micromachismo, identificarlo para superar la violencia.


Me quedo con sus palabras, con sus propias definiciones del proceso histórico. Me quedo con la extraña sensación de injusticia, cuando hablamos de las adolescencias como personas a las que no les interesa nada y de pronto, si les damos la oportunidad de la palabra, nos aclaran un par de puntos al respecto.


Me quedo con la cuestión del uso diferenciado de los espacios públicos. Con el miedo injusto. Con la sensación de no tener garantías ante la mirada, la prepotencia verbal, o el intento de abuso del otro que cree que ellas están allí, para eso.


Me quedo, más que nada, con la fuerza prodigiosa de estas mujeres que conocen su realidad y tratan de incidir en ella.


¿Lo último? Lo último es para el otro, el que habita los espacios públicos sin la conciencia del miedo ajeno. Les propongo una cuestión: Identificar los comportamientos que deben ser modificados para ser agentes transformadores de la historia.


Gracias a Luna, Renata, Azul, Dafne y tantas otras que no pudieron dar sus nombres porque el miedo, es poderoso y sigue vigente.





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