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El cuerpo femenino: territorio de metáforas


Texto y fotografía por Virginia Mesías

Versos en Vena

Notas sobre escritura poética



Es difícil reflexionar acerca de la poesía uruguaya escrita por mujeres, con la presencia del cuerpo o la temática del erotismo y la sexualidad, sin comenzar por la eterna Delmira Agustini (Montevideo, 1886-1914). Porque, además de su impronta apasionada y singular, la carga que significó el Modernismo en su momento literario, con las imágenes sensoriales y las figuras poéticas posibles en el lenguaje lírico para señalar el goce o la materialidad de los sentimientos, influyeron en su obra de manera significativa. Uno de los poemas más interesantes en este aspecto (y, quizás, no tan recordado) de Los cálices vacíos (1913) es «Visión»:


[…] Y era mi mirada una culebra apuntada entre zarzas de pestañas, al cisne reverente de tu cuerpo. Y era mi deseo una culebra glisando entre los riscos de la sombra a la estatua de lirios de tu cuerpo! […]


Resulta interesante que el deseo del yo femenino se manifiesta en la mirada, no desde el cuerpo, sino en la intención, en la voluntad de la mujer, y hay zarzas, hay espinas, la atracción erótica viene entrelazada con el dolor —actitud muy occidental, claro—, pero tal vez no se genera en quien observa, sino que se dirige al otro, al destinatario. A su vez, no pasa desapercibido que el cuerpo masculino se dibuja como un cisne o una estatua hecha de flores, particularmente lirios, que traen el simbolismo del amor puro y virginal. Aquí se presenta un indicio, un hilo interesante a seguir sobre una concepción del placer femenino, no solo voluptuoso, sino dominante, agresivo quizás, y un yo masculino que es grácil y bello. Claro que, y sin llegar a detenerse en un análisis detallado del texto, se destaca que el a quien se dirige esta voz aparece desde lo más profundo de la oscuridad, es siniestro, tiene alas y desaparece en forma casi inmediata dentro de la misma noche desde la que llegó: «… que te hacías atrás y te envolvías/ en yo no sé qué pliegue inmenso de la sombra!…». Esta oscuridad que rodea el deseo reaparece en otro texto de El rosario de Eros (1924), libro publicado póstumamente que, según la poeta, se llamaría Los astros del abismo —no es menor la diferencia—. Así, en «Cuentas de sombra» dirá:


[…] Si así en un lecho como flor de muerte, damos llorando, como un fruto fuerte maduro de pasión, en carnes y almas, […]


Es llamativo cómo la sexualidad de una voz de mujer aparece centrada en sombras y ambientes inquietantes, para, al mismo tiempo, describir al objeto de su deseo con símbolos casi inmateriales o imágenes vaporosas; se trata de una especie de ideal o ser angelical a quien no se puede apresar ni incluso tocar, como se expresa en «El surtidor de oro» también de Los cálices vacíos:


[…] El amante ideal, el esculpido en prodigios de almas y de cuerpos; debe ser vivo a fuerza de soñado, que sangre y alma se me va en los sueños; ha de nacer a deslumbrar la vida, y ha de ser un dios nuevo! Las culebras azules de sus venas se nutren de milagro en mi cerebro […]



El amante deseado física, carnalmente: ¿es una invención? ¿Esta poesía es una pose retórica? Parecería que no, de acuerdo a la vida y al final de la poetisa —porque, para algunas, artistas, vida y obra no se distancian—. ¿O es simplemente la vía posible de expresar el deseo sin verbalizarlo efectivamente por su posición de mujer burguesa en una Montevideo provinciana moralmente? Y no olvidemos —para dejar más interrogantes— a «Fiera de amor», el poema que continúa en el libro: «Fiera de amor, yo sufro hambre de corazones./ De palomos, de buitres, de corsos o leones».

Entonces, desde la Generación del 900 me dirijo hacia la del 45 sin detenerme a buscar, en esta nota, el cuerpo en Juana de Ibarbourou, Esther de Cáceres, Selva Márquez, Sara de Ibáñez o Susana Soca, entre otras tantas escritoras que marcaron un rumbo en la primera mitad del siglo XX, para llegar directamente a Clara Silva (Montevideo, 1905-1976).

En su primer libro de 1945, La cabellera oscura, ya en el poema del inicio titulado «El canto de la sangre» dirá: «Allí empiezan los varones de mi sangre/ y las mujeres con sus vastos vientres,/ pilares de mi sombra./ Un mar latino/ abraza mi morena raíz./ Colinas de olivares se recuerdan/ en la curva ceñida de mi cuerpo.» La mujer y su cuerpo continúan en un vínculo metafórico y, por lo general pasivo, estético (claramente heredado de la visión masculina que dominó la historia de la literatura occidental) con la naturaleza y la tierra aunque en estos versos comienza a despertar una fuerza que justamente viene desde un interior muy personal, físico, de la sangre misma del título.



Más adelante, en «Nace un niño en tu canto», expresará: «Grito de amor creciendo/ en la roturación sumisa de la carne;/ uva tierna y dulcísima/ apretada al racimo de tu vientre,/ el caudal de tus venas abiertas/ hacia él viene cantando.» Hay un desarrollo emocional y una intensidad en la voz expresiva que alcanza un plano diferente de sensualidad que ya no es la abundante carga de imágenes que desplegaba Delmira, sino que se acerca a un reconocimiento más real del cuerpo, mundano, no frívolo, más bien material.

Pero será en su poemario de 1960 titulado Las bodas, especie de El cantar de los cantares moderno y femenino, en el cual una decidida y deliberada voz muy consciente de su carácter le habla a una divinidad a quien no se le otorga la posibilidad de respuesta, por ejemplo en «Te pregunto, Señor»:


Soy como soy yo misma la de siempre con esta muerte diaria y la experiencia triste que guardo en los cajones como cartas; con mi pelo, mi lengua, mis raíces y el escándalo que hago con tu nombre para oírme […]

Y en otro texto del mismo libro, «Desde lo oscuro»:

[…]

Quiero respirar

simplemente

el aire del mundo,

olvidar esa cuenta confusa

y sin fin

de culpa, perdón, remordimiento,

o de algo parecido

que corroe mi flaqueza.

[…]

No son lamentos de mujer

ni confidencias de jardines.

Es la sangre, la carne, los huesos que me has dado,

estos, desde el origen;

que no tengo lugar para ubicarme,

párpados, pies y manos

amargos de miseria,

de fatiga. […]


Y ahora continúo, sin detenerme en Idea Vilariño, Gladys Castelvecchi, Ida Vitale o Amanda Berenguer —que tiene un muy particular poema, «Del cuerpo» (1990) sobre las moscas y la casa como cuerpo— para dar un lugar a Zuleika Ibáñez (Montevideo, 1929-2013). Su primer libro, Homenaje a Jean Genet (1989) nos acerca un texto sobre el amor:


Te besaba el amor de amor los oídos, los ojos y la boca, amor en bruto, en luto, amor un peso neto de nido, de lingotes de olvido. […] A veces una boca azul de lobo, con el diamante de la muerte como un pedazo de risa. […] Labios de plata oscura, ojos de fuego obsceno habrían heridas como escuelas o dispensarios en la ciudad oscura. Sexo ya no sexo, apenas pan y vino, apenas una pluma de claridad en el centro de la muerte, y un ramo de amantes oriundo de la destrucción fue el muro de tu resurrección.


Esta poeta ya conoce bien la influencia de las vanguardias artísticas y también ha recibido en su formación (profesora de literatura, hija de Sara de Ibáñez) la poesía uruguaya y latinoamericana, por supuesto, de más de medio siglo. Así, comienza a encontrar otras formas no solo en la estructura del texto, sino en los propios giros del lenguaje, como también en la fuerza de las metáforas necesarias para apuntar al deseo, al sentimiento vertiginoso y contundente, a la presencia del cuerpo con su realidad más cercana. Es este un poema-texto-prosa que logra un ritmo lírico marcado y sostenido al tiempo que desarrolla el caos del amor y la fluidez de la emoción que se suelta en un plano casi onírico. Y en Experiencias con ángeles y demonios (1994) se destaca un texto rotundo de una urgencia poética ineludible:


Celebro el rojo sangre hembra. Rojo boca con rouge para matar cautos y dejarse matar por incautos. Sangre que deshoja el estigma del himen, rojo rubí oscuro para comerte mejor, lobo, para dejarte en los huesos las impresiones labiales, y arruinar la vida de la policía religiosa. […] Celebro la sangre fémina rojo semáforo de cruzar desafiando a la muerte. […] El rojo vicio que nunca podrá con el arsenal del rojo sueño.


El ritmo es perfecto de acuerdo al sentido y la carga semántica de lo expresado y al vocabulario elegido; con mano segura va desafiando justamente la resistencia del lector frente a una avalancha de imágenes-balas que no se detienen como una respiración de corredor cuya meta es el estallido de la propia concepción de poema. Poesía altamente visual e instintiva, que vibra mientras se abre ese color que envuelve lo femenino, como las sombras taciturnas al ángel de la visión de Delmira.

Y, quizás, una forma indiscutible de concluir esta nota es entrar, tal vez para quedarse, en el universo de maravilla —pero incierta y turbadora― de los textos también en prosa poética de una de las escritoras más originales y extravagantes de nuestra segunda mitad del siglo xx: Marosa di Giorgio. En ella, en sus versos recitados en performances, el deseo y el cuerpo se funden en la naturaleza y el milagro, en bestias míticas y espíritus que regresan. Del libro Humo (1955) es este quinto texto:


Deja tu comarca entre las fieras y los lirios. Y ven a mí esta noche oh, mi amado, monstruo de almíbar, novio de tulipán, asesino de hojas dulces. Así, aquella noche lo clamaba yo, de portal en portal, junto a la pared pálida como un hueso, todo llena de un miedo irisado y de un oscuro amor. […] Me has hecho imaginar inútilmente tus médulas de sándalo, tu corazón de fuego. […] Así mentía yo, abrazada a su melena de oro, a su terrible miel. Él hablaba una lengua casi inteligible, pero un rocío voraz, una lepra de flores le terminaba el rostro. […] Le dije que iba a guardarlo, que iba a besarlo, que iba guardar su corazón entre las piñas y los licores y las medallas. […] Empecé a matarlo. Porque no digas mi amor a nadie a entreabrirle los pétalos del pecho, a sacarle el corazón. Él se apoyó en mi brazo, le latía con locura el almíbar de los dedos. Empezó a morir. Cerca del bosque empezó a morir. […] Lloraba desesperadamente. Quería juntar los pétalos, reconstruir la miel, sacarlo de la muerte, ganarlo para siempre, que no tuviera fin este poema.





Bibliografía

Agustini, Delmira. Poesía. Selección, prólogo y notas de Carina Blixen. Montevideo: Ediciones del Pizarrón, 2000.

Benavídez, Whashington et. al. Antología plural de la poesía uruguaya del siglo xx. Montevideo: Seix Barral, 1995.

Di Giorgio, Marosa. Los papeles salvajes. Montevideo: Arca, 2006.

Paternain, Alejandro. 36 años de poesía uruguaya. Montevideo: Editorial Alfa, 1967.

Silva, Clara. La cabellera oscura. Buenos Aires: Editorial Nova, 1945.

Silva, Clara. Las Bodas. Montevideo: Ediciones Atenea, 1960.





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