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  • Piel Alterna

Ánima

Texto y fotografía por Virginia Mesías

Versos en Vena

Notas mínimas sobre fragilidades



Atribuí enseguida mi equivocación al cansancio,

a la oscuridad de la casa, y a ese deseo mío de

encontrar cosas raras por todos lados.

María Inés Silva Vila


Hay un tiempo particular en esa falta de luz de la mañana más temprana, más honda, más alba. En esa parte última de la madrugada, cuando el resplandor débil del cielo aún no alcanza el límite que la ciudad le marca para ser día. Porque madrugada también se llama el tiempo durante el cual amanece. Alba también es el último cuarto en que se divide la noche: en todas sus habitaciones y pasillos y escaleras y azoteas que no alcanzamos nunca a ver a dónde nos llaman. Si no el alba está en desuso ahora —como tantas otras expresiones ambiguas o arcaicas que olvidamos y perdemos porque no sabemos qué hacer con ellas—; se utilizaba para responder a quien preguntaba lo evidente, lo obvio (desobviar, desconfiar de lo obvio, me dijeron un día). Y ¿qué hay, entonces, allí en ese último pasaje de la noche? ¿Qué rastros del sueño, de lo guardado tan adentro se muestra al abrir el primer ojo (o era el tercero)? Al salir de la sábana que envuelve un cuerpo que es otro, porque nunca es el mismo despierto que perdido en esa extrañeza del otro espacio, del otro hueco, ese del cual, en algunas ocasiones, no salimos.



No salimos por lazos y brazos, hilos y aires, sombras que nos quedan encima, alrededor, dentro nuestro y capturan el ánimo. O el ánima, que —dicen— es una cosa que se mete en el hueco de algunas piezas para darle solidez. Aire, espíritu, cuerpo, cuenco, materia, sustancia. ¿Cómo sacar, entonces, el cuerpo de ese estado, de esa circunstancia? ¿Cómo llevarlo durante el alba hacia la primera luz gris? A través del blanco y negro que nos atrapa hacia adentro. Pero ¿qué suena escondido en la zona más descampada de la conciencia cuando despertamos? ¿Qué música? ¿Qué discurso circular? ¿Cuánto traemos de la oscuridad del sueño y conservamos mientras comenzamos a ver los contornos difusos de las cosas que no tienen forma aún? ¿Qué buscamos en esa hora? ¿Qué se esconde dentro que necesita esa sombra tan diferente, tan transparente, para circular desde nosotros hacia ese afuera de silencio sin otros? Sin nada porque se manifiesta en un no tiempo: ya no es la noche ni la madrugada, aún no comienza ningún día, solo nosotros. Solos. Tampoco hay pensamientos definidos, no deberían. Son humos, fantasmas, nuestras propias ánimas que hablan bajo durante ese transcurso sordo y vidrioso de claridad, que comienza a filtrarse y abrirse en apenas retazos de luz frágil. Frágil el alma. El sentimiento de no estar aún en ningún lugar. La sensación de no pertenecer y habitar un cuerpo que aún no es nuestro, que aún no existe; la certeza de otra realidad que respira allí mismo, dormida detrás de la puerta de esa habitación a la que no entramos todavía para abrir las ventanas; esa otra posibilidad que espera sentada en el mismo sillón al que vamos junto al café; ese otro mundo que comienza a observarnos alucinado, mientras negamos despertar y suena el primer pájaro y aparece la primera nube rasgada. Esa otra yo misma que acecho con deseo, con inquietud, pero no arriesgo.






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